Luisgé Martín (Foto: Maximiliano Luna)
Luisgé Martín (Foto: Maximiliano Luna)

En el claroscuro del café donde, ahora, en esta mañana fresca, sucede esta breve charla con Infobae Cultura, el cuerpo de Luisgé Martín parece amoldarse perfectamente al paisaje. Es un relieve más en el pliegue de colores. Su saco azul, sus anteojos redondos, su cadencia regular y su voz baja se adaptan a la mesa de madera, a la taza de café, a los libros por doquier, al diálogo literario. Sin embargo, es en sus palabras donde ocurre la disrupción. Como piezas caprichosas que se niegan a encajar.

Aquí, en Buenos Aires, invitado por el Filba —que hace unos días concluyó su décima edición—, el autor madrileño de 56 años reconoce que su lazo con Argentina siempre estuvo bien atado. Es la segunda vez que pisa estas tierras australes, pero tiene varios amigos argentinos, muchos que se exiliaron en la época de la dictadura, por ejemplo. "También la literatura ayuda a conocer", comenta.

"Se lee mucho literatura argentina en España pero queda mucha fuera. Por eso he aprovechado para comprar libros de autores que me han recomendado. Esa literatura que es excelente y que quizás no llega. Es un poco lamentablemente porque estamos en tiempos donde está todo a un click", agrega.

Luisgé Martín (Foto: Maximiliano Luna)
Luisgé Martín (Foto: Maximiliano Luna)

Su último libro, El amor al revés, se ofrece como motivo de esta conversación. Aunque, desde luego, el diálogo se irá ramificando. En ese objeto de 270 páginas, Martín no transita el cuento ni la novela —géneros que conoce muy bien, no sólo por haber escrito catorce libros, también por haber sido editor en SM y Ediciones del Prado— sino que camina por el sendero de la autobiografía. Como si se tratase de memorias en vida, anuncia que ha vivido y se larga a narrar el despertar homosexual de un muchacho recluido que no quiere entregarse a su deseo, esa "aberración exótica sufrida por monstruos". De hacerlo, de enterarse su familia y amigos que era gay, todo sería "un terror seco, satánico, de pedernal". Es un camino, una transformación, un trance hacia lo que hoy es.

El amor al revés es el testimonio vivo de que hubo tiempos duros donde ser gay era contraer una peste mortal. La sociedad, mucho más conservadora que ahora, se aferraba a un pasado dicotómico sin ironías. En los setenta y ochentas, época en la que Martín vivió su adolescencia reprimiendo su fuego interior, comienza esta autobiografía que pega volantazos entre el anecdotario y la introspección, entre las autopistas y los pantanos. "Hace ya muchos años sabía que tarde o temprano acabaría escribiendo este libro. Sabía que esa pequeña revolución que yo había vivido en primera carne de estar en el armario, de negar mi propia identidad, de sentir que vivía con cierta anomalía, era algo que terminaría escribiendo. Me parecía que era mucho más directo y descarnado contarlo así", comenta.

“El amor del revés” (Anagrama, 2016), de Luisgé Martín
“El amor del revés” (Anagrama, 2016), de Luisgé Martín

—Escribís que "no se adoctrina el pensamiento, se adoctrina el corazón". ¿Bajo qué formas creés que hoy ese adoctrinamiento persiste en nuestra sociedad?

—Es una pregunta difícil porque yo creo que en mi época, en las últimas décadas del último siglo, el adoctrinamiento moral ha venido siempre de la iglesia, la experiencia católica en el caso que nos toca. Y es verdad que la iglesia ha perdido, al menos en España, la fuerza de coacción moral. Sigue habiendo mucha gente que se declara católica, la mayoría de la población, la mayoría cree en Dios, pero hay algunas cosas en las que ya no cree. Por ejemplo, cuando un obispo habla del aborto, habla de la homosexualidad, habla de las relaciones extramatrimoniales, habla del divorcio. Pero es verdad que sigue habiendo movimientos ideológicos que adoctrinan, no sé si tanto el corazón, pero sí el pensamiento. Y yo creo que hay ese tic estadounidense, gringo, de lo políticamente correcto que en los últimos años, y en este año por ejemplo, con una parte del movimiento feminista, que está impidiendo que se digan cosas por la misma razón que antes no se decían: por miedo. Cosas que abrirían el debate. Pero no hay, a mi modo de ver, una institución que irradie toda una doctrina, sino que son pequeños grupos.

