Las políticas expansionistas del presidente de Turquía y su industria militar amenazan la estabilidad regional

Recep Tayyip Erdogan ofreció esta semana una muestra más de los planes neo-imperialistas del gobierno que conduce

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. EFE/ Koca Sulejmanovic/Archivo
El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan. EFE/ Koca Sulejmanovic/Archivo

En un discurso político colmado de expresiones extremadamente duras y muy propias de su estilo, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan ofreció esta semana una muestra más de los planes neo-imperialistas del gobierno que conduce. El presidente explicó -ante un multitudinario auditorio juvenil de su partido- cuál es la dirección que pretende para Turquía en el escenario político-militar durante los próximos cinco años en la zona del Mediterráneo Oriental, incluyendo a Chipre y Grecia, pero también para la región del Oriente Medio y el Norte de África.

Erdogan, justificó y brindó detalles de las intervenciones militares turcas en el Mar Mediterráneo, Chipre, Siria e Irak, así como su apoyo abierto al grupo palestino Hamas y a sectores que combaten en la “inacabable” guerra tribal de Libia.

En una muestra de sus planes expansionistas, el líder turco declaró que no es cierto lo que indican los libros de geografía sobre su país cuando se indica que cuenta con 780.000 km2; contrario a ello, Erdogan ratificó la idea de que Turquía está en todas partes y explicó que esa es la visión estratégica de su gobierno. En esa idea, fue claro al explicar que no tiene importancia para Turquía lo que piense Bruselas, Washington o los países árabes musulmanes del Golfo.

Sin embargo, los pasajes más duros de su discurso se produjeron cuando volvió a hablar de la falacia que la dirigencia occidental utiliza al calificar a los movimientos de resistencia como Hamas o Yihad Islamica palestina (YIP) como grupos terroristas islamistas. El presidente se encargó de ratificar una de sus frases -tal vez la más peligrosa de las muchas expresadas por Erdogan- expuesta en 2011 cuando aseveró que “no existe nada a lo que llamar islamistas”. “No hay islamismo radical, lo que hay es Islam y nada más que Islam”, enfatizó el líder turco.

En el transcurso de su exposición, Erdogan informó a sus seguidores que en la segunda quincena del mes de julio efectuará una visita breve al norte de Chipre, donde dará a conocer un mensaje de interés para los turcos que todo el mundo debería escuchar, especialmente los gobiernos europeos que actúan de forma hostil con Turquía.

En Washington se especula que en ese viaje el presidente daría a conocer un hecho muy importante relacionado al hallazgo de yacimientos de gas en aguas chipriotas de las que Turquía se apropiaría. Pero también es altamente probable que Erdogan anuncie nuevas políticas turcas que afectarían a Chipre en materia de profundización del poder de Ankara allí, algo que en el pasado reciente llevó a funcionarios de la Unión Europea (UE) a declarar hostiles las acciones de Erdogan sobre la isla que recuerdan la campaña de limpieza étnica realizada por Turquía durante el Siglo XX cuando invadió Chipre en 1974. Esa ocupación fue la que abrió el camino para que 10 años después se estableciera un estado marioneta en más de la mitad de la isla que fue conocido como la República Turca de Chipre.

El incidente de 1974 adquirió todas las características que lo llevaron a ser un problema irresuelto hasta nuestros días. Ello ha sido así más allá de que la Fuerza de Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz en Chipre (UNFICYP por sus siglas en inglés) estuvo presente en la isla por más de 40 años. No obstante, ni los proyectos de la ONU ni los reclamos diplomáticos occidentales han resuelto el controversial y la ocupación turca continúa de facto hasta el presente.

Aunque varios analistas turcos y centenares de militantes favorables a la presencia militar y administrativa de Turquía en Chipre intentan justificarla dentro de un marco de legalidad como una fuerza de protección humanitaria en defensa de los chipriotas de una supuesta limpieza étnica griega. Para la UE, tales posiciones configuran una falacia que ignora el hecho central de que el régimen griego renunció hace 50 años a su intención de anexar Chipre. En consecuencia, no hay una razón válida para que tropas turcas permanezcan en Chipre más allá de la política anexionista del presidente Erdogan; más aún cuando toda la comunidad internacional reconoce que la totalidad de las aguas de Chipre pertenecen al gobierno greco-chipriota. Por tanto, cualquier anuncio que efectúe Erdogan sobre yacimientos gasíferos en esas aguas durante su viaje de julio a Chipre, va a generar una crísis internacional de envergadura para su gobierno, así lo han expresado varios dirigentes de la UE en su reunión del pasado miércoles en Bruselas cuando se trató el tema Chipre.

