Ilustración: Florencia Gutman
Ilustración: Florencia Gutman

A Susana Rodríguez

Dejo mucho fuera cuando digo la verdad. Lo mismo pasa cuando escribo una historia. Voy a empezar ahora a contarte qué es lo que he dejado fuera de "La Cosecha" y quizás empiece a preguntarme por qué tuve que dejarlo fuera.
Amy Hempel

Llegaba a casa los domingos, a veces ya borracha y si no, se emborrachaba ahí, con nosotros, antes del almuerzo o en la sobremesa, cuando mi papá se había ido a dormir la siesta y mi madre o yo lavábamos los platos. Era enfermera en un consultorio médico, pero también trabajaba a domicilio; iba en motoneta, con frío o calor, con su caja de inyecciones que ponía al fuego directo, como se estilaba entonces, con las jeringas de vidrio bruntulando en el agua, para esterilizarlas de aquel modo casero. En cada casa tomaba unos tragos, aperitivos que se repetían como un cine continuado, de modo que a medida que iban pasando las horas… Dividía al mundo entre los que le caían bien y los que no. Yo no le caía bien, Esta chica le va a causar problemas, le decía a mi madre, ¿por qué?, preguntaba ella, Gina sabe… Había nacido en el pueblo de los Agnelli, los fundadores de la FIAT, de los que sus hermanos y ella habían sido vecinos y amigos. El pueblo donde nació mi padre está apenas más abajo, hacia Torino, pero según creo no se conocieron allá. No sé por qué razón no habré escrito antes sobre ella, que fue parte de nuestra vida desde los recuerdos más antiguos. Mi madre, a veces también mi padre, me contaron que cuando apenas habían llegado los dos a Aldao y alquilaban, conmigo de meses, una pieza en un conventillo, se presentó esta italiana buscando a mi papá. Mi mamá no recuerda ahora si los dos se vieron ahí por primera vez o si se conocían ya de Italia. Era un poco mentirosa, lo descubrimos un día con mi madre, y cuando mentía, acompañaba el relato con un carraspeo. Inventaba trabajos que había tenido, personas famosas que había conocido, aunque a veces pienso que en el fondo de todas esas mentiras había manchones de verdad. En Italia había trabajado como obrera y aquí, como mujer de la limpieza o cuidando ancianos y sobre todo como enfermera en hospitales, clínicas y consultorios y también por su cuenta colocando inyecciones o pasando botellas de suero. Le habían sucedido pronto las cosas que tarde o temprano nos suceden a todos, miseria o destrato, decepciones, demasiado cigarrillo y alcohol, alguna enfermedad importante, trabajos duros o aburridos, problemas con sus hermanos, todos varones, o con los jefes o con las amigas y sobre todo el desgarro de aquel viaje en barco, la decisión abrupta de romper con todo para venir a Argentina y no poder o no querer regresar ya nunca.

Llegó después de la Segunda Guerra, por necesidad de trabajo, o quizá más por desencanto o por diferencias familiares, quién sabe si por escapar de algo o encontrarse con alguna zona oculta de ella misma. Aunque nunca supe que tuviera amores con mujeres (en el pueblo y en aquel tiempo, hubiera sido un escándalo) tenía apariencia masculina para los costumbres de la época, muy delgada, la piel curtida, la cara con arrugas profundas (aunque en algún momento de mis recuerdos ha de haber tenido cuarenta, quizá treinta años), sin curvas, sin pechos, vestida siempre con pantalones y pulóveres color gris pleno o negro o gris jaspeado, el pelo a lo varón, oscuro y después gris, virando hacia el plateado, luego pronto ya con canas hasta volverse totalmente blanco. Lo peinaba hacia atrás, con un peine mojado (llevaba siempre uno pequeño, en la chaqueta de enfermera o en el pantalón) nomás con agua, en una época en que las mujeres usaban peinados batidos, polleras angostas, medias de seda y zapatos de taco.

