El plantel campeón de Sudáfrica en el Mundial de 1995 (Foto: Shutterstock)
El plantel campeón de Sudáfrica en el Mundial de 1995 (Foto: Shutterstock)

Hace un par de días, poco antes de cumplir los 50 años, falleció Chester Williams, un ícono deportivo. Su lugar en el equipo de los Springboks campeones del mundo de 1995 fue trascendental. No solo desde lo deportivo, sino desde lo social y político. Era el único jugador de color en el plantel. Su soledad en vez de parecer una anomalía, algo condenable, consiguió que el gesto (el dato) de su inclusión tuviera aún más relevancia. Sudáfrica salía de años de Apartheid, de injusticias, de brutales políticas raciales y de exclusión social. Ese avance, ese paso hacia la reinserción, en la cancha lo representaba Chester Williams. Afuera de ellas, el líder indiscutible era Nelson Mandela. Guiaba a la nación con serenidad y firmeza. Él daba el ejemplo, miraba hacia adelante; olvidó las injusticias sufridas y no cedió a la tentación de la venganza.

Mandela vio en el Mundial de Rugby que se celebraría en su país una posibilidad única para unir a su nación. Al principio no parecía una gran idea. El rugby era deporte de la minoría blanca, un símbolo del Apartheid. Pero la visión del líder logró que todo el país se encolumnara detrás de esos Springboks. Y Chester Williams fue el símbolo.

La historia la contó John Carlin en El factor humano, libro que luego fue llevado al cine por Clint Eastwood en Invictus. El caso de ese Mundial de Rugby de 1995 es uno de los pocos en los que hubo una utilización política beneficiosa del deporte. Se sabe que en el deporte moderno, la política es una dimensión más de la actividad, una faceta ineludible en especial si se trata de una contienda internacional. Tal vez ese Mundial de rugby y los Juegos Olímpicos de Tokio 64, en los que Japón se mostró al mundo de pie y con una nueva cara, sean los dos ejemplos en que la desembozada mixtura entre deporte y política tuvo efectos beneficiosos.

El capitán Francois Pienaar, un símbolo del título sudafricano (Foto: Shutterstock)
El capitán Francois Pienaar, un símbolo del título sudafricano (Foto: Shutterstock)

"Un equipo. Una nación". Ese era el lema de los Springboks. Y para que ello sucediera fue fundamental la labor del capitán Francois Pienaar. También la presencia de Chester Williams: sin alguien de color en el plantel todo hubiera parecido una mera expresión de deseos. De ese modo, Williams se convirtió en una de las caras visibles de ese equipo que representaba a la Nación del Arco Iris que Mandela intentaba consolidar.

Chester jugó un gran partido en los cuartos de final. Apoyó cuatro tries frente a Samoa. Y también participó en las ajustadas y consagratorias victorias ante Francia y los All Blacks. En ese último partido la preocupación sudafricana era cómo frenar a Jonah Lomu, esa fuerza de la naturaleza, indetenible, inmanejable que atravesaba rivales; a veces parecía que Lomu había faltado al colegio el día que enseñaban que la materia es impenetrable: los pasaba por el medio, no modificaba su marcha y los oponentes iban siendo literalmente aplastados por su paso. Para eso, para que el All Blacks gigante no los lastimara, fue clave otro Springbok recientemente fallecido, el otro wing, James Small que se colgaba del neozelandés hasta la llegada de sus compañeros, y así, entre varios, tacklearlo.

Williams fue acusado de jugar solo por el color de su piel. Él no escuchó esos comentarios y se preparó para la gran cita. Después del título, convertido en una celebridad mundial, publicó sus memorias y causó revuelo. Apuntó contra Small. Dijo que este no lo trataba bien y que decía que él solo estaba en el equipo por ser "el negro simbólico", que su presencia era solo por una cuestión de cupo de color. Era sencillo convertir a Small en sospechoso de conducta racista. Era blanco, le gustaban los escándalos y tenía un perfil alto y polémico. Pero esa acusación de Williams era falsa y una tremenda injusticia. Son muchos los compañeros de equipo que aseguran que James Small fue de los más conmovidos y comprometidos con el cambio producido por ese equipo a lo largo del torneo en lo que refiere a la cuestión racial. Chester Williams tuvo que disculparse públicamente con su compañero y admitir que lo afirmado no era cierto.

Chester Williams no es el primero que muere de esos Springboks. Casi el 30% de los jugadores titulares de ese equipo campeón del mundo murieron prematuramente. 4 de 15. Un número alto. Muy alto. El director técnico fue el primero en irse a pocos años del título del mundo. Kitch Christie murió de leucemia a los 58 años en 1988. El siguiente fue el forward Ruben Kruger, el Asesino Silencioso, víctima de un cáncer cerebral diagnosticado mientras jugaba al rugby. Tenía 39 años. Después, en 2017, murió el medio scrum Joost van der Westhuizen afectado desde hacía años por una esclerosis lateral amiotrófica. Van der Westhuizen era un crack, demasiado alto para su puesto, con una notable inteligencia táctica, precisión y bellos movimientos. Menos de dos meses atrás fue el turno de James Small, el otro wing del equipo. Chester Williams es el cuarto jugador fallecido de ese equipo. Ninguno llegó a traspasar la barrera de los 50 años.
Sin olvidar que Jonah Lomu, el bestial wing neozelandés, también murió prematuramente luego de una enfermedad renal.

