Vasco Szinetar (Foto: Adríán Escandar)
Vasco Szinetar (Foto: Adríán Escandar)

Selfies, muchas selfies. Lo que primero se ve cuando uno ingresa por estos días a la Biblioteca Ricardo Güiraldes en el borde del barrio de Retiro es una serie de selfies. Aparecen Jorge Luis Borges, Leandro Padura, Nicanor Parra, Leila Guerriero y la lista sigue con un detalle: junto a todos estos escritores dentro de la fotografía en blanco y negro, un hombre sostiene la cámara que apunta a un espejo y captura las descontracturadas escenas. Su nombre es Vasco Szinetar.

Es la primera vez que una muestra de este fotógrafo nacido en 1948 en Venezuela —lugar donde hoy reside, sumamente crítico al gobierno actual— se instala en Argentina, y encima por tres: en la Casa de la Lectura, Descoloridos, y en la Biblioteca Ricardo Güiraldes, Cheek to Cheek y Frente al espejo.

Una camiseta lisa color bordó lo protege de la humedad. Anteojos, barba entrecana, pelo hacia atrás,  y una media sonrisa lo definen. Hace chistes, se interesa por el entrevistador, por el fotógrafo, pregunta si hay un proyecto artístico personal más allá del trabajo cotidiano. Vasco Szinetar se baja rápidamente del escalón en que se lo sube en los reportajes y no responde preguntas, charla. Con el "¿me entiendes?" como latiguillo y la facultad de hacer de su saber un procedimiento dialógico, se abre en esta entrevista con Infobae Cultura.

Vasco Szinetar y Jorge Luis Borges. Caracas, 1982
Vasco Szinetar y Jorge Luis Borges. Caracas, 1982

Su historia comienza así: tenía 20 años cuando dejó Venezuela para estudiar cine. Primero Lodz, Polonia, y luego Londres, Inglaterra. Siete años de formación. "Me casé y me fui con una beca y regresé divorciado, solo y sufrido", dice y le sigue una risa.

"Empecé a tomar fotografías de muy joven, a los catorce años. Soy parte de una familia de Venezuela vinculada a la política y a la cultura. Hice fotos de gente importante, muchos de mi familia, personajes. Pero también tenía el imaginario de ser cineasta. Además en esa época tenía mucho glamour, ¿me entiendes? Fellini, Antonioni, etcétera. Y en la escuela de cine hice prácticas de fotografía y de laboratorio, y tomé muchas. Desgraciadamente no hice como hubiese querido porque ahorita tendría un registro maravilloso. Y cuando llegué a Venezuela empecé a hacer cine, fundamentalmente edición y montaje, y paralelamente empecé a retratar escritores, por afecto, por admiración. Y al momento en que empecé a publicar fotos en los periódicos esa dinámica me fue apartando del cine".

Selfie con Gabriel García Márquez en 1982
Selfie con Gabriel García Márquez en 1982

—¿Cuándo apareció la idea de la serie?
—Fue progresivamente. Una foto inicial que retraté a una bella mujer, amiga, con la cual estaba saliendo. Después empecé a hacer fotos de escritores, pero todavía no tenía claro el concepto en el tiempo. Y cuando retraté a Jorge Luis Borges, en ese momento, dije "¡conchas!" Entendí que era un trabajo trascendente, importante, porque Borges es muy particular, ya no es un escritor, es una especie de dios de la palabra. Entonces dije: "Borges me abre la puerta a un viaje para toda la vida", porque este es un trabajo que explora el tiempo, explora la muerte, explora el deterioro, el tránsito del hombre por la vida, la vanidad, el poder, el tema del doble, siempre visto a través de un personaje que se repite incesantemente, que soy yo, que comienza siendo un muchacho joven, divertido, y después menos divertido, más viejo… en fin. Los cambios del cuerpo y del espíritu.