-Hace unos días, el discurso de Catherine Millet en el Filba incomodó a muchas feministas. Dentro de ese debate, ¿en qué lugar te ubicás vos? Porque, por ejemplo, en Argentina el aborto todavía es ilegal y es desde el feminismo donde surge la mayor fuerza para hacerlo ley, sin embargo también prima la corrección política.

-Yo creo que en cada país hay situaciones distintas, y que las reivindicaciones concretas hacen que tú tengas que estar de un lado o del otro de la línea. Es evidente que en 2018 no se puede seguir penalizando el aborto. Entonces, en un país como Argentina con todo lo que ha ocurrido en el año yo creo que no es el feminismo el que debería estar luchando por eso, sino la sociedad completa. Es lo que sucede con el movimiento #MeToo: ¿quién puede estar en contra de eso? ¿Quién puede estar en contra de que se reivindique que las situaciones de poder, de abuso sexual sean perseguidas y denunciadas? La verdad que ha habido muchísima hipocresía porque muchas actrices han aprovechado y de repente han hablado diez años después cuando lo valiente habría sido hablar en su momento, pero sin entrar en eso, me parece que levantar la voz en todo eso es bueno, pero yo estoy en el mismo lado que está Millet y las francesas, más que las norteamericanas y el movimiento que está alzando más la voz en España, que me inquieta. Estoy en que se está llegando a un punto de puritanismo en el que se confunde el abuso sexual con el deseo sexual, el deseo sexual con la mercantilización del cuerpo, etcétera. Yo creo que debería haber un movimiento en el que la mujer reivindique el sexo, el deseo con la misma normalidad con la que el hombre lo ha vivido, y lo que está haciendo es al revés: negar esa normalidad del hombre, no el abuso, sino el deseo, los desnudos, la pornografía. Se está negando todo eso y vamos a llegar a un punto en que sea un disparate. Un poco ya hemos llegado.

Luisgé Martín (Foto: Maximiliano Luna)
Luisgé Martín (Foto: Maximiliano Luna)

-En el libro, cuando te referís a los años setenta y parte de los ochenta, hablás de una verdadera revolución sexual. ¿Creés que lo que estamos viviendo hoy en día es un desenlace, un devenir de ese momento? ¿Asociás ese despertar sexual de la sociedad española a lo que vivimos hoy en día?

-Yo creo que no. No ha habido una reacción sexual. Yo creo que se sigue viviendo con cierta normalidad. Ha habido cierta reacción en una línea ideológica. En los ochenta en España estábamos saliendo de la dictadura y de alguna manera todo explosionó. Se podía ser muy bruto, se podían hacer cosas que hoy serían impensables. Se podrían escribir letras de canciones que hoy no se podrían escribir. En ese sentido todo lo que tiene que ver con la creatividad y la expresión… creo que estamos yendo hacia atrás, sobre todo en los últimos años con esta vuelta al conservadurismo. Pero yo creo que en las alcobas sigue estando la libertad que se había conquistado. Sobre todo el mundo gay donde sigue habiendo una cierta promiscuidad, en el buen sentido, y yo creo que es perfectamente alabable, y no creo que en este momento haya empeorado, aunque no quita que por el camino que vamos vaya a ocurrir.

-Hay algo interesante y preocupante en que si bien proliferan tendencias progresistas, que suelen transitar el sendero de la corrección política, también estamos en presencia del auge de un conservadurismo reaccionario, de la derecha. Y por momentos parecen ser dos caras de la misma moneda. ¿Cómo ves este panorama?