Fumaba mucho, muchísimo, mi madre y otras mujeres que conocía también fumaban, pero ella fumaba en la calle, a la vista de todos, como los hombres, y era una sola con su motoneta, una Siam en la que iba de aquí para allá visitando casas donde con toda soltura podía pedir un trago. Los tragos eran sobre todo vermut, Cinzano o Gancia, aperitivos que se mandaba uno tras otro, antes del vino en las comidas. El vino podía ser malo, regular o bueno, lo mejor que se tomaba en casa por aquel tiempo era Valderrobles o San Felipe, porque a mi papá le gustaba su copa en la comida, pero podía tomar también los más baratos, comunes y corrientes de la época, Facundo o Luchessi, el vino del pueblo que bebe el pueblo, como decía el eslogan. Había sido maratonista y estaba a punto de competir en Francia cuando arrancó la guerra, eso había truncado lo que tal vez hubiera sido una vida de deportista. Durante la guerra, había trabajado en una fábrica de armas, ¿o era de rulemanes?, no recuerdo, pero sí algunas cosas que contaba sobre sus compañeras de trabajo y sobre ella misma, seducciones a hombres con algún poder, alemanes seguro, para conseguir mejor comida o algún permiso, eso la divertía mucho y formaba parte de los recuerdos mejores. Llegó a Aldao a instancias de un primo que accedió a firmarle el acta de llamada, pero el primo no vivía solo, tenía mujer y cuatro hijos. Llegaba la prima de Italia y el hombre fue a buscarla al puerto, en la casa la mujer y los hijos, todo listo para recibir a la extranjera, un cuarto disponible, sábanas limpias, comida para repararla del largo viaje, la espera de meses… ella vio a los niños, señaló a la más grande y dijo: Esta no me gusta, es falsa. Estos sí, señalando a los otros y dio por sentado que la madre, que tampoco le gustó, privilegiaba a la mayor por sobre los más chicos. La más pequeña se llamaba Dionis y fue su debilidad, la niña convertida después en una mujer hermosa que por amores equivocados derrapó hacia la prostitución y enfermó y murió todavía joven, y también el más chico de los varones, siempre en su boca para mí, como diciendo que si él llegaba a gustarme yo podía cambiar de bando. Descendía de un filósofo francés con el que compartía el apellido, eso decía en medio de sus borracheras y hasta puede que haya sido cierto.

Como dije, yo no formaba parte de la mitad del mundo que quería, quizás era muy adaptada, obediente, demasiado modosa para lo que ella esperaba, o se trataba nomás de que era muy parecida a mi madre y que no tenía ojos sino para ella. Adaptada, eso ha de haber sido, aunque las muy rebeldes también la sacaban de quicio; de todos modos, mis hermanos le caían mejor. Le molestaba mi madre y pese a que recurría a ella para muchas cosas, se complacía en hacerle sentir que era un poco tonta, ingenua, que es como consideraba a las mujeres a las que les perdonaba la vida. Pobres tontas sin capacidad de decisión. A mí no me parecía que mi madre fuera tonta, para nada, aunque todavía no comprendo por qué le toleraba tantas cosas, opiniones malsanas y caprichos, el almuerzo del domingo contaminado con sus borracheras. ¿Le pongo limón al Gancia, Gina? Mejor envuélvalo que me lo llevo. La botella a medio beber, me la llevo para la noche…, un día que buscaban a mi padre por trabajo, hora del almuerzo, esperábamos en la cocina con la mesa puesta y, como él se demoraba, ella se levantó de repente, abrió la puerta del living y dijo Estas no son horas de molestar… Lo que más mortificaba a mi madre (porque en el asombro, mi padre no atinó a decir palabra) era que ese señor pensara que mi papá tenía una mujer con esos modos y ese aspecto, mi madre que era hermosa como Silvana Mangano y, aunque nacida pobre, fina como una diosa.

