
El periodismo vive un momento decisivo en todo el mundo. Es importante que se defina a sí mismo. Los periodistas debemos dejar claro quiénes somos, a qué audiencia le hablamos y cómo nos defendemos de quienes nos atacan.
Los periodistas y el periodismo ocupan un lugar extraño en la sociedad. Están a la vez muy cerca y muy lejos del poder. Los medios son fuerzas muy poderosas pero también instituciones muy vulnerables, a merced de los ataques de los políticos, de grandes empresas como Google y Facebook, y de los propios lectores, que en ocasiones no ven necesario comprar un periódico o pagar por una suscripción digital.
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En este momento decisivo es necesario hablar del periodismo y de la libertad de prensa. Es un momento difícil para ser periodista. Al menos 37 reporteros fueron asesinados en 2019, 233 periodistas y 124 periodistas ciudadanos fueron encarcelados en todo el mundo.
Aún más preocupante es la relación envenenada que se aprecia en muchos países entre periodistas y ciudadanos. A menudo esa actitud se manifiesta en el acoso que muchos reporteros sufren en las redes sociales y que a veces se traduce también en ataques físicos. Esos ataques crean una atmósfera que debilita a los medios y a los periodistas, y que puede acabar con el asesinato de alguno de ellos.
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Los periodistas debemos reconstruir nuestra relación con la audiencia y convencer a nuestros conciudadanos de que una prensa libre que controla de verdad al poder es una parte esencial de cualquier país democrático. Esto sólo lo lograremos si repensamos la forma en que operan nuestros medios, las vías por las que se financian y el modo en que se organizan. Me gustaría abordar seis áreas en las que creo que el periodismo está amenazado y ojalá proponer algunas soluciones también.
Disrupción digital
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El papel de los medios en la sociedad está cambiando. Así lo sugieren las cifras del Digital News Report que el Instituto Reuters publica cada año y que analiza patrones de consumo de noticias en 38 países de todo el mundo, incluidos Argentina, Brasil, Chile, España y México.
Nuestras cifras sugieren que dos tercios de quienes se informan en internet no acceden a los artículos a través de las portadas de los medios digitales sino de puertas traseras como buscadores, redes sociales, newsletters o notificaciones móviles. Entre quienes tienen menos de 35 años, esa cifra es incluso más alta: aproximadamente tres cuartas partes de ese sector de la población.
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Los políticos, que desconfían de los periodistas, son conscientes de estas cifras y han comprendido que no los necesitan. Por eso están dispuestos a atacarlos y a comunicarse con sus votantes directamente a través de las redes sociales.
Donald Trump usa su cuenta de Twitter para difundir sus mensajes y desacreditar a los medios de un modo que empiezan a emular líderes autoritarios en todo el mundo. No es una sorpresa que los dos políticos con más seguidores en Twitter sean el indio Narendra Modi y el turco Recep Tayyip Erdogan, que usan las redes sociales para esquivar a los medios y para atacarlos.
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La confianza perdida

La batalla más importante que debemos librar hoy los periodistas es persuadir a nuestra audiencia de que merece la pena prestar atención a nuestras historias y pagar por ellas. Esto sólo podemos hacerlo si recuperamos la confianza de nuestros conciudadanos.
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Según el Digital News Report, sólo un 42% de quienes se informan en internet confían en las noticias. Ese porcentaje supone dos puntos menos que el año pasado. Menos de la mitad de quienes se informan por internet se fían de las noticias que ellos mismos leen, escuchan o ven.
En Brasil, la confianza en las noticias se ha desplomado 11 puntos hasta el 48% desde las últimas elecciones presidenciales. El otro país con un desplome similar fue Francia, donde el movimiento de los Chalecos Amarillos provocó una caída de 11 puntos hasta el porcentaje más bajo de nuestra muestra: un 24%. En ambos países una parte importante de la población cree que los medios grandes tienen una relación demasiado estrecha con el poder y no reflejan las preocupaciones o los problemas de la sociedad.
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Mala regulación
Las grandes empresas tecnológicas están asumiendo muchos de los roles de los medios tradicionales. Sin embargo, no existe un consenso todavía sobre la mejor forma de regularlas.
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Está claro que el marco regulatorio actual no funciona. Entre otras cosas porque en una sociedad cada vez más polarizada conceptos como los sesgos, el equilibrio o la imparcialidad son difíciles de definir y también porque en la esfera digital los periódicos a menudo incluyen vídeos y audios en sus productos digitales y las televisiones acompañan sus videos de textos largos.
Europa está empezando a tratar a las grandes empresas tecnológicas como medios digitales y a regularlas como tales. Este enfoque podría funcionar en países donde se respeta la libertad de expresión. En otros países sería devastador aplicarlo.
Este asunto es especialmente difícil a nivel global. En una parte importante del mundo, internet todavía es un espacio de libertad. Grupos feministas difunden sus mensajes en Instagram, adolescentes de todo el mundo comparten videos sobre la crisis climática en Tik Tok. Sin embargo, y en medio de esta nueva libertad, empieza a prender el miedo a la desinformación y al acoso de grupos radicales. Cada vez más voces creen que es necesario hacer algo. ¿Pero qué? Yo viví durante un tiempo en Singapur, ese estado autoritario con una censura fuerte fue uno de los primeros en aprobar una ley contra las noticias falsas, diseñada para frenar cualquier voz crítica, incluso aquéllas que se encuentran fuera del país.
Problemas económicos

