El INAH emprendió un proceso de restauración de la pieza (Foto: Melitón Tapia/ INAH)
El INAH emprendió un proceso de restauración de la pieza (Foto: Melitón Tapia/ INAH)

Era 1714 y la Ciudad de México sufría una vez más el azote de una de las habituales inundaciones que solían ahogarla. Cuando el agua alcanzaba ya los 2 metros de altura,  la escultura de la Virgen Dolorosa "cobró vida", salió del Real Monasterio de Jesús María donde se le veneraba, cerró las puertas y detuvo así la inundación.

La historia se le atribuyó por un escrito en un cuadernillo del siglo XVIII, que resguardan las monjas Concepcionistas. El domingo 1 de julio de 1714 se dieron cuenta que la túnica carmesí y el manto azul de la Virgen estaban mojados. De acuerdo con el mismo documento, la Iglesia entonces hizo investigaciones para comprobar que la figura "cobró vida" para proteger la ciudad.

No fue el único "milagro" para esta escultura del siglo XVIII y que ahora es conocida como Nuestra Señora de las Aguas. En 1861 el entonces presidente Benito Juárez ordenó el cierre de claustros y conventos en México. Quienes vivían esos lugares debían abandonarlos.

La pieza sobrevivió a la exclaustración ordenada por Benito Juárez (Foto: Melitón Tapia / INAH)
La pieza sobrevivió a la exclaustración ordenada por Benito Juárez (Foto: Melitón Tapia / INAH)

Las monjas se la llevaron y la Virgen sobrevivió. "No sabemos cómo las hermanas de aquella época lograron sacar a Nuestra Señora de las Aguas del antiguo edificio, pues no es pesada, pero sí resulta difícil de manipular por su tamaño y estructura", relató la hermana Jazmín de María, actual vicaria del Convento de Jesús María.

"El caso es que las Concepcionistas salieron de Jesús María con la Virgen y se refugiaron en la comunidad religiosa de Regina Coelli, hasta su exclaustración definitiva, en 1866. La Virgen permaneció con ellas hasta que murió la última hermana, quien encargó la escultura a su familia".

La comunidad religiosa se restauró en 1963 y en 1974 recuperaron la pieza, a la que hoy se rinde culto en la capilla del Convento de Jesús María, fundado en 1580 y uno de los espacios más representativos del virreinato, declarado Monumento Histórico el 9 de febrero de 1931.

De acuerdo con su iconografía original, es una Virgen Dolorosa, ya que muestra el rostro con lágrimas, refleja dolor por el sufrimiento de su hijo, lleva sus manos entrelazadas a nivel del pecho y porta una daga que apunta al corazón. (Foto: Melitón Tapia / INAH)
De acuerdo con su iconografía original, es una Virgen Dolorosa, ya que muestra el rostro con lágrimas, refleja dolor por el sufrimiento de su hijo, lleva sus manos entrelazadas a nivel del pecho y porta una daga que apunta al corazón. (Foto: Melitón Tapia / INAH)

Las monjas  solicitaron al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) que la escultura fuera restaurada.

El INAH informó a través de un comunicado que se emprendió la recuperación de la escultura,  tallada en madera policromada, por medio de disciplinas como la estética, la historia, la antropología y  la teología

Judith Katia Perdigón Castañeda, restauradora perito de la Coordinación Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural (CNCPC) del INAH, está a cargo del proyecto de restauración de Nuestra Señora de las Aguas.

Fue trasladada a los talleres de la CNCPC del INAH para su intervención y estudio, acompañada de las monjas del convento de Jesús María, quienes en todo momento han estado al pendiente del avance (Foto: Melitón Tapia / INAH)
Fue trasladada a los talleres de la CNCPC del INAH para su intervención y estudio, acompañada de las monjas del convento de Jesús María, quienes en todo momento han estado al pendiente del avance (Foto: Melitón Tapia / INAH)

Las monjas también conservan el vestido que portaba la Virgen en 1714 y que fue recientemente restaurado en la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM) del INAH.

El reto de la restauración será estético, pues la Virgen tiene una cabellera rojiza e indumentaria que no corresponde a su época. El objetivo es devolver a la escultura su belleza original y su iconografía.