Pensábamos a veces que estaría enamorada de mi papá, que lo admiraba seguro, y seguro también que mamá no era más que un obstáculo que ella debía tolerar para verlo y hablar con él, el único a quien valía la pena escuchar. En las reuniones más grandes, las muy pocas que había en casa, siempre estaba en la zona de los hombres, fumando y con un vaso de algo en la mano, hablando de política o de deportes. Cierta vez, yo era todavía una niña, para unas elecciones en Francia, por contradecirla, aposté un almuerzo a que ganaría Giscard d'Estaing, un absurdo porque nada sabía yo de Francia ni de política internacional; tampoco tenía dinero propio para invitarla a almorzar, pero como me desafió y yo ya era terca como una mula, quedamos en que quien ganara debía invitar a la otra al restorán del pueblo. Cumplió con su palabra, fue la primera vez que comí en un restorán.

Me parece que mi papá le tenía lástima, que ella representaba de algún modo lo que había dejado allá, tal vez fuera nomás solidaridad con los que habían venido y no habían logrado lo que había logrado él, una familia, un trabajo más o menos bueno, hacerse una casa, pero ahora los recuerdos se me confunden y no estoy segura de que no se hubieran conocido en Italia. A pesar del aspecto masculino y del alcohol, emanaba cierta forma —misteriosa por mucho tiempo para mí— de erotismo hacia los hombres. En los recuerdos más antiguos, cuando era joven todavía, llevó en varias ocasiones a algún candidato para presentarlo en casa, porque éramos lo más parecido a una familia que tenía. A uno de ellos, un gringo que reparaba máquinas de escribir, lo escuché decirle con admiración a mi padre (en un momento en que mi mamá la llevó a ella hacia el patio) Dio, ma che donna! Pero los candidatos no duraban, uno era viudo y se acordaba demasiado de su mujer, el otro hablaba de las pastas que hacía su madre y ella no se imaginaba cocinándole a nadie, otro tenía parientes con cáncer y que ni se pensara el fulano que si se enfermaba ella iba a cuidarlo, en fin, que ninguno cuadraba. Lograba, sin embargo, cosas increíbles de muchos en el pueblo, hombres de mediana edad o quizá más grandes que ella, solteros o viudos o incluso casados, como mi padre. Cierta vez, al llegar a casa, vi un auto con el intendente mismo sentado al volante; entré y la encontré (una sorpresa porque siempre iba en motoneta) tomando su vermut y comiendo aceitunas, mientras mi madre preparaba la cena. Está el intendente ahí afuera, digo. Sí, dice ella, me espera a mí, no tiene nada que hacer… Dice mi madre ¡pero hace una hora que está aquí sentada (ni mi madre ni mi padre la tuteaban), cómo lo hace esperar!…

Tenía ahijados por todas partes y cuando aceptaba ser madrina (generalmente era la que había puesto una inyección a la madre, o ayudado en el parto al médico para el que trabajaba) imponía el nombre, tampoco sé por qué razón las mujeres aceptaban ponerle al hijo el nombre que ella elegía, nombres de viejos novios o camaradas del Partido Socialista Italiano al que había pertenecido, así hizo que un niño se llamara Efrén y otro Carlo, así sin s, y otro Hilario y que a mi hermano le pusieran Gelsomino y le dijeran Mino como ahora mismo lo llama todo el mundo, sin que nadie chistara.

No cocinaba ni una papa, comía casi siempre en casa de otros. En la habitación que alquilaba, una pieza con empapelado amarillo y azul que olía a húmedo tenía nomás un bram metal, una pava, un par de platos y vasos. La acompañé varias veces a esa habitación que daba a la ruta, con una cama turca de dos plazas, un ropero, una cómoda, una mesa con hule gastado en las esquinas, un par de sillas, una banqueta con una palangana de enlozado blanco con el esmalte saltado y el agua siempre turbia y una heladera pequeña en la que guardaba queso de rallar, roquefort, panceta, anchoas y, por supuesto, vino. Las más de las veces conducía borracha, en aquellos tiempos en los que no se había inventado el control de alcoholemia, por eso no sé cómo ni por qué me dejaban ir con ella, en motoneta por la ruta, hasta donde vivía, a la salida del pueblo, cerca del cementerio y del prostíbulo.

