
El Día Mundial del Medio Ambiente, conmemorado cada 5 de junio, encuentra al planeta en una encrucijada, con señales de alarma visibles en cada rincón del mundo. El calentamiento global y el cambio climático ya no representan solo un desafío ambiental sino una amenaza directa a la salud humana.
En los últimos 11 años, el planeta atravesó los años más calurosos desde que existen registros, con consecuencias que se extienden más allá de los termómetros: afectan la calidad del aire, la disponibilidad de agua, la seguridad alimentaria y la salud física y mental de las poblaciones.
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Las consecuencias del cambio climático sobre la salud no afectan a todos por igual. Los sectores más vulnerables, como niños, adultos mayores, embarazadas y personas en situación de pobreza sufren un impacto desproporcionado, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las olas de calor, la contaminación y los fenómenos extremos transformaron la realidad sanitaria mundial, y exigen respuestas urgentes y coordinadas.
1. Enfermedades cardiovasculares y respiratorias
La polución del aire constituye uno de los impactos más letales del cambio climático sobre la salud. En declaraciones brindadas en Infobae al Mediodía, el neurólogo Conrado Estol alertó: “La polución del aire mata a siete millones de personas cada año”, y comparó esta cifra con el total de muertes globales por año, que se encuentran cerca de 60 millones.
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Estol explicó que el 80% de las muertes asociadas a la polución no se deben a enfermedades pulmonares, sino a que las partículas finas penetran en la sangre, inflaman las arterias y contribuyen a la formación de placas, lo que deriva en infartos de corazón y accidentes cerebrovasculares. “Caminar un día en Nueva Delhi equivale a fumar un paquete de cigarrillos”, ejemplificó el especialista en la entrevista.
El médico clínico Ramiro Heredia expresó en diálogo con Infobae: “Muchas veces pensamos que el cambio climático es un problema del futuro, pero en realidad ya está presente en los consultorios, las guardias y los hospitales. Entre las más evidentes se encuentran las relacionadas con el calor extremo, como el golpe de calor, la deshidratación y las descompensaciones de enfermedades cardiovasculares y respiratorias”.
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Un estudio publicado en la revista Future Healthcare Journal detalla que el aumento sostenido de temperaturas y los episodios de calor extremo incrementan la incidencia de enfermedades respiratorias y cardiovasculares, especialmente durante olas de calor. El material particulado y los gases tóxicos provenientes de combustibles fósiles potencian el riesgo de hospitalizaciones y muertes relacionadas con estos cuadros.
2. Daños renales y neurológicos
El cambio climático también afecta a los riñones y el sistema nervioso. El trabajo científico advierte que el calor extremo y la deshidratación elevan el riesgo de insuficiencia renal aguda y crónica, especialmente en trabajadores expuestos al sol y en poblaciones rurales sin acceso a agua potable. Un aumento de solo 1 °C en la temperatura ambiente incrementa el riesgo de mortalidad renal en un 3%.
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El mismo estudio vincula el calentamiento global con un alza en enfermedades neurológicas como el accidente cerebrovascular (ACV), la esclerosis múltiple y la demencia. La exposición crónica a contaminantes, sumada a las olas de calor, provoca inflamación cerebral y daños en la transmisión de señales nerviosas, lo que afecta de manera particular a personas mayores y niños.
3. Enfermedades infecciosas emergentes
El aumento de temperaturas y los cambios en los patrones de lluvias favorecen la expansión de vectores como mosquitos, responsables de enfermedades como dengue, zika, chikungunya y malaria. Según la OMS, la incidencia de estas enfermedades aumentó en regiones donde antes no se registraban casos, debido a que el clima permite que los vectores sobrevivan y se reproduzcan en nuevas áreas.
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En América Latina, se subraya el crecimiento de brotes de dengue y otras infecciones transmitidas por agua y alimentos tras episodios de lluvias extremas e inundaciones. El epidemiólogo Pablo Orellano señaló previamente en diálogo con Infobae que el cambio climático facilita la aparición de enfermedades emergentes y agrava las condiciones crónicas preexistentes.