Los medios están sufriendo para adaptarse a unas circunstancias que cambian demasiado rápido en un entorno de ingresos menguantes.
El modelo tradicional que sostenía el periodismo independiente por medio de la publicidad empieza a agotarse. Esto está ocurriendo incluso en países como India, donde los periódicos aún presumen de tiradas muy grandes. Y ocurre desde luego en Europa y en EEUU, donde los ingresos de los anuncios digitales los han atraído sobre todo empresas como Google o Facebook, que ofrecen al anunciante muchos más datos sobre la audiencia a la que quiere dirigir su publicidad.
En un entorno de despidos, ingresos menguantes y competencia fiera de los recién llegados, los grandes medios deben encontrar la forma de invertir en tecnología, seguir siendo relevantes y combatir leyes que intentan limitar su libertad.
Una vía obvia para cualquier medio que quiera avanzar hacia esos objetivos es reconectar con sus audiencias y repensar su relación con ellas. Muchos medios han decidido este año redirigir su estrategia hacia las suscripciones y las membresías con la esperanza de que estas vías de ingresos ayuden a reemplazar los ingresos perdidos de la publicidad. No vale sólo con pedir dinero a tus lectores. Es necesario convencerles de que tu marca merece la pena. The Guardian, que siempre ha mantenido abiertos sus contenidos digitales, ha lanzado un exitoso modelo de membresía en el que pide a sus lectores que paguen para asegurar que el trabajo de los reporteros del diario se mantenga al alcance de cualquiera. Tortoise, un medio fundado por James Harding, que fue director del diario The Times, está construyendo un modelo de membresía en torno a los eventos y a una conversación bidireccional con sus lectores, que aportan sus conocimientos y sus experiencias a los periodistas de medio.
Medios como Mediapart, eldiario.es y El Tiempo, de Argentina han firmado pactos con sus lectores en los que enfatizan la transparencia sobre sus procesos de trabajo, su toma de decisiones y su financiación. A cambio les piden apoyo y una aportación mensual o anual.
Mal periodismo

Periodistas y editores deben preguntarse constantemente quiénes son y cuáles son las necesidades de su audiencia. Eso significa asegurarse de que sus periodistas son verdaderamente representativos de la sociedad en términos de género, raza y estatus socioeconómico, y también de que sus historias reflejan esa diversidad.
Esto también significa repensar cómo hacemos nuestro trabajo. Informar no es sólo presentar los hechos sino ayudar a los ciudadanos a comprender el mundo que les rodea y decirles lo que necesitan saber antes de votar, a qué colegio enviar a sus hijos y cómo participar en la vida pública. También, por supuesto, entretenerlos y ayudarles a cultivar la empatía hacia sus vecinos.
Todas estas cosas son vitales en la atmósfera que vivimos. Cuando la gente dice que le preocupan las noticias falsas, a menudo se refiere a un periodismo demasiado partidista, a la propaganda de los partidos o a simples errores humanos. Las redacciones de los medios tradicionales a menudo están formadas por miembros de las elites y eso puede potenciar esas percepciones. Una redacción que no es diversa no puede ofrecer un retrato completo de un país.
Parálisis institucional

Los medios son empresas como cualquier otra, pero a menudo les cuesta demasiado cambiar. Los periodistas somos personas competitivas, con egos grandes y una idea muy clara del tipo de historias que queremos escribir. Las redacciones tradicionales tardaron demasiado tiempo en invertir en su producto digital porque la mayoría de sus ingresos venían de sus ediciones impresas.
Ese dinero en algún momento se acaba. Lo que ha ocurrido en Argentina en los últimos dos años es un buen ejemplo. Cuando eso ocurra, serán los periodistas jóvenes sin ahorros y sin pensiones quienes sufrirán más que nadie. Ellos son quienes están llamados a tender un puente hacia un futuro mejor.
No siempre está claro cómo y cuándo deberían cambiar las cosas y los periodistas seguiremos cometiendo errores. Pero el cambio llegará nos guste o no y sólo sobreviviremos si nos adaptamos a él.
*Directora del programa de becas del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo de la Universidad de Oxford
Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio
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