-¿Cómo lo voy a ver? ¡Con miedo! Ahora mismo hay palabras que se tornan desgastantes. "Populismo" en Europa se está desgastando. "Fascismo" no está desgastada pero es verdad que es el movimiento global, aunque Asia lo podemos dejar un poco al margen por otras razones, pero en todo lo que es Occidente, Estados Unidos, Latinoamérica, ahora Brasil, Europa por supuesto, Suecia, España está habiendo movimientos que se parecen muchísimo a los movimientos previos al fascismo, a la época de la Segunda Guerra Mundial. Y no quiero decir que me parezca que vaya a haber una guerra pero sí que creo que, yo que nací en el 62 y empecé a tener conciencia del mundo a finales de los setenta, todas irracionalidades humanas que creí que estaban absolutamente superadas por la historia y que nunca más volverían a decirse barbaridades se están volviendo a decir. Con la inmigración, con la intolerancia de género… eso es absolutamente preocupante. Que alguien como Trump haya llegado a la Presidencia de Estados Unidos, por más que lo analicemos sociológicamente, a mí me resulta incomprensible. Eso quiero decir que, desde mi punto de vista y a una determinada edad en la que el pesimismo se asienta más, la Ilustración que había triunfado y que iba a hacer a las sociedad un poquitín mejores, un poquitín más justas, ha fracasado. Si seguimos siendo igual de imbéciles, igual de estúpidos. Nos vacunamos durante años para que por algunas generaciones no pasen las cosas que acaban de pasar y nos funciona durante dos generaciones donde nos acordamos que eso es horrible, pero en la tercera parece que nunca pasó.

Luisgé Martín (Foto: Maximiliano Luna)
Luisgé Martín (Foto: Maximiliano Luna)

-¿Y qué lugar juega la literatura en todo este paisaje negro?

-Yo creo que desgraciadamente la literatura ha perdido valor. Probablemente se lee más que nunca, seguramente es verdad, pero hay una diferencia muy grande: yo me acuerdo que de chaval cuando empezaba a leer sentía que los escritores eran dioses. Yo era groupie, me acuerdo de que perseguí en Madrid a Cortázar y luego acabé visitándole en París. Para mí alguien como Cortázar era alguien que me servía un poco de guía existencial. Yo creo que en general los escritores eran, incluso para quienes no leían asiduamente, personas respetables, capaces de elaborar una opinión y de generar, por lo tanto, una ideología, en el sentido muy amplio, no necesariamente una ideología política. Eso es lo que ha desaparecido. Ha habido una cierta transformación de la literatura, una inflexión. Pero no me parece ni bueno ni malo. La literatura a veces lo que hace es dar chispazos, dar alertas con cosas que están pasando, pero me temo que hoy no tiene ninguna injerencia.

-Escribiste en El amor al revés que "la felicidad no se conquista nunca, sólo se planea y se divaga". Y en tiempos donde se vende una felicidad directa, alcanzable e instantánea,  ¿por qué decidiste reivindicar esa idea de imposibilidad?

-El mes que viene saco un libro de ensayos que se titula El mundo feliz y allí, de alguna manera, reflexiono sobre ello: cómo gastamos demasiado tiempo en las sociedades en buscar una justicia, una igualdad, una fraternidad y todo ese tipo de cosas cuando lo que realmente deberíamos buscar es la felicidad. Es lo que buscamos todos. Es lo que de alguna manera se debería reorientar espiritualmente aprovechando las nuevas energías, el avance genético, la neurociencia. Algo que tenga una repercusión en el concepto del ser humano. Yo odio ese tipo de literatura de la que hablas, la literatura de autoayuda, la literatura que dice "si quieres, puedes". No, no. Muy poca gente que quiere, puede. Y la que no puede tiene muchas motivos. A veces por puro azar o porque los lugares están ocupados. Otras veces porque somos indistintamente mediocres y para lograr cosas necesitas un cierto talento. Otras veces porque el corazón te funciona mal: porque no te aman, o si te aman tienes ciertas envidias. Y luego la definitiva e irrebatible: cuando consigues una porción de felicidad, cuando has triunfado profesionalmente, te ama alguien, tienes una vida objetivamente feliz, eso dura el tiempo que dura la insatisfacción humana. Es decir, al cabo de un tiempo eso tampoco te vale. Yo creo que el hombre es una máquina preparada para ser infeliz, y eso es terriblemente triste.

 

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