Una manera de ver este cúmulo de muertes jóvenes, de personas con físicos envidiables, con un pasado en el deporte de élite, responde a una cadena de desgraciadas casualidades. Una maldición que se cierne sobre ese Sudáfrica campeón del mundo. Habría que sumar en esta cuenta varios accidentes, desgracias personales y problemas con la Justicia que tuvieron otros miembros de ese plantel.

Otra forma de abordar la cuestión es no asumir como natural la cifra de decesos, que superan escandalosamente cualquier estadística. Ser ex jugador de rugby sudafricano entre los 40 y los 50 años implicaría un riesgo superior al de cualquier otra actividad en el mundo. Las estadísticas de estas muertes dentro del grupo etario "ex rugbiers" estaría unas treinta o cuarenta veces por encima del la de la población común.

A Small y Chester Williams, wines rápidos y fuertes, les falló el corazón con meses de diferencia. A van der Westhuizen podríamos sumarle los nombres de Tinus Linee y André Venter, otros dos rugbiers con ELA. Nuevamente, demasiadas casualidades juntas. Estos ejemplos hacen recordar que medio centenar de ex jugadores del fútbol italiano desde mediados de los setenta a la actualidad han padecido ELA. Según los expertos ese número multiplicaría por treinta la incidencia que tiene la enfermedad en el resto de la población de ese rango de edad en Italia.

Chester Williams, un símbolo del equipo campeón en 1995 (Foto: Shutterstock)
Chester Williams, un símbolo del equipo campeón en 1995 (Foto: Shutterstock)

Con estos pocos datos, con estas muertes que se van acumulando sin explicaciones, las sospechas de complejos vitamínicos con algo más que vitaminas, las de doping, no podrán despejarse jamás.

El caso de los Springboks pone el problema en foco pero nadie cree que sea un problema exclusivo de ese equipo. Tal vez la falta de competencia internacional -Sudáfrica no había jugado los dos primeros mundiales de rugby por las sanciones internacionales por el Apartheid: en 1995 debutó en la Copa del Mundo siendo su sede– hizo que se exageraran los estímulos y las medidas para que los deportistas pudieran estar a la altura de las circunstancias pese a la inactividad. Se sabe también que los equipos locales, en ese tipo de torneos, gozan de beneficios excepcionales: fixtures amables, referís complacientes, controles laxos.

En la liga de fútbol americano de los Estados Unidos se modificó hace muy poco tiempo la normativa sobre las contusiones cerebrales. Ahora cuando se produce un golpe fuerte en la cabeza debe seguirse un protocolo rígido que saca al jugador del partido y, de comprobarse la conmoción cerebral, lo deja inactivo por varias semanas. El rugby adoptó un método similar. Para que la NFL llegara a eso debió suceder un escándalo con notas periodísticas y estadísticas irrefutables que alarmaron a la prensa y a la sociedad. Eso sucedió, naturalmente, luego que varias generaciones de jugadores sufrieran daños cerebrales.

La sombra del doping cubre el deporte profesional moderno. Las sospechas son difíciles de despejar. Se sabe que los controles antidoping siempre van detrás de los avances para hacer trampa, para estimular los organismos con sustancias y métodos reñidos con la ética y la competencia limpia. El objetivo es ganar sin importar el precio que se pague por ello. El doping es un tema incómodo del que mucha gente prefiere no hablar. Los hinchas suelen depositar las sospechas y acusaciones en sus rivales y nunca en los jugadores propios.

No es necesario extenderse al doping. Al que a veces es imposible probar entre métodos muy avanzados, controles ineficaces y lagunas legislativas. Sorprende ver cómo en algunos deportes los médicos ceden a la presión de directores técnicos y dirigentes. Parecen privilegiar pasar una ronda en un torneo internacional por sobre el juramento hipocrático. En el fútbol local es común ver choques de cabezas, cortes y jugadores conmocionados. Pero se para la sangre, se cierra la herida (algún punto, la gotita o ahora los broches), una venda que da tono épico a cada intervención de ese jugador reingresado y ningún análisis neurológico riguroso. En una semifinal de la Copa Libertadores pasada el doctor decidió (el problema es que los médicos en esos casos no deciden: permiten) la continuidad de un arquero con fractura de mandíbula y una evidente conmoción cerebral.

El deporte profesional no se preocupa por la salud de los deportistas. Extrema las posibilidades del cuerpo humano, lo exige al máximo, para obtener el éxito inmediato sin preocuparse en lo más mínimo en las consecuencias posteriores, en la calidad de vida mediata del deportista.
Se asume que la gloria, la fama y el dinero justifican los riesgos o los daños irreversibles.

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