
La ciudad de Nueva York implementó una medida estricta para reducir el impacto ambiental proveniente del desperdicio de alimentos al exigir a todos los habitantes la separación obligatoria de residuos orgánicos para compostaje. Desde abril de 2025, residentes y propietarios están obligados por ley a clasificar restos de comida y residuos de jardín en contenedores diferenciados, bajo amenaza de multas que pueden alcanzar hasta USD 300 para quienes no cumplan con la normativa.
Esta disposición, que ya existía para grandes restaurantes y cadenas desde 2013, ahora se extiende a toda la población de la ciudad. La lista de materiales aceptados para compostaje incluye frutas, verduras, cáscaras de huevo, café, pan, carnes, productos lácteos, alimentos cocidos, papel sin recubrimiento, cajas de pizza, plantas y aquellos productos etiquetados como compostables.
El Departamento de Sanidad traslada estos residuos a instalaciones de compostaje ubicadas en Nueva Jersey y Staten Island, donde bacterias y hongos los transforman en compost, material que mejora el suelo agrícola y reduce la necesidad del uso de fertilizantes químicos.
En lo que va del año, se repartieron 6 millones de libras de compost entre residentes y organizaciones comunitarias en cuatro centros urbanos, según información de la Columbia Climate School. La planta de Staten Island, además, amplió en 2024 su capacidad de procesamiento, permitiendo tratar ahora un 2.000% más de residuos orgánicos que en periodos anteriores.
Sin embargo, a pesar de estos avances logísticos y técnicos, menos del 10% de los residuos orgánicos residenciales realmente llegan a instalaciones de compostaje, de acuerdo con datos analizados por la Columbia Climate School.

Obstáculos en la participación ciudadana
La baja recolección efectiva sigue siendo el mayor reto. Steve Cohen, director del programa de Gestión de la Sostenibilidad en la Columbia Climate School, explica que la proporción de desechos recolectados continúa siendo mínima, a pesar de las multas: “No es una situación ideal, pero ha mejorado respecto al pasado. Antes era menos del 5%, y aunque ha habido avances, dudo que supere el 10% en la actualidad”, señaló Cohen.
El escaso compromiso ciudadano no parece atribuirse a la falta de información. Cohen descarta que la educación sea el problema principal. Según él, la dinámica acelerada y orientada a la conveniencia de Nueva York impide que la mayoría de la gente le dé prioridad a la separación de los residuos. “Nueva York es una ciudad orientada a la energía, la movilidad, la comunidad y la conveniencia, y la gente simplemente no le da prioridad a este tema”, afirmó el especialista.
Tanto las campañas educativas como la aplicación de sanciones económicas mostraron un impacto limitado; Cohen sostiene que, si existiera mayor motivación, la participación sería mucho mayor.

Costos y futuro de la gestión de residuos
El desafío del compostaje se contextualiza en un sistema urbano de gestión de residuos que se transformó luego de décadas enviando basura al océano y a vertederos. En 2001, al llenarse el vertedero de Fresh Kills, Nueva York comenzó a exportar sus desechos, una operación que hoy suma un gasto anual de más de USD 1.000 millones entre transporte y tarifas de disposición en otros lugares, según la Columbia Climate School. El costo y la presión sobre el espacio urbano sugieren la necesidad de ver la gestión de residuos como una oportunidad económica y no solo como un gasto.
Pensando en el futuro, la Columbia Climate School sostiene que la solución definitiva puede surgir de la automatización y la economía circular. Cohen considera que depender de la separación voluntaria y manual de los residuos no permitirá alcanzar tasas de reciclaje significativas.
Sostiene que sería necesario un sistema en el que todos los residuos se recojan juntos y sean posteriormente clasificados mediante robótica e inteligencia artificial, utilizando preferentemente energía renovable.
De este modo, se podrían recuperar materiales valiosos, como fertilizantes y metales, y convertir la gestión de residuos en una actividad rentable para la ciudad. Aunque reconoce que esta transformación no será inmediata, para Cohen y la Columbia Climate School representa el horizonte hacia el que se dirige la sostenibilidad urbana de Nueva York y de otras grandes ciudades.
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