
A sus 75 años, Norberta ya no está para celebraciones, pero tras la pérdida de su hija encontró fuerzas para dedicarle una ofrenda en su hogar. Y es que como tantos millones de mexicanos pasará la importante velada del Día de Muertos en casa ante el cierre de los cementerios decretado por la pandemia.
“Estoy haciendo la ofrenda para mi hija. Como a ella le gustaba hacer todo esto, yo también quise hacer lo mismo”, cuenta a Efe entre lágrimas de dolor y con la voz entrecortada esta anciana de pequeña estatura y pelo blanco.
Frente a ella, se levanta un altar de tres niveles que ocupa buena parte del salón de la humilde casa. A la foto de su hija la acompañan flores naranja de cempasúchil, pan, velas y calaveras de colores, mientras unas letras en la pared anuncian que este año se llevó a un nuevo integrante de la familia: “Bienvenida Rosita”, dice el altar.
Rosa Iselda falleció el pasado 10 de junio por una infección de muela que se extendió hasta su cabeza. Su pérdida se ha notado demasiado puesto que ella mantenía vivo el hogar y cada año decoraba ilusionada la casa por el Día de Muertos y por Navidad.
En un principio, una desolada Norberta decidió no poner nada. “¡No, mamá! ¿Cómo crees? ¡Es su primer año!”, respondieron sus otras dos hijas. Y la convencieron de poner una ofrenda con la foto de Rosa Iselda para que, siguiendo la tradición, su alma pueda viajar al mundo de los vivos durante la noche del 1 al 2 de noviembre.
“Siento que va a venir. Siento que va a llegar porque cuando se fue (al médico) me dijo que no se tardaba”, expresa convencida Norberta.
SIN CEMENTERIOS

Nunca antes las tradicionales ofrendas en las casas habían cobrado tanta importancia. Y es que en este 2020, que todo lo ha trastocado, las familias de Ciudad de México no podrán entrar en los cementerios en Día de Muertos, fecha en que visitan a sus difuntos y muchas se quedan a dormir, a comer o a celebrar con música incluida.
Este año la pandemia pudo más que la arraigada tradición y las autoridades decretaron el cierre de los panteones ante el riesgo de rebrotes de la covid-19, una enfermedad que se ha llevado la vida de más de 90,000 mexicanos.
A una calle del hogar de Norberta, Ricardo pone pétalos de cempasúchil entre las fotos de sus familiares. Dicta la tradición que el intenso color naranja de estas flores guiará a las almas durante su visita al mundo de los vivos.
“Ahorita que no se puede ir al panteón, aquí les voy a hacer su comida. Ahorita que está cerrado no podemos hacer nada allá”, cuenta Ricardo en el patio de su casa donde ha puesto el altar.
A juzgar por su ofrenda, esa noche Ricardo tendrá varios invitados.
Estarán sus padres, presentes con una vieja foto de cuando viajaron desde su natal Oaxaca hasta la Basílica de Guadalupe de Ciudad de México, así como su hermano, su suegra y también su esposa, fallecida el año pasado por diabetes.
Y en una mesita les espera todo aquello que les gustaba para que el viaje valga la pena. Hay plátanos, naranjas, café y no podía faltar la cerveza.
En Oaxaca “se pone más bonito”, cuenta Ricardo, pero en su pequeño patio hizo lo que pudo.
LAS VENTAS TAMBIÉN MUEREN

El punto de referencia en la capital mexicana para conseguir el material de las ofrendas se llama Mercado de Jamaica, un lugar que refleja como pocos la peculiar relación de México con la muerte.
Y es que lejos del tétrico Halloween, la colorida ornamentación del Día de Muertos, fiesta declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, muestra cómo se funden en un abrazo la tristeza por la pérdida de alguien y la alegría por la vida que queda.
En este mercado se venden flores, calaveras de azúcar o de chocolate, y el famoso papel picado, una ornamentación recortada con todo tipo de formas que evocan a la muerte y varios colores. Pero la pandemia, que acumula en el país más de 90,000 fallecidos y 910,000 contagios- parece haber apagado un poco esos colores.
“Sí bajaron mucho las ventas, pero no podemos dejar de estar aquí por nuestros clientes”, cuenta Elisa, quien en 22 años vendiendo papel picado no había visto una situación similar.
En el puesto de al lado, Felipe lleva siete años elaborando esqueletos con papel maché y este año se ha visto obligado a bajar los precios cerca de un 40% para deshacerse de ellos. “Las ganancias son mínimas”, cuenta.
Pero como buen mexicano sabe hacer broma de la tragedia: “Lo que estamos viendo es el Día de Muertos porque esto está muerto”, dice entre risas.
EFE
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