Fundacional. Mil veces imitada. Única. Terrorífica. El film El Bebé de Rosemary, la madre de todas las películas de terror y embarazo, cumplió 50 años y como los grandes clásicos resiste el paso del tiempo o, por qué no, es aún mejor que antes.

Cuando en 1967 la novela homónima de Ira Levin llegó a los cuatro millones de ejemplares, la Paramount no dudó en adquirir los derechos y solo un año después, adaptación express mediante, llegó a los cines de la mano del entonces desconocido director Roman Polanski.

Polanski, hasta entonces, había realizado algunas películas en Polonia y el Reino Unido, como Repulsión (1965) y El baile de los vampiros (1967), que llegó a estrenarse en Estados Unidos y fue destrozada por la crítica. El primero que se postuló para colocarse al frente del proyecto fue William Castle, una leyenda del cine Clase B, pero ante la negativa del estudio quedó con el puesto de productor. Castle sería uno de los marcados por la "maldición" que tuvo la cinta.

La gran innovación narrativa de la película es convertir lo cotidiano en una historia de suspenso verosímil, donde las sutilezas, los detalles, dan indicios de que se aproxima la catástrofe, transmitida también por una memorable banda de sonido del polaco Krzysztof Komeda, coequiper de Polanski en sus primeros filmes y también víctima de la llamada "maldición de Rosemary". Ya desde los títulos de apertura con los punteos de un piano hiriente, la canción de cuna -entonada a pedido de Polanski por Mia Farrow o Rosemary- prepara al espectador para vivir en un clima ambiguo, borroso.
Y esa fue una de las ideas de Polanski, que declaró: "No quiero que el espectador piense 'esto' o 'aquello', quiero simplemente que no esté seguro de nada. Esto es lo más interesante: la incertidumbre".

A grandes rasgos y sin ánimo de spoilear a aquellos que aún no la vieron, la película recrea la vida de una joven pareja, los Woodhouse, a partir de que se mudan a un apartamento en Nueva York, que posee una reputación oscura por algunos hechos que se produjeron allí. La selección del departamento no pudo ser mejor: el emblemático -y también "maldito"- Dakota, que tiene su propia leyenda negra por haber hospedado al brujo Aleister Crowley, quien realizó allí sus rituales y que, muchos años después, sería el escenario del asesinato del músico John Lennon, entre otras desgracias.

Ella, ama de casa, él (John Casavettes), un actor en busca de hacerse un nombre, conocen a una pareja de vecinos ancianos, los Castevet (Ruth Gordon -reconocida por el clásico Harold y Maude, y que obtuvo su único Oscar por Rosemary- y Sidney Blackmer), quienes de a poco van ingresando en la rutina de los vecinos nuevos.

La película comienza con un in crescendo tras un raro suicidio y la aparición de un talismán para llegar al paroxismo con una pesadilla de Rosemary, en la que Satanás la viola frente a sus conocidos. El bebé de Rosemary o La semilla del diablo, como se llamó en España, no acude a lo paranormal como explicación, no busca en los desconocido razones ni explicaciones, sino que rebosa de psicología al servicio del miedo, que se despliega con una simpleza, con guiños, con imágenes que sugieren, y una elocuencia que se mantiene hasta el final (del que no mencionaremos nada).

Los amantes de la película y porqué no del género o del gran cine en general, tienen una nueva oportunidad de conocer aspectos desconocidos de la cinta a partir de la publicación reciente del libro This is no dream. Making Rosemary's baby, de Bob Willoughby y James Munn, publicado por la editorial británica Reel Art Press.

El libro presenta 200 fotografías realizadas por Willoughby durante la producción, un veterano de Hollywood que ya había trabajado en rodajes como El graduado, Mi bella dama y la versión original de Ocean's 11.
"El trabajo de Willoughby es impresionante y, sobre todo, desconocido para el gran público. Tuvo el rol de un cronista que inmortalizó uno de los rodajes más legendarios de la historia del cine y luego se guardó ese material sin darle más importancia. La pena es que en casos como este es imposible incluirlo todo", dijo Tony Nourmand, fundador de Reel Art Press.

La publicación deja en evidencia algunas de las historias conocidas sobre el clima de trabajo entre los actores y Polanski. La angustia de Farrow, que cuando comenzó la filmación estaba entre abandonar su carrera para seguir a su pareja de entonces, tal como el mismísimo Frank Sinatra se lo había pedido demanda de divorcio mediante, o interpretar su primer protagónico; la tirantez constante entre Cassavetes, un 'actor del método' con todas las letras, y el director, un obsesivo de la planificación y la repetición de escenas, que casi llegó a los golpes de puño, o el momento imperdible en el que el estilista Vidal Sassoon le realiza a Farrow el ya icónico corte de pelo.
Además de las imágenes, la mayoría desconocidas, el filme es también un pieza de colección gracias a los textos de James Munn, uno de los mayores expertos en la mística de esta película.

Sobre las maldiciones
Un año después de su presentación, el productor, William Castle, comenzó a ser amenazado por correo por el tono del film, al poco tiempo padeció una grave enfermedad en los riñones. Cuenta que durante el tratamiento, en los momentos de profundo dolor, solía gritar "Rosemary, por el amor de Dios, suelta ese cuchillo".

Por su parte, Komeda, el musicalizador, no volvió a trabajar con Polanski, ya que también en 1969, cayó en un barranco de Los Ángeles, California, y sufrió hematomas que lo llevarían a la muerte a los pocos meses.

Pero sin dudas, la historia más oscura de la "maldición" es la que involucra a Polanski: el asesinato de su esposa Sharon Tate, quien tenía 8 meses de embarazo, el 8 de agosto de 1969, cuando La familia, como se conoció al grupo de criminales sectarios liderados por Charles Manson, la apuñaló en 16 oportunidades en un oscuro episodio en el que también mataron al grupo de amigos que se encontraba con ella aquella tarde, mientras Polanski estaba de viaje por Londres.
Fotos de Bob Willoughby, gentileza de Reel Art Press.
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