Por Juan Manuel Mannarino

La espera se hace eterna. Los músicos improvisan del aburrimiento, frenan, miran expectantes hacia los laterales. Entonces Pablo Milanés, sentado en una silla de ruedas, aparece movido por dos asistentes. Se impone un silencio absoluto. Después lo bajan con cierto esfuerzo y el artista cubano sonríe, acomoda el atril, y le guiña un ojo a su esposa y manager Nancy Pérez Rey, que se mueve sigilosamente por el escenario. Todo parece estar bajo control.
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Pablo Milanés, 76 años, más de medio siglo de carrera como uno de los cantantes más legendarios de Latinoamérica, con sesenta discos y giras por todos los continentes, se sitúa en el centro del escenario del Teatro Coliseo de Buenos Aires. Amo y señor, permanece quieto, sin que se le mueva un músculo de la cara, y después de vocalizar junto al ingeniero de sonido, empieza la prueba de sonido con su trío. Detrás suyo, protegido por una pared de vidrio, se ubica el baterista Osmani Sánchez Barzaga. A su costado izquierdo, el bajista Sergio Félix Raveiro. Y, a su lado derecho, el pianista Miguel Núñez, alma mater de la formación. Un aire tenso sobrevuela el ambiente. Son las cuatro de la tarde del viernes, faltan cinco horas para el recital titulado "Esencia" que lo reencontrará con el público argentino, y Milanés habla con tono quebradizo sobre un dolor. El dolor maldito, lo llama.

-Creo que se fue. En realidad, estoy mal del coco –dice, y sus músicos se ríen, sueltan los nervios.
No es una escena a la que estén desacostumbrados: la salud de su líder se halla inestable. Milanés viste una camisa celeste larga que envuelve un abdomen prominente, jean gastados y sus habituales anteojos redondos. A lo lejos parece un buda. De cerca, su apariencia es frágil. Sin embargo la voz, esa voz que cuando sale es un torrente capaz de llevarse puesto el teatro, suena nítida, excepcional. Por un momento, da la sensación que está separada del resto del cuerpo, autónoma y portentosa. Milanés resopla, se agita, da órdenes a sus técnicos ("ese bombo retumba", "la voz está demasiado centralizada", "tengo poco retorno, ¿cómo se escucha afuera de acá?) y sus músicos le responden con bromas cuando él los mira fijo. Tararea partes de canciones y las recrea como si intentara escapar por un rato de la exigencia que siente como anfitrión ("cuántos amigos en Brasil, entre ellos Bolsonaro", juguetea y un asistente grita: "Ni por joda digas eso").
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-Hubiéramos hecho la gira toda junta, Pablo, así no te dolía nada. Todo seguido, sin subirnos a un avión –comenta el pianista, y larga una carcajada estentórea que contagia al resto del personal. Hay cerca de diez personas en el proscenio. Su esposa se acerca y le pone tres sobrecitos de azúcar a un café que Milanés toma con los ojos cerrados, como si se transportara a otro lugar. "Exquisito", larga, y no hay quien le diga que lo tome despacio, que hay que cuidarse. Es el mantra que todos repiten: "despacito, cuidate Pablo, con cuidado". En realidad, el cantante y compositor no quiere ir lento ni suave: en casi todos los temas de prueba, como en Si ella me faltara alguna vez, hace un chasquidos con los dedos apurando el tempo. "Más rápido, quiero que aceleremos el ritmo".

