
En la comunidad El Naranjo, en Guerrero, donde los conflictos se dirimen con la ley de las balas, la pandemia del coronavirus llegó con timidez.
La región, una de las más pobres del país, asumió tardíamente que el virus se propagaría entre sus habitantes. Allí no hubo ni largas filas en los hospitales, ni un descontrol consumista en los supermercados. Los habitantes, apartados por la violencia de los cárteles, vivían en una realidad distante.
Y así fue hasta que llegó a la comunidad una delegación de Médicos sin Fronteras, organización médica y humanitaria internacional que aporta su ayuda a zonas de guerra como Medio Oriente, que los habitantes supieron que algo grave pasaba en el mundo, pues como en la mayoría de los municipios de Guerrero, los grupos armados mantienen aisladas a las personas del mundo.

El personal médico, encabezado por el doctor colombiano Nestor Rubiano, descubrieron que nadie en la región sabía del COVID-19, así que les hablaron por primera vez del virus mortal que ha dejado en el país 6,090 decesos y 56,594 casos positivos.
Sin embargo, los habitantes declararon un menos severo estado de calamidad y le pidieron a los médicos que se retiraran pues preferían no recibir foráneos por temor a que un contagio llegara a su comunidad.
La última noticia que los médicos escucharon sobre El Naranjo y otras tierras narcas, fue que el pasado 18 de abril, en pleno confinamiento, un enfrentamiento entre grupos armados dejó 13 muertos y un número desconocido de pobladores secuestrados.

La violencia, a la que algunos llaman la segunda pandemia, hasta ahora es más letal que la propagación del coronavirus en México. Su combinación con la falta de atención médica, ha puesto de cabeza a las autoridades sanitarias.
Comunidades como El Naranjo han tenido que batallar con tres enemigos mortales: el coronavirus, la violencia y la pobreza. Mientras el nuevo SARS-Cov-2 eleva la cifra de muertos y contagiados, las organizaciones criminales sitúan las regiones, volviendo más difícil el acceso de personal médico.

En 2010, la crueldad de los grupos armados en Guerrero se agudizó por la siembra de la amapola. Desde entonces, la violencia sigue tragándose vidas y desplazando a personas.
A principios de mayo, el presidente municipal de Guerrero, Antonio Jaimes Herrera, se declaró incapaz de seguir luchando contra el coronavirus. Los casos se están desbordando y practicamente estamos solos, dijo.
La coacción, la marginación y la pobreza se conjugan conspirando contra los habitantes. La pesadilla sigue. En las comunidades no hay ni maestros ni doctores porque no se brinda seguridad. El problema es un cáncer que sigue contagiando la vida social y comunitaria.
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