
Todos lo daban por muerto. Y nada hubiera cambiado de no ser porque decidió robar una iglesia. Carlos Miralrio Mujica había conseguido fugarse de las Islas Marías, la temible prisión mexicana, sobrevivió al mar infestado de tiburones y llegó hasta la capital, pero su actividad delictiva no cesó y eso terminó por condenarlo.
A mediados de los años 80 fue encarcelado en el Reclusorio Sur por robo y lesiones, pero usaba otro nombre. Después se supo que cambió de identidad porque había asesinado a dos personas, entre ellas un policía.
La justicia no tardó en llegar: fue condenado a 26 años de prisión y enviado a las Islas Marías, a donde arribó en agosto de 1988.

Durante su estancia en esa cárcel con muros de agua, como la llamó el escritor José Revueltas, Miralrio gustaba de tocar la guitarra.
En un artículo publicado por El Gráfico se relató que su gusto por la guitarra hizo que el entonces director del penal lo llamara para amenizar un festejo de fin de año en 1989.
Entre la celebración y el caos generado por el consumo de alcohol, Miralrio decidió fugarse y para cumplir su cometido se hizo con bolsas de plástico, hieleras, un machete, cerillos y un encendedor.

Rompió las hieleras y se las ató al cuerpo, en las bolsas de plástico guardó los cerillos, el encendedor y algo de comida. Así se lanzó al mar. Según el relato, cuando veía a un tiburón, se quedaba quieto – como si fuera una tabla- para evitar que el animal lo notara y lo atacara.
En el expediente de la averiguación 4ª/1330/990-0 se detalló que el reo salió de la Isla Madre hacia la Isla Magdalena. Luego se dirigió a Isla Cleofas en una balsa que fabricó y de ahí al Puerto de San Blas.
Su travesía en mar duró más de 10 días. Ya en tierra, primero visitó a una hermana en Jalisco y después llegó hasta la capital mexicana. Era febrero de 1990.
Mientras tanto, en las Islas Marías lo dieron por muerto.
Una vez en la ciudad de México contactó a otro ex preso, al que había conocido en el penal de Santa Martha Acatitla. Con él robó el Convento de Regina Coeli, en el centro histórico.

Parecía que Carlos Miralrio había logrado su cometido, pero cuatro meses después fue localizado uno de los compradores de las piezas religiosas robadas y así la policía dio con los ladrones.
Fue detenido en la colonia Obrera y al revisar sus detalles se supo de su increíble historia, que él mismo relató a sus captores.
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