Hippolyte de Bouchard, el corsario francés que se hizo célebre combatiendo para las Provincias Unidas del Río de la Plata
Hippolyte de Bouchard, el corsario francés que se hizo célebre combatiendo para las Provincias Unidas del Río de la Plata

California: uno de los más extensos, ricos y poblados de los Estados Unidos. Superficie: 423.971 kilómetros cuadrados. Habitantes: 37.253.956. Ciudad más poblada: Los Ángeles.
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Todo eso, durante seis días (pero de 1818), fue de un marino, corsario y pirata francés, liberal, antimonárquico, que combatió al servicio de las Provincias Unidas del Río de la Plata –llamadas "La Argentina" recién en 1860– contra el dominio español.

Estos simples datos bastarían para una película, y su personaje, encarnado por un grandísimo actor.

Pero no es todo…

Nacido en Bormes-les-Mimosas, cerca de Saint Tropez –en los años 50, el club casi privado de Brigitte Bardot y su corte de playboys–, saltó a la cubierta de un barco antes de aprender a leer…, y pesqueros, mercantes y todos sus secretos fueron sus juguetes.

A sus 18 se alistó en la marina francesa contra Inglaterra, y en 1809 desembarcó en una Buenos Aires que hervía: ¡ a meses de la Revolución de Mayo!

Y no perdió tiempo. Puso su experiencia en el mar al servicio de la causa de la Independencia, y la casi recién nacida flota nacional, al mando de Juan Bautista Azopardo, lo elevó al puente de mando: segundo comandante.

Se batió contra España en el combate de San Nicolás, a la cabeza del bergantín 25 de Mayo, contra el bloqueo de la Corona –julio y agosto de 1811–, y se lee en el Parte de José de San Martín luego del Combate de San Lorenzo: "Dos cañones, cuarenta fusiles, cuatro bayonetas, y una bandera que pongo en manos de V.E. y la arrancó con la vida al abanderado el valiente oficial D. Hipólito Bouchard".

La Asamblea Constituyente lo premia y lo arropa con la ciudadanía de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y él apuesta a una nueva vida: se casa con Norberta Merlo, a quien muy poco verá…

De los apenas 56 años que le fueron concedidos en la tierra, mucho más de la mitad los pasará, sable y arcabuz en mano, en los mares más exóticos, entre victorias y derrotas, y con patente de corso desde 1815, y bajo las órdenes del bravío Guillermo Brown.

Pero no fue un ángel alado flotando sobre la espuma de las olas…
Durísimo, implacable con el enemigo, devolvía a los prisioneros a sus naves desarboladas, y ordenaba cañonearlas hasta que naufragaran, y nadie quedara vivo. Persiguió a los buques negreros. Se enfrentó contra los feroces piratas malayos sin abordaje: cuerpo a cuerpo… Comandó una fragata que sería mítica en la historia nativa: La Argentina. Eligió las rutas más peligrosas. Por ejemplo, retorno a Buenos Aires por el temible Cabo de Hornos.

Los buques de la armada del Río de la Plata que llegaron a California comandados por Bouchard.
Los buques de la armada del Río de la Plata que llegaron a California comandados por Bouchard.

Marineros amotinados. Duelo a sable con un sargento mayor (luego, serio problema legal). Escándalo: un marinero abofeteó a un armero. Al conocer ese acto de indisciplina, Bouchard encarceló al marinero. Polvorín: otro marinero lo atacó en defensa del castigado, y el capitán Sommers lo mató. El episodio terminó con dos muertos y cuatro heridos…

Campañas de alto peligro en las Filipinas. Manila, la capital, amurallada, y el fuerte de Santiago con potente artillería. Bouchard no presentó batalla. Merodeó dos meses, y en ese lapso… ¡capturó dieciséis naves! Técnica: rápido cañoneo e inmediato y sangriento abordaje.

Pero aún no había llegado la hora de su aventura más insólita…

Empezó el 20 de noviembre de 1818, cuando el vigía de Punta de Pinos, en la bahía de Monterrey, avistó a dos buques de la armada del Río de la Plata: la corbeta Santa Rosa y la fragata La Argentina; ésta, por su gran calado, en peligro de encallar…

Al amanecer del día siguiente, la Santa Rosa (anclada demasiado cerca del fuerte y con su tripulación exhausta) fue barrida.

En la madrugada del 24, con botes, Bouchard contraatacó con doscientos hombres: ciento treinta armados con fusiles, y setenta con lanzas…

La resistencia fue mínima. Luego de una hora de combate, Bouchard enarboló la bandera argentina, tomó la ciudad, se apropió del ganado, incendió el fuerte, el cuartel y la casa del gobernador, además de las casas vecinas.

Luego, desde la bahía de Monterrey, siguió avanzando, robó cuanta comida había, se detuvo en Santa Bárbara, y le propuso al gobernador un intercambio de prisioneros. Tres volvieron a sus manos, "y entregué sólo al borracho Molina, del que nos hubiéramos librado a cualquier precio".

Diciembre 16: Bouchard leva anclas, pone proa hacia la Misión de San Juan Capistrano, enfrenta a un capitán español y le exige pólvora y balas. Había "bastantes", según aquel, de modo que el conquistador manda a cien hombres a tomar el pueblo.