Se vanagloriaba de no haberse casado y agradecía a Dios que no le hubiera dado hijos. El día que el doctor para el que trabajaba murió, así de pronto, en un accidente, tuvo una de sus borracheras más tremendas, mi madre le daba alternativamente Gancia con limón, como ella pedía, y café para que se recompusiera un poco…, mi madre pensaba unas veces que estaba enamorada del doctor, a cuya mujer veía como una niña caprichosa, Vino la señora Estela con sus polleras cortas, nos miramos con el doctor y dijimos…, bueneeeno, buenoooo, y carraspeaba, y otras veces que estaba enamorada de mi padre. Lo que más recuerdo es la sensación de soledad que la llevaba por esa pendiente de vinos baratos y rencor; cuando mi papá se enfermó, ella dejó de venir a casa, en parte tal vez porque no soportaba verlo así, en parte quizá porque mi madre ya no estaba tan dispuesta a tolerarla.

Alguna vez había sido joven y rebelde y se había embarcado sola hacia América. América es un decir, porque había llegado a nuestro Aldao chato y pequeño, ella que había vivido en Torino y en Milano, ella que en sus horas de dicha había consumido la vida como una vela encendida por los dos cabos. Desde aquellas ciudades devastadas por las bombas había venido a estos campos de maní, tanques australianos y molinos. No encajaba. Simplemente no encajaba, pero lo peor que podía pasarle era volver derrotada a su Piamonte. Carcomida por el vino, hecha piel y huesos, con esa sed infinita, su gente reclamándole por cartas que regresara, que pusiera fecha y le mandaban dinero para el pasaje, se fue quedando, sin embargo, en la indecisión propia de quien no sabe ya qué hacer con su vida o quizá no quiso volver a ningún sitio porque conocía demasiado las ventajas y perjuicios de allá y de acá. Tuvo la virtud de evitar el melodrama sin ocultar el dolor, lo que no es poco, pero igual lo que no era posible evitar era la soledad que la abatía cuando volvía a su pieza sola, casi siempre sucia, esa habitación que era como un depósito de muebles, la botella de vino o la damajuana siempre al alcance de la mano.

Una mujer compleja, con una vida errada; alguna vez dijeron que había sido una niñita triste, y en otro momento alguien la nombró como graciosa, inteligente y sin filtro y de hecho así la tengo yo en los recuerdos más antiguos, cuando aún no se había destruido. Es propicia la posibilidad de verla joven, como esa que aparece en una foto que tomé de la casa de mi madre, donde está con su malla de lana (mi buena malla de lana, decía), a los veinte, tomando sol en Finale Ligure, con unas amigas, apenas terminada la guerra. Tomando sol como quien se calcina bajo unos cables pelados y recibe fascinada la descarga, la cabeza en funcionamiento, el corazón puro latido, veloz, entrecortado. No le gustaban los niños y si alguno se le acercaba pedía que se lo sacaran de encima; tampoco le gustaban las conversaciones de mujeres, hablar de ropa o de peinados o de maridos, ni las cuestiones de la escuela. Tenía unos ojos azules profundos, ya inyectados, la mirada siempre un poco en otra parte y sonreía nomás con la boca, pocas veces. No le gustaban los animales, ni un gato ni un perro ni un conejo; nada que llevara a la ternura.

En aquel tiempo nosotros casi no salíamos del pueblo, era un lugar algo inhóspito y ventoso; donde miraras se veía cielo nomás y pasto. Los camiones retumban por la ruta y a veces se oía pasar el tren, y unos álamos plantados años atrás, en tiempos mejores, crecían en el campo del ferrocarril. Una vez mi hermana se enfermó y tuvieron que llevarla de urgencia a la ciudad. Mis padres no tenían a nadie, a casi nadie, de modo que dejaron a mi hermano en lo de una vecina y no encontraron mejor cosa que dejarme a mí con ella, que me llevó a su habitación y se quedó a mi lado, bebiendo un vaso tras otro de vino. La niña que yo era por entonces, tal vez de cuatro o cinco años, la veía beber sin principio ni final y se asustó. Más me asustó que me obligara a quedarme con los ojos cerrados, que me obligara a dormir. Sé que sentí miedo y que decidí que no iba a orinar, tanto que en algún momento ella se dio cuenta y quiso llevarme al baño que compartía con otros inquilinos y como yo no quise, insistió con una escupidera que estaba debajo de la cama, pero yo tampoco quise; retuve el orín hasta que llegaron mis padres y entonces sí, me mojé entera y mojé también su cama de dos plazas.