Si alguien pasara por la calle y entrara de improviso, sentiría que el concierto está en riesgo y que esta prueba de sonido, que podría ser una más como cualquier otra, resulta una prueba de vida. En las miradas de soslayo entre los asistentes se teme una descompensación y el estado de alerta es total. Lo que saben en el círculo íntimo es que, aunque Milanés se muestre saludable en los conciertos y con la voz en notable estado, los cuidados se extreman en cada viaje. Una cosa es que toque en Cuba y países aledaños; otra es que salga de gira y atraviese miles de kilómetros. El cuerpo sufre el desgaste, y el propio Milanés, consciente de su insoportable levedad física, se asume como una especie de Highlander. Desde los noventa pasó por 29 operaciones, transplantes de órganos y enfermedades de tipo renal y ósea, entre otras.
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Pero, una vez más, el músico se impuso sobre las adversidades. Ahora, tras la prueba de sonido que duró una hora entre chistes, presiones, incomodidades y zozobras, Milanés sigue sentado en el mismo lugar del escenario y desde allí habla unos minutos con Infobae. Se saca un auricular de la oreja derecha y pasa un pañuelo por su frente. "Por favor, un ratico nomás", advierte su manager, que lo felicita por su performance. Se lo nota exhausto y a la vez con el alivio de haber transmitido calma en su equipo de trabajo. Hay que acercarse para escucharlo.
-Tengo que cuidarme la vocecita para la noche, ya no puedo forzarla. Tuve un ataque de lumbalgia hace unas semanas, no me pude reponer, en el medio viajé por México, Estados Unidos, Cuba y ahora Argentina. Pero sería incapaz de parar la gira, el público me espera y no puedo quedar mal.
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Hace unas semanas, durante una gira por Miami con su colega Carlos Varela, tomó la guitarra después de una década impedido por el mal de Dupuytrén, una enfermedad que le provocó el cierre progresivo de la mano. Ahora pregunta cómo ha sonado su voz a sus músicos y el bajista responde "súper bien, parecés más joven compay". El pianista agrega: "Hasta te está creciendo el pelo y todo. Sos el acorazado Potemkin". Poco convencido, Milanés dice que detectó "fallos" en registros de sus tonos ("siento que la voz se pierde"). Luego toma un sorbo de agua mineral y se jacta de haber vuelto varias veces de la muerte.
-Aquí estoy, mírame, he renacido y estoy entero. Antes no me cuidaba, era joven, pero ahora sí vale la pena. En fin, he vivido la vida, siempre trabajé muchísimo, la salud me requiere cuidarme mucho para mantener la voz. Y lo sigo haciendo ahora, parezco postrado pero estoy contento, el alma me sacude cuando vuelvo a Argentina.
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Amigo de Fito Páez y Charly García, la voz que ahora sale finita y esforzada y que cuando comience el concierto deslumbrará a la sala colmada de público del Teatro Coliseo, nombra a Mercedes Sosa, "la reina que será siempre la más maravillosa del planeta". A ella le dedicó el tema La Soledad y la invocará (la soledad/es un pájaro grande multicolor) en uno de los instantes conmovedores del espectáculo.
Dice que el repertorio elegido es una suerte de síntesis de los géneros que siempre interpretó ("lo llamamos Esencia pero es un engaño porque desempolvamos canciones olvidadas que paradójicamente nos representan mejor que las que se hicieron famosas"); que ya no cree en la política ("me parece una cloaca, me amarga, rescato a pocos, como el ex presidente uruguayo Pepe Mujica"); y que vive la cotidianidad de un hombre común entre Cuba y España, desde que hace quince años conoció a Nancy, que además de esposa y manager, es gallega ("me gusta leer literatura policial, cocinar, juntarme con amigos, ver fútbol, béisbol y disfrutar de mi familia"). Pero lo que más aprendió en el último tiempo, dice, fue a descansar. "Ensayo muchísimo porque soy perfeccionista pero nada me corta el dormir largar horas. Y luego recompongo haciendo ejercicio físico para mover los músculos, que ya están viejitos".
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"El público argentino es culto y sensible, hay una magia especial. Mis canciones son para escuchar y para pensar, y es un placer sentirse respetado por ellos", dice con las manos en las rodillas mientras la manager dice que ya es suficiente, que a Pablo se le nota en la cara que volvió a sentirse mal. "Le tiene un poco de alergia a la prensa", suelta, alegre, y los dos asistentes que lo trajeron al escenario lo suben a la silla de ruedas para transportarlo hasta un auto. De allí, directo hasta un hotel.
Horas después, en un teatro colmado que pidió las canciones de siempre (y que el cantautor correspondió con Yolanda y Años, haciendo que el público las coree) y que se asombró por versiones modernas (el trío pasó del son a la balada, de la rumba a la canción con magistral acompañamiento) de temas viejos y desconocidos, Milanés lució como nuevo, descansado y con un notable manejo de los tiempos, sobrio y a la vez arriesgando los alcances de su voz.
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Contenido en su emoción, habló lo mínimo y suficiente ("vamos a pasar una hermosa noche con canciones que quizás nunca hayan escuchado, tengan paciencia", "gracias, los quiero, con ustedes siempre es un hasta luego") y se dedicó a cantar de corrido, sin intervalos. Del baúl de los recuerdos, brillaron Hay y Nostalgias. Desde las butacas se ondearon banderas argentinas y cubanas, en una hora y media de un recital exquisito, con un Milanés que parece seguir pasando las pruebas del destino con ese prodigio que surge naturalmente de su voz, uno de los tesoros más singulares de la canción popular latinoamericana.
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