Aunque es conocida la inclinación de Erdogan a los anuncios rimbombantes sus recientes movimientos en Chipre generan nuevas dificultades ya que abren escenarios más críticos que los usuales, hay que recordar que desde finales de 2019, la oficina de la Dirección del Ministerio de Defensa e Inteligencia Militar de Ankara, anunció que Turquía había puesto en operaciones sus primeros drones desde la provincia turca de Mugla hasta la base aérea de Gecitkale en Chipre. Pero durante todo el 2020, Turquía continuó desarrollando su proyecto aeronáutico militar exclusivamente para una base de drones en Chipre. En consecuencia, actualmente hay un aeropuerto más en Chipre, al original de Ercan, ahora debe sumarse el bautizado con el nombre de Gecitkale, al que Erdogan ordenó transferir naves de exclusivo uso militar que son los drones no tripulados y fuertemente armados.

En dirección a esta nueva estrategia militar turca en la región, se puede decir que en principio, Turquía utilizó su base de drones en el norte de Chipre para actividades de control y vigilancia al mismo tiempo que usaba naves de su marina de guerra cumpliendo tareas de apoyo a buques científicos que exploran yacimientos de gas y petróleo en aguas jurisdiccionales chipriotas; pero ahora decidió instalar abiertamente una potente base aérea militar a la que ha trasladado 32 drones de ataque modelo Bayraktar-TB2. Esos modelos de drones ya han sido utilizados en el pasado contra objetivos kurdos en el norte de Siria, pero también en Irak y actualmente son utilizados contra las fuerzas leales a Khalifa Haftar, el líder y comandante de las fuerzas libias que combaten a la Hermandad musulmana en el norte de África.

Con el nuevo sistema de armas, la industria aeronáutica turca cambió la ecuación militar regional, lo cual genera profunda preocupación en los países de Europa Occidental, pero también en Washington. No obstante, no parece que los planes de Erdogan puedan ser detenidos fácilmente. Por el contrario, los avances en la nueva versión del modelo de drones son una política de estado para Turquía. La versión del modelo anterior del dron turco sólo disponía de una autonomía operacional de hasta 600 kilómetros, en tanto que la actualización del sistema operativo del nuevo modelo permite un rango de alcance altamente superior que según expertos militares europeos puede alcanzar muchas más horas de vuelo y hasta 2300 kilómetros de autonomía, lo que coloca a Erdogan como una potencial amenaza no solo en la zona económica exclusiva de Chipre sino también para el Estado de Israel.

Ante la complejidad de la situación, la Subsecretaria de Estado Wendy Sherman, una diplomática experta en asuntos turcos que se desempeñó en la administración del ex presidente Bill Clinton y hoy lo hace para la gestión de Joe Biden visitó Turquía entre el 27 y 28 de mayo pasado. En su estancia en Ankara, Sherman brindó entrevistas a medios locales donde la funcionaria estadounidense expresó que: La relación con Turquía es muy crítica para Estados Unidos a partir del desarrollo de su nuevo modelo de Dron. A pesar de ello, Sherman dijo que Turquía es un socio de la OTAN, un aliado estratégico de Washington y una fuerza regional importante. Esas declaraciones expresan que la administración del presidente Biden piensa que el apaciguamiento puede funcionar con Erdogan, pero para el líder turco las palabras de Sherman configuran un elogio que lo fortalece y a la vez lo convence que EE.UU. no será agresivo contra él y que retrocederá diplomáticamente ante la capacidad de militar de Turquía en la región.

En este escenario, EEUU, la UE, Israel y el los países árabes moderados que combaten el yihadismo deberían esperar que las políticas expansionistas turcas y su apoyo a grupos radicales se profundicen, y que el conflicto entre organizaciones como Hamas y Yihad Islámica palestina con Israel se agrave cuando se produzca la próxima ronda militar, la que indudablemente habrá de suceder en el mediano plazo. Pero lo más importante que debería evaluar Washington en su relación con el presidente Erdogan es que los discursos amables no traerán la paz al Mediterráneo Oriental ni al Oriente Medio; y que la única estrategia que funcionará en la región es demostrarle a los grupos yihadistas y a Erdogan, que Turquía tiene mucho más para perder que lo que tiene por ganar si se obstina en continuar con sus políticas expansionistas.

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