“Cualquiera de las enfermedades se verán claramente afectadas por el cambio climático, por ejemplo las enfermedades vectoriales como el dengue, las transmitidas por el agua como el cólera, y por alimentos. También las enfermedades crónicas, como las cardiovasculares o respiratorias, que están asociadas con las temperaturas ambiente. En forma más indirecta, un aumento en la pobreza vinculado a los problemas ambientales también tiene un alto impacto en la salud humana y en el acceso a los servicios sanitarios”, remarcó.
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“Las temperaturas más altas y los cambios en los patrones de lluvias favorecen la expansión de mosquitos hacia regiones donde antes no podían sobrevivir. Hace poco más de dos décadas, el dengue era endémico en alrededor de una decena de países; hoy representa una amenaza para más de 100 países y territorios”, agregó Heredia.
4. Impacto en la salud mental
El cambio climático afecta la salud mental por varios mecanismos. La Agencia de Seguridad Sanitaria del Reino Unido (UKHSA) documentó que las olas de calor, las inundaciones y otros eventos extremos generan estrés, ansiedad y trastornos como el estrés postraumático, sobre todo en jóvenes y comunidades rurales.
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“El impacto en la salud mental no se distribuye de manera uniforme: los agricultores, las personas con medios de vida ligados a la tierra y quienes ya cuentan con problemas previos experimentan una carga mayor”, indicaron desde UKHSA.
El documento también destacó que la anticipación de daños futuros eleva la ansiedad en niños y adolescentes, lo que ya influye en sus decisiones vitales y en su percepción del futuro. Intervenciones tempranas, como el acceso a servicios de salud mental y sistemas de alerta, pueden atenuar estos efectos.
5. Inseguridad alimentaria y nutricional

La seguridad alimentaria y la nutrición enfrentan amenazas crecientes por el cambio climático. El estudio publicado en Future Healthcare Journal reportó que las sequías, las olas de calor y los fenómenos extremos reducen la producción agrícola y la calidad de los alimentos básicos. La OMS estima que entre 2030 y 2050, el cambio climático podría causar 250.000 muertes adicionales por año solo por desnutrición, malaria, diarrea y estrés por calor.
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En América Latina, las sequías y lluvias extremas afectan la disponibilidad de agua y alimentos, lo que multiplica los riesgos de desnutrición y hambre, sobre todo en comunidades vulnerables.
“Los eventos climáticos extremos, como inundaciones, tormentas o incendios forestales, también generan consecuencias indirectas sobre la salud física y mental. Pueden favorecer la contaminación del agua y de los alimentos, los desplazamientos poblacionales y la expansión de vectores o reservorios de enfermedades. Un ejemplo clásico es el aumento del riesgo de leptospirosis después de inundaciones”, subrayó Heredia.
6. Expansión de enfermedades crónicas
El deterioro ambiental y la exposición a contaminantes también potencian enfermedades crónicas como asma, diabetes y trastornos metabólicos. Según explicó previamente el neurólogo Santiago Tizio a Infobae, la exposición a partículas finas (PM2.5) y gases derivados de la quema de combustibles fósiles está asociada con un mayor riesgo de demencia, accidentes cerebrovasculares y trastornos del desarrollo neurológico en niños.

Heredia coincidió al remarcar que “la contaminación atmosférica, los incendios forestales y el aumento de alérgenos ambientales contribuyen al agravamiento de enfermedades respiratorias como el asma y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). Es importante entender que no estamos hablando de enfermedades nuevas, sino de enfermedades conocidas que hoy afectan a más personas, durante más tiempo o en lugares donde antes eran poco frecuentes".
El United Nations Development Programme (UNDP) y los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) de Estados Unidos coinciden en que las condiciones climáticas extremas afectan la calidad del aire, la disponibilidad de agua potable y la capacidad de los sistemas de salud para responder a emergencias, lo que agrava la incidencia de enfermedades crónicas y reduce la expectativa de vida en las poblaciones más expuestas.
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