La vejez genera muchos inconvenientes, es cierto, pero también da impunidad. Cuando una persona llega a la edad de Clint Eastwood (88 años) en plena lucidez y con la energía suficiente como para filmar una película por año, puede poner piloto automático –como Woody Allen– o aprovechar las libertades que genera la edad.
El viejo Clint hace diez años hizo una película graciosa y punzante como Gran Torino, en donde un personaje podía mostrarse intolerante y racista y mostrar un camino hacia el aprendizaje. La saludamos como su gran despedida, como el canto final del cisne que se permitía, antes del retiro, darnos algunas lecciones de cine y de vida. Pasaron diez años y el hombre hizo ocho películas más. Todas están basadas, con mayor o menor libertad, en episodios de la vida real. Muchas tienen el estilo clásico que Eastwood perfeccionó a lo largo de 40 años de carrera pero también se permitió algunos experimentos como filmar con los verdaderos protagonistas del hecho real, sin actores profesionales, en 15:17 Tren a París.
Ese crédito de libertad del que dispone un anciano que trabaja es el mismo que tiene el personaje central de La mula, la última película interpretada y dirigida por Eastwood.

Earl es un señor de 90 años que cultiva flores y se ocupa de que todo el mundo lo quiera, salvo su familia, con la cual tiene lazos prácticamente rotos. Arruinado por el cambio en el consumo de flores generado por la irrupción de Internet termina transportando droga para el cartel de Sinaloa. La premisa es sencilla (también basada ligeramente en un caso real) y el guion la aprovecha al máximo.
¿Por qué Earl es el candidato ideal para transportar droga por vía terrestre? Porque tiene el aspecto de un viejecillo inofensivo, ha conducido por las rutas de su país durante décadas y no tiene ni una multa. Cuando vemos sus hábitos, el dato cierra perfectamente: el anciano maneja con cuidado, sin histeria, escucha música y canta entusiasta y desafinadamente, ayuda a la gente que encuentra por el camino, se hace amigo de todas las personas con las que interactúa y respeta las indicaciones que le dan. Earl es una persona extraordinaria, salvo el pequeño dato de que le ha entregado su vida a su trabajo y que ha sido un fracaso como padre, como marido y apenas un poco menos como abuelo.
Todo el arco narrativo de la película apunta, como un cuento de hadas, al aprendizaje y a la redención. Lo interesante no es tanto este esquema clásico, que funciona con la perfecta eficacia del cine norteamericano, sino las cosas que se le permiten a Earl en el trayecto.
Earl tiene 90 años, eso quiere decir que la irrupción de Internet lo encuentra en los últimos setentas. Dice confiadamente en 2005: "No necesito Internet". Doce años después, en el tiempo de la acción de la película, se encuentra sin trabajo, sin casa y sin familia.

El anciano no entiende mucho del uso de los celulares, especialmente el envío de mensajes de texto. Razonablemente, se perdió muchos de los códigos de la última década. A diferencia del personaje de Gran Torino, que odia a los migrantes orientales, Earl no es racista: simplemente desconoce los códigos lingüísticos por los cuales se califica a alguien de racista.
Hay dos escenas que confundieron mucho a algunos críticos norteamericanos, muy atrapados en la cultura dominante que le da un lugar esencial al lenguaje. En ambos, Earl ayuda espontáneamente a gente en dificultades. Uno es un grupo de lesbianas motociclistas. Earl en una primera mirada no se da cuenta de que son mujeres y su reacción al ser corregido no es de desagrado (como le habría pasado al personaje de Gran Torino) sino de diversión.
El grupo de motoqueras se denomina a sí mismas "Dykes on Bikes", algo así como "tortas en motos", usando ese calificativo para las lesbianas que actualmente se considera despectivo en los EEUU. Earl simplemente les da una indicación técnica para arreglar la moto y las saluda con el nombre que ellas se identifican: "Bye, dykes".

En otro episodio, a riesgo de irritar a los narcotraficantes, con todo el riesgo que eso implica, se detiene para ayudar a una familia que está a un costado de la ruta sin saber cómo cambiar un neumático. Los llama "negros", la forma incorrecta opuesta a "black", y ellos lo corrigen, un poco desconcertados. En ambos casos, Earl no actúa como racista –todo lo contrario—sino que no conoce los códigos correctos del momento. Ignora, básicamente, que para algunas sensibilidades contemporáneas, no hay nada más importante que el lenguaje.
Hay una crítica de la importantísima revista de la industria del cine, Variety, firmada por Peter Debruge, que muestra con toda claridad el berenjenal ideológico en que se han metido. Al describir negativamente la escena dice "Earl se refiere a un grupo de lesbianas motociclistas por el nombre que ellas se dan a sí mismas". No puede escribir "dykes". Piensa que si cita literalmente a un personaje de una película diciendo "tortilleras" el trueno vengador de un Dios furibundo lo fulminará (quizás algo así suceda).
En la escena de la ruta con la familia negra, el crítico dice: "Es un bonito gesto hasta que comprendemos que los ve por el color de su piel, y piensa en ellos en términos que no han sido aceptados socialmente desde hace décadas". Es claro que no piensa en ellos de manera racista: es sólo que ha quedado marginado de los códigos de conducta de corrección política que convierten a Peter Debruge en un crítico aterrado.

La libertad de Earl –la libertad de Clint Eastwood—se demuestra una y otra vez a lo largo de la película: en su desinhibida conducta sexual (como si nada, el nonagenario concreta un par de tríos), en la forma de establecer contacto con la gente, en su relación con la autoridad.
La película y su protagonista descreen del poder del lenguaje para encubrir discriminación pero eso no los hace ciegos a la discriminación realmente existente. Como Earl (Eastwood) repudia el racismo pero no le tiene miedo al humor ni a las palabras, puede resolver situaciones complicadas mintiendo descaradamente y ríendose en su interior. Para quien haya visto la película, la mención de "Home Depot" en este contexto lo hará largar una carcajada.
Sin embargo, la libertad tiene su contraparte, que es la responsabilidad. Una sin la otra es anarquía, es la imposibilidad de vivir en sociedad. La historia de la película es la historia de la reconciliación de la libertad con la responsabilidad.
La mula nos permite reforzar esa idea disfrutando en el camino con la magia narrativa de un director de 88 años. Quizás este sea uno de sus últimas lecciones. Quizás, por el contrario, dentro de diez años estemos comentando de qué trataron sus últimas hermosas, poderosas y libres películas.
*La mula, EEUU, 2018, dirigida por Clint Eastwood, 100'.
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