—Llama la atención la postura, los gestos, la casi nula solemnidad… ¿cómo surgen esas escenas?
—Aparecen inicialmente con gracia. Esas cosas se dan así, y lo importante de todo esto como experiencia es que uno tiene que ver lo que hace y aprender de eso, uno tiene que leerlas. "Ah, qué divertido, mira", y entonces dices: "Ah, por acá puedo ir, lo sigo". Es una forma también de colocar al personaje, que siempre tiene una incidencia en la sociedad, porque no he retratado solamente escritores, también políticos, músicos, banqueros, infinidad de personajes. Entonces he llevado a un personaje que tiene ese rol en el ámbito de lo social a una situación infantil, adolescente, de juego, lúdica, ¿me entiendes? Al final es una propuesta de llevar al individuo a lo que somos todos: inmaduros, niños, que nos vemos obligados a ejercer de hombres sabios, responsables…

El fotógrafo venezolano Vasco Szinetar en la Biblioteca Guiraldes (Foto: Adríán Escandar)
El fotógrafo venezolano Vasco Szinetar en la Biblioteca Guiraldes (Foto: Adríán Escandar)

—Y esas fotos que usted hizo, que hoy le llamamos selfies, hoy parecen moneda corriente en las redes sociales.
—Fíjate lo que pasa: los selfies —así les llama Szinetar: los selfies, en masculino— ahorita están vinculadas a la necesidad de encontrarse con el otro, dar testimonio del afecto, del encuentro. Es como una memoria colectiva, instantánea y a la vez efímera, paradójicamente, porque la gente no llega a su casa a bajarlas y guardarlas en un disco duro. Son fotos efímeras que tienen un objetivo: el diálogo. "Mira, aquí estoy con mi mamá. ¡Qué feliz soy!" Pero nada más, ¿me entiendes? En cambio este es un trabajo que tiene otra naturaleza, es un trabajo conceptual.

—Se te ha puesto el rótulo del inventor de la selfie.
—Bueno fíjate, todo está inventado. Desde Velázquez. Lo que pasa es que son nuevas miradas. La gente se ha autorretratado toda la vida a través de la fotografía, a través de la pintura. ¿Qué es lo que hago yo? Sistematizo una experiencia y la convierto en un discurso. Eso es lo inédito. ¿Si soy inventor del selfie? No, yo le di al selfie una categoría de trabajo, de cuerpo exploratorio y visual, ¿me entiendes? Y esto es indudable: no hay nadie que haya realizado un trabajo tan obsesivo y significativo, porque el trabajo que yo hago participa del retrato. Cuando tú revisas hay gente que tiene conciencia de que está siendo retratada y mira, se mira, para que el retrato sea realmente un hecho trascendente.

—Y escribió también libros de poesía. Es decir, la literatura no es sólo afición.
—Sí, empiezo desde pequeñito, también, porque yo iba de poeta. Y de político también, de militante político, desde los catorce años. La poesía me ha acompañado todo el tiempo. La política y la historia. Yo soy investigador de la historia. Ahorita soy curador de uno de los archivos privados más importantes de fotografía que va desde el daguerrotipo hasta la contemporaneidad. Se llama Archivo Fotografía Urbana. Bueno, me muevo, como todos los seres humanos, en muchas áreas. Nosotros, tú, yo, tenemos amigos, tenemos parejas, tenemos un jefe… hacemos muchas cosas, pero el mundo nos quiere reducir: "Usted hace sólo esto". Yo hago de todo. Por ejemplo, estuve exiliado en Colombia por dos años y surgió este trabajo llamado Cuerpo de exilio

Con Roberto Bolaño, año 1999
Con Roberto Bolaño, año 1999

Entonces Vasco Szinetar levanta su mochila del piso —es enorme, pesada, quién sabe cuántos cosas llevará ahí— y la pone sobre la mesa. Abre el cierre y saca un libro suyo de fotografía. Las fotos son íntimas: las sábanas deshechas de una pequeña pieza, por ejemplo. "Es un viaje a través de la experiencia del exilio", dice mientras pasa las páginas. Después saca otro, El ojo en vilo, de 2013, donde en cada página hay tres retratos del mismo artista en diferente pose: con los ojos tapados, mirando a cámara o hacia el costado. "Como ven, voy por todas partes", dice y ríe otra vez.