El homenaje a Bouchard en el Castillo de Mionterrey, en California
El homenaje a Bouchard en el Castillo de Mionterrey, en California

Breve lucha. Bouchard y sus corsarios se llevan cuanto objeto de valor hallan, e incendian las casas.

Diciembre 20. Zarpa hacia la bahía Vizcaíno para reparar los barcos y dar descanso a los marineros…

Pero el loco, "el pirata Bouchard", como lo llaman en esas tierras, había logrado lo imposible: por seis largos días, del 24 al 29 de noviembre de 1818, el aventurero había hecho pié en Monterrey, entre las todavía modestas ciudades de San Francisco y Los Ángeles…

Según su parte de ocupación, "a las ocho horas desembarcamos, a las diez era en mi poder la batería, y la bandera de mi patria tremolaba en el asta de la fortaleza".

Créase o no y por seis días, California, la perla de la costa oeste norteamericana…, en ese entonces todavía de la corona hispana, ¡fue de la Argentina!

Según los historiadores, "era la capital de la Alta California española, entre monasterios y presidios remotos.Todo el ejército español allí no tenía más de cuatrocientos hombres, y Monterrey unos seiscientos habitantes".

Al parecer, sólo quedaban veinticinco soldados para enfrentar a los doscientos marinos de Bouchard…

En cuanto al carácter del audaz francés leal a su país, a la Argentina y al Perú, capitán de cuatro naves –una, la fragata Prueba, de la armada peruana–, los testimonios ponen la balanza en el medio del fiel.

Algunos lo definen como "muy duro con sus tropas, brutal a veces, pero respetuoso de ciertas reglas: no atacó misioneros ni iglesias. Tampoco era un pirata, aunque muchos de sus actos eran propios de tales bandidos. Y dio la vuelta al mundo con escalas en Madagascar, Filipinas y Hawaii".

Bartolomé Mitre resumió el capítulo mayor de la vida del insólito marino con precisión y fina pluma:

"Una campaña de dos años y medio dando la vuelta al mundo en medio de continuos trabajos y peligros; una navegación de diez o doce mil millas por los más remotos mares de la tierra, en que se domina una sublevación, se impide el tráfico de esclavos en Madagascar, se derrota a piratas malayos, se bloquea a Filipinas anonadando su comercio y su marina de guerra, se domina parte de Oceanía imponiendo la ley, y a sus más grandes reyes por la diplomacia o por la fuerza; en que se toma por asalto la capital de la Alta California, se derrama el espanto en las costas de México, se hace otro tanto en Centro América, se establecen bloqueos entre San Blas y Acapulco, se toma a viva fuerzael puerto de Realejo, apresándose en este intervalo más de veinte piezas de artillería, rescatando un buque de guerra de la Nación, y aprisionando o quemando como veinticinco buques enemigos…".

En un artículo del escritor y periodista Jorge Fernández Díaz sobre una investigación de Fernando Ulloa se lee:

"En la página 29 de las Meditaciones, el príncipe de Hohenlohe nos advierte: "Ningún tiempo es más peligroso que el de la noche, no solo para el cuerpo sino también para el alma".

La placa en español e inglés al pie del mástil en homenaje a Bouchard en Monterrey
La placa en español e inglés al pie del mástil en homenaje a Bouchard en Monterrey

No es imposible que Bouchard se detuviera en estas líneas del libro aquel miércoles a las siete de la tarde cuando el peligro en la noche se encarnó en uno de los esclavos del fundo.

Nadie sabrá cómo se gestó aquella muerte que pudo deberse al rencor o la codicia.

Adelfo Bernales, un joven afronazqueño, enfrentó al viejo corsario, acompañado por otros; todos de rasgos guerreros similares a los mascarones de la iglesia. Gritos, resuello, violencia.

Alguna maldición sin odio. Toda pelea se parece pues está en juego la vida. Un golpe, otro; no muchos. Los mascarones no sabían que mataban una leyenda.

De esa noche solo hemos recuperado un acta de defunción donde el padre Isidro Cáceres registra con caligrafía bastardo español apresurada "…di sepultura con cruz alta en la bóveda de San Francisco Xavier al cuerpo difunto de Bouchard…".

"No hubo agonía; Cáceres nos explica esto desde el pasado al afirmar que Bouchard no dejó testamento ni recibió sacramento alguno dado lo súbito de su asesinato. La espada del corsario no figuró en el inventario de bienes que años después fue entregado a su familia. Es posible que la empuñara cuando entrevió que Bernales venía por él; es probable también que alguien se la apropiara al escapar y aun esté en el desierto. Como ocurre con todos los hombres, en un instante Bouchard se desvaneció de la historia".

La muerte sucedió el cuatro de enero de 1837.

Tuvo una hija, Fermina… ¡a la que no conoció!

Su cuerpo (sus restos) estuvieron perdidos hasta 1962. Fueron hallados en una cripta de la Iglesia de San Javier de Nasca (Nazca, Perú), y repatriados a Buenos Aires.

Yacen en el panteón viejo de la Armada, cementerio de la Chacarita.

Acaso, como todos los marinos, hubiera preferido el fondo del mar. Entre rocas, peces, maderas de naufragios.

Y envuelto en una bandera celeste y blanca.

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