Así fueron las cosas hasta que, de repente, se enfermó mi padre y entonces ella se emborrachó más de la cuenta y, no sé si le dijo algo mi madre, pero comenzó a venir con menos frecuencia. Como no había aparecido por el velorio ni el entierro, la fuimos a ver las dos uno de esos días, los primeros después de su muerte. La puerta de calle estaba abierta y la de la habitación, aunque cerrada, sin llave. Las persianas también cerradas, todo húmedo con ese olor a perro mojado. Mi madre entró en la penumbra y yo tras ella. Yo todavía no menstruaba y usaba una pollera roja plisada cuyo ruedo me alargaban cada año, pero ya empezaban a hinchárseme las tetas. Nos acercamos a la cama, mi mamá arrimó una silla para ella y una banqueta destartalada para mí, la banqueta donde había estado la palangana. Apoyada en esa banqueta, yo podía ver, debajo de la cama, la escupidera, la damajuana de Luchessi y el vaso de vidrio azul, uno de esos que se llaman irrompibles y que también había en mi casa. Ella no podía hablar, la lengua bola, enredadas las palabras en la boca. Mi madre encendió la luz del techo y la del velador y fue hasta la mesa donde estaba el bram metal, lo encendió, a falta de cuchara metió la mano en una bolsa de La Virginia y preparó un jarro de café. Buscó una taza limpia, no la encontró y entonces me mandó al pasillo que daba a otras habitaciones y otros inquilinos, para que lavara una en la canilla que estaba en un patio interior, pero la canilla tenía una tira de tela atada y apenas si goteaba. Andá a lavarla al baño, me dijo, y allá fui yo, al baño del inquilinato, a lavar aquella taza. Ella la llenó de café, puso azúcar de una azucarera de aluminio igual a la que había en la casa de mi abuela y revolvió con un cuchillo. Cuando quiso dárselo, Gina estaba tapada hasta la cabeza. Mi madre quiso destaparla, levantarla un poco para hacerle tomar algunos tragos, pero ella gritaba ¡apague esa luz! ¡Apague la luz, le digo! Yo fui hasta la puerta para apretar una perilla que colgaba junto a un tomacorriente, mientras mi madre le insistía con el café Tome un poquito, Gina, un sorbito, le va a hacer bien…

Le va a hacer bien… entonces dio un manotazo a las sábanas y las colchas y yo vi las piernas flacas, la cama orinada, mientras ella decía algo que no podía entender y en eso la taza y el café cayeron sobre la cama, sobre ella y sobre mi madre y se salpicó de manchas oscuras mi pollera roja. Las dos terminaron abrazadas, llorando, orinada una y la otra con su perfume de violetas. Después mamá, que ahora lloraba con la cabeza sobre el borde de la cama, mientras Gina intentaba acariciarla, se levantó, se alisó el vestido lila y gris, vestido de medio luto, se acomodó el pelo y se puso los anteojos de sol para que nadie viera sus ojos hinchados. Entonces me dio la mano, Vamos, hijita… Cuando atravesábamos la puerta, Gina dijo Tenga cuidado con esa chica, Nora, le va a traer disgustos.

Y así fue.

De “No a mucha gente le gusta esta tranquilidad” (Literatura Random House), de María Teresa Andruetto
De “No a mucha gente le gusta esta tranquilidad” (Literatura Random House), de María Teresa Andruetto

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