Por Julieta Grosso

Diego Gandara (Vicens Giménez)
Diego Gandara (Vicens Giménez)

Afable y muy lejos de la leyenda literaria que lo consagró de manera póstuma irrumpe el escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003) en Movimiento único, una novela de Diego Gándara que narra la aparición epifánica del autor de Los detectives salvajes justo cuando él ha decidido radicarse en Barcelona para encontrar un lugar lejos del cataclismo económico que preanuncia la Argentina de principios del 2000.

Llamadas telefónicas da título a un volumen de cuentos que el emblemático narrador chileno publicó en 1997, pero bien podría ser la seña más precisa para describir el tipo de vínculo que lo unió a Gándara durante cuatro frenéticos años en los que, sorteando las convenciones horarias, la madrugada se convirtió en el territorio propicio para discurrir sobre fútbol, literatura y reality shows.

Oriundo de Ramos Mejía y con una vocación periodística golpeada por la inestabilidad laboral, Gándara dedicó el último año de la década del 90 a planear el salto al otro lado del océano. Contrariamente a lo previsible, no eligió desandar los pasos de su padre -que décadas atrás había emigrado desde la región de Galicia a Buenos Aires-, y por razones que ni a él mismo le resultan claras decidió mudarse a Barcelona, donde no tenía mayores referencias que el domicilio de un escritor a quien tiempo atrás había entrevistado.

“Movimiento único” (Seix Barral), de Diego Gándara
“Movimiento único” (Seix Barral), de Diego Gándara

"Aunque el futuro que me imaginaba en Barcelona era luminoso, no dejaba de sentir miedo. Al fin y al cabo, me iba a adentrar en otra realidad, lejos de mi realidad habitual en un barrio del Gran Buenos Aires, y esa realidad podía ser también, como decía Bolaño, un lugar oscuro, lleno de animales salvajes, en el que debía andar a tientas", dice el protagonista de Movimiento único (Seix Barral), un periodista llamado Santiago Gamboa que funciona como alter ego de Gándara.

Para no encorsetarse en los protocolos de la autoficción y tomar mayor distancia del rigor periodístico, el narrador delimitó una zona viscosa donde conviven la invención y los referentes distorsionados con los nombre reales, que en este caso alcanzan no solamente a Bolaño sino a otros escritores que ofrecieron su cobijo solidario cuando era un recién llegado: Rodrigo Fresán, el español Enrique Vila-Matas y Juan Gabriel Vázquez.

Gándara conoció al autor de Amuleto y Estrella distante en octubre de 1999, cuando le envió un email para hacerle una entrevista luego de que el chileno obtuviera el Premio Rómulo Gallegos. Así nació un vínculo que fue volviéndose próximo y entrañable a través de interminables charlas telefónicas en las que el escritor veterano dejaba entrever su afecto y preocupación por el periodista argentino.

Roberto Bolaño
Roberto Bolaño

"Quería escribir no sobre Bolaño sino sobre la relación que tuve con él porque fue decisiva para mí. Fue una persona que me ayudó mucho. Cuando se cumplieron diez años de su muerte pensé en que tenía que escribir acerca de eso -destaca Gándara-. Me puse a pensar en cuánto me había marcado su amistad".

La originalidad del texto es que Bolaño no irrumpe a través del paradigma del discípulo y el maestro sino que el foco está puesto en una relación más simétrica donde la cuestión literaria aparece como en segundo plano…

– Roberto se preocupaba mucho por las personas que quería. Me preguntaba si comía, si tenía trabajo… Hablábamos un poco de literatura pero después el temario se abría: el programa "Gran hermano", el fútbol, las mujeres… Muchos ven en él al Bolaño mítico: yo por el contrario lo veo como el que me cuidaba, el que me pasaba el teléfono del dentista si se me rompía una muela. No conocí jamás ese costado mítico del que otros hablan. ¿Por qué tanto interés de él hacia mí, que era un desconocido? Creo que cuando alguien ha sido inmigrante y ve a otro en la misma situación enseguida hay una empatía, él estaba muy preocupado por saber cómo afrontaba yo ese proceso.

En el primer contacto con su obra decís que hubo interés pero no una fascinación inmediata.

– Cuando empecé a leerlo tenía otra idea de la literatura. Cuando leí Los detectives salvajes creí que era un libro al que le sobraban páginas. Hoy en día lo sigo releyendo y me doy cuenta que no. Es más: le sigo encontrando siempre nuevos matices.

El autor argentino, radicado en España, recuerda su relación con el autor chileno
El autor argentino, radicado en España, recuerda su relación con el autor chileno

¿Qué rasgos lo distinguían?

– Su humor es algo que no me voy a olvidar nunca. Solía llamar por teléfono y hacerse pasar por alguien. Por ejemplo, me llamaba diciendo que era argentino y me decía: "Estoy acá en el aeropuerto, tenés que venir a buscarme". Roberto lograba sacarme de ese lugar calamitoso en el que a veces me ponía. En su literatura uno puede ver también que se ríe. Hay de hecho un epígrafe en uno de sus libros que dice "todas tus demandas acabarán en risas y te verás libre de culpa y cargo".

Es notable que nunca te haya contado de su enfermedad y que en cambio se interesaba por la de tu padre…

– Jamás mencionó el tema de su enfermedad y eso es algo que valoro como un gesto muy noble. El se estaba muriendo y se preocupaba por mi padre, que también estaba en la misma situación. Incluso cuando murió mi padre hablamos y le dije que lo quería visitar. El se excusó diciendo que tenía como un estado gripal. En realidad, la enfermedad ya estaba muy avanzada pero no quiso que lo supiera. Por eso me descolocó cuando me llamó Rodrigo Fresán un día a las seis de la mañana y me avisó que Roberto se había muerto. Mi padre había muerto en marzo y él en julio, así que viví esos dos muertes casi en paralelo.

¿En cuánto creés que te marcó esa idea de Bolaño de ser "un escritor que vive cada vez más lejos del punto de partida"?

– La distancia me resulta beneficiosa para escribir. Tengo una relación extraña con el lugar: vivía en Buenos Aires y escribía para diarios del interior. Ahora vivo en Barcelona y escribo una novela para la Argentina. Estoy en Barcelona pero escribo para un diario de Madrid y otro de Chile. Es un poco raro pero parece que nunca coincide el lugar en el que vivo con el que publico.

Fuente: Télam

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