En 2010 trabajaba en la Fundación para la Cultura Urbana de una Casa de Bolsa cuando ocurrió lo que no se imaginaba. Quizás la estatización sí —la oleada de expropiaciones del chavismo ya había escalado alto—, pero no el escrache. "El gobierno tomó uno de los grupos económicos más importantes, la Casa de Bolsa más importante, que tenía una área cultural con una impronta muy fuerte, y yo estaba involucrado en ese proyecto desde el punto de vista cultural. El presidente Chávez puso un video en el programa de él diciendo que éramos unos delincuentes y aparecía yo desplazando una fotografía con marco y dijeron que éramos unos boteros y bueno, tuve que salir en tres horas. Estuve dos años fuera y volví cuando se acomodó la cosa", cuenta.

Vasco Szinetar y su foto junto a la escritora argentina Leila Guerriero (Foto: Adríán Escandar)
Vasco Szinetar y su foto junto a la escritora argentina Leila Guerriero (Foto: Adríán Escandar)

—¿Qué es hoy Venezuela?
—La tragedia más importante de Latinoamérica en este momento. Superó la pobreza, superó los problemas inherentes a una realidad como la latinoamericana. Este es un caso muy particular y muy grave porque es un país con grandes riquezas, con grandes posibilidades que ha sido tomado por un grupo que ya no tiene intereses políticos, sino económicos. Se apoderaron del país, lo privatizaron y es un proyecto de reducir a la sociedad venezolana a la pobreza para dominarla. Es un país monitoreado y dirigido desde Cuba, somos una colonia cubana.

Pero quizás en los comienzos el chavismo era otra cosa, o al menos se vislumbraba en esa chispa rebelde y originaria un camino diferente al que terminó tomando. ¿Si Vasco Szinetar se entusiasmó con eso? Su respuesta es un rotundo no. "Mira, yo fui comunista. Desde que tenía doce años y hasta los veinte. Después del año 68 que sucedió en Cuba el caso Padilla, al régimen cubano se le descubrió su verdadera faz y entendí que era un proyecto totalitario", comenta sobre el poeta cubano Heberto Padilla que en ese año, cuando llegó de la Unión Soviética, recibió el Premio Julián del Casal por un libro crítico al gobierno, entonces comenzó un severo hostigamiento que terminó, en 1971, con la cárcel por "actividades subversivas". Ese episodio marcó un antes y un después: intelectuales como Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Jean-Paul Sartre y Susan Sontag condenaron fuertemente la Revolución que habían apoyado con fervor diez años atrás.

Desencantado con los socialismos del siglo XX y más aún con los populismos latinoamericanos del XXI, vuelve a hablar del lugar donde nació y donde reside, con más desesperanza que odio, con una sonrisa rancia, porque es sabido: el humor espanta el pánico, aliviana un poco el dolor. "Venezuela está en una crisis humanitaria —continúa— donde el país cada día se reduce en sus efectos prácticos en no tener acceso a la medicina, al transporte, a la seguridad, al dinero en efectivo. Pasar de ser un país punta en Latinoamérica a ser el último país con un inflación astronómica… bueno, ¿qué proyecto es ese?"

Vasco Szinetar y una selfie en el baño, pero esta vez él no tiene la cámara, él no es el fotógrafo (Foto: Adríán Escandar)
Vasco Szinetar y una selfie en el baño, pero esta vez él no tiene la cámara, él no es el fotógrafo (Foto: Adríán Escandar)

Entonces la grabadora se frena y llega el momento de las fotos. Posa para la cámara de Infobae Cultura como el mejor de los modelos, con la paciencia de saberse de memoria la escena protocolar de fotografiar a un entrevistado, y mientras pide que no se lo trate de usted, sino de tú, llega el momento de la despedida. No, no acepta la mano —¿qué es esta formalidad?, dirá para sus adentros—, sino que ofrece un abrazo y hace resurgir su esencia venezolana: la calidez.

Antes de irnos, nos quedamos mirando la muestra un rato más. Parece mentira: selfies, selfies y más selfies que —casi como un chiste hacia nuestra época— no son efímeras, que lograron trascender.

 

* Descoloridos
Casa de la Lectura
Lavalleja 924 – CABA
* Cheek to Cheek y Frente al espejo
Biblioteca Ricardo Güiraldes
Talcahuano 1261 – CABA
Desde el 23 de abril
Hasta el 10 de julio

 

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