
Desde que se lo definió hace más de seis décadas, este mal psicológico se mantiene tanto desagradable como misterioso.
No se sabe qué lo detona, por lo cual, no se puede prevenir. No se puede tratar porque ni siquiera hay consenso sobre si es o no una enfermedad mental: también puede ser un comportamiento con causas subyacentes. Los que lo sufren, además, no lo reconocen y se enfurecen con quienes intentan ayudarlos.
Una persona con el Síndrome de Münchausen finge compulsivamente distintas enfermedades, y muchas veces llega a inocularse un virus, un cultivo o un toxina para crearlas. Tiene fiebres inexplicables, dolores persistentes y magulladuras. Entre los síntomas más comunes que presenta se cuentan los problemas respiratorios, las convulsiones, las alergias, el dolor abdominal y los desvanecimientos.

Su relato es espectacular y verosímil: un médico puede pensar que se trata de alguien con cáncer o enfisema. Pero basta un examen de laboratorio para desmoronar su construcción. Habla con un conocimiento asombroso de las patologías que se atribuye, pero no hace caso al consejo para curarlas. Exige análisis y estudios, y muchas veces se le ven cicatrices de otros anteriores, como cirugías exploratorias.
El caso más famoso que se estudió fue el de William McIlroy, un inglés que de los 77 años de su vida solo pasó seis meses sin estar internado y se sometió a casi 400 operaciones.

A diferencia de la mera hipocondría, una preocupación por estar enfermo, el Síndrome de Münchausen hace que los pacientes finjan a conciencia que están enfermos, pero no saben por qué lo hacen y no pueden evitarlo. La motivación inconsciente puede provenir de abusos infantiles, rasgos de masoquismo y morbosidad, necesidad de afecto y de protección. Los enfermos van de un hospital a otro, usan su nombre y una gran cantidad de nombres falsos, se sienten en el centro de las discrepancias entre los médicos.
Niños y ancianos, en peligro
Una segunda forma de este síndrome es el Münchausen por proyección, o por poderes: el enfermo inventa, finge o crea los síntomas en otra persona. Los casos más comunes se dan entre padres e hijos, y se considera abuso infantil, pero también los hay de abuso de ancianos.

Una madre puede llegar al hospital con una muestra de orina de su niño a la que le ha agregado sangre, por ejemplo. También puede privarlo de alimentos al punto de inducirle enanismo por desnutrición, tomarle la temperatura con un termómetro calentado previamente, darle sustancias que le causen vómitos o diarreas, hacerlo andar en silla de ruedas o utilizar una bomba de oxígeno, infectar una línea endovenosa para complicar su situación.
Lisa Hayden-Johnson se hizo famosa por tener el niño más enfermo del Reino Unido. En 2007 fue condenada a tres años y medio de prisión por haber sometido a su hijo a 325 intervenciones médicas de distinta clase, haberlo alimentado por medio de una sonda y haberle atribuido parálisis cerebral, fibrosis quística y diabetes.

Otro caso, que acaba de popularizarse en el documental Mommy Dead and Dearest, cuenta la tragedia de Dee Dee Blancharde y su hija Gypsy Rose: la madre sufría el síndrome de Munchausen por proyección y mantuvo a la hija convencida, desde que nació, de que el delirio de Dee Dee era su realidad.
La niña creció en silla de ruedas, fue rapada para que pareciera en tratamiento contra la leucemia, dormía con una máquina para respirar que, en realidad, le impedía hacerlo normalmente. A los 23 años conoció a un muchacho y miró su mundo desde fuera. Gypsy terminó su padecimiento de la peor manera: mató a su madre.

Cuando el personal médico de un hospital detecta señales de Münchausen, el paciente se vuelve agresivo y elusivo, y muchas veces se da de alta por sí mismo anticipadamente. Pero el ciclo se repite en otra institución médica, donde busca atención y cuidado.
El endocrinólogo británico Richard Asher describió este mal en 1951 y le puso este nombre por el barón Karl Friedrich Hieronymus Von Muünchhausen, un soldado alemán del siglo XVIII que contaba hazañas fantasiosas. Dieciséis años más tarde, sir Roy Meadows, luego titular del Colegio Real de Pediatría y Salud Infantil del Reino Unido, estandarizó los criterios para detectar el Münchausen por proyección en un estudio sobre una mujer y su hijo cautivo del trastorno que ella sufría.
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