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¿Los humanos evolucionaron para estar activos también durante la noche?

Un estudio comparó a los hadza con otros primates y planteó que la especie podría no encajar del todo en una definición diurna estricta

Ilustración de una aldea hadza de Tanzania por la noche con chozas de paja y un grupo de personas sentadas alrededor de una fogata bajo el cielo estrellado.
Un estudio en Tanzania con una comunidad hadza reabrió el debate sobre si el sueño humano es más flexible de lo que se pensaba y cuánto cambia con el entorno (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Un estudio con registros de movimiento en Tanzania volvió actual una discusión que excede a la antropología: si el sueño humano es más flexible de lo que se pensaba y cuánto cambia cuando se modifica el entorno.

El trabajo, centrado en una comunidad hadza que vive sin luz artificial, halló actividad regular durante la noche y reabrió una pregunta que hoy también atraviesa debates sobre ritmos biológicos y vida cotidiana: ¿los humanos son realmente diurnos?

La novedad no reside solo en la comparación con otros primates. También importa porque aparece en un momento en que distintas investigaciones examinan cómo la luz eléctrica, la vivienda y la organización del trabajo alteran los horarios de descanso.

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Grupo de Australopithecus en sabana al atardecer. Hominidos beben de un lago, forrajean con palos, y un adulto carga una cría. Árboles y montañas en el fondo.
La investigación publicada en Journal of Human Evolution discutió la idea de que los humanos siguen un patrón diurno simple de actividad diurna y reposo nocturno (Imagen Ilustrativa Infobae)

Con esto en mente, el nuevo paper discute esta idea arraigada: que los humanos encajan de forma simple en un patrón diurno, con actividad de día y reposo nocturno.

Ese planteo figura en un estudio publicado en la revista Journal of Human Evolution, que comparó datos de actividad humana con registros de lémures y gibones. El hallazgo central no propone que la especie haya dejado de ser diurna, sino que la actividad nocturna podría formar parte estable del repertorio humano en ciertos contextos.

Qué observó el estudio y por qué importa ahora

El trabajo tomó como referencia a los hadza, una población de Tanzania que mantiene un modo de vida de caza y recolección. Para medir la actividad, el equipo utilizó acelerómetros de muñeca, dispositivos que registran movimiento a lo largo del día y la noche.

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(Imagen Ilustrativa Infobae)
El estudio con acelerómetros de muñeca registró en los hadza un promedio de 52 minutos de actividad por hora durante el día y 24 minutos por hora durante la noche (Imagen Ilustrativa Infobae)

Según se detalla en el estudio, los participantes mostraron en promedio 52 minutos de actividad por hora durante el día y 24 minutos por hora durante la noche.

El dato ganó peso por el contraste con otras especies. Los gibones, usados como referencia de un patrón marcadamente diurno, registraron solo dos minutos de actividad nocturna por hora.

Los humanos analizados quedaron más cerca de algunos lémures cuya actividad se reparte entre horas diurnas y nocturnas. Ese tipo de organización recibe el nombre de catemeralidad, una pauta en la que la actividad no se concentra en un solo tramo del día, sino que aparece de forma regular en ambos.

(Imagen Ilustrativa Infobae)
Los gibones mostraron solo dos minutos de actividad nocturna por hora, mientras que los humanos analizados quedaron más cerca de lémures con actividad diurna y nocturna (Imagen Ilustrativa Infobae)

La discusión interesa más allá de la evolución humana porque toca una pregunta vigente: hasta qué punto los horarios de sueño responden solo al reloj biológico y hasta qué punto cambian con las condiciones materiales.

El estudio se apoya en una población sin acceso a luz artificial estable, de modo que ofrece una referencia útil para pensar qué parte del descanso humano depende de la biología y cuál se reorganiza por efecto del ambiente.

La hipótesis evolutiva y sus límites

Además de comparar registros de movimiento, el paper incorporó un modelo matemático de evolución de primates para evaluar si distintas especies convergían hacia un mismo patrón de sueño y vigilia.

“La actividad humana de sueño y vigilia podría haber evolucionado bajo presiones selectivas algo distintas de las que actuaron sobre otros primates”, señala el trabajo, según se detalla en el estudio.

Ilustración dividida mostrando a una persona estirándose al amanecer y otra trabajando en una laptop de noche, con relojes y objetos de sus rutinas.
El paper vinculó la discusión sobre ritmos biológicos y sueño humano con el efecto de la luz artificial, la vivienda y la organización del trabajo sobre el descanso (Imagen Ilustrativa Infobae)

La formulación remite a presiones selectivas, un concepto de biología evolutiva que alude a las condiciones que favorecen ciertos rasgos o conductas a lo largo del tiempo.

En este caso, la hipótesis apunta a que la conducta humana no habría dependido solo de ritmos internos, sino también de recursos sociales y técnicos que redujeron riesgos al caer la noche.

Entre esos recursos, el autor agrupa el refugio, el fuego del hogar, la iluminación y la vigilancia bajo el acrónimo SHELL. Se trata de herramientas y prácticas que, según el paper, habrían amortiguado parte de los costos ecológicos de permanecer activo o dormir en horarios inusuales. Dicho en términos simples, aluden a condiciones que vuelven menos riesgosa la vida nocturna.

En una habitación oscura, un hombre usa su teléfono en la cama, iluminado por la pantalla, mientras una mujer duerme en la cama contigua, separadas por una mesa de luz.
La hipótesis evolutiva del estudio planteó que la actividad humana de sueño y vigilia pudo haber evolucionado bajo presiones selectivas distintas de las de otros primates (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los acelerómetros registran movimiento, pero no permiten identificar con precisión si una persona camina, trabaja, se alimenta o simplemente se despierta por un lapso breve.

Esa limitación resulta central porque la definición estricta de catemeralidad exige algo más que actividad nocturna ocasional: requiere conductas sostenidas y relevantes en ambos momentos del día.

El vínculo con la electricidad y los cambios recientes en el sueño

Ese punto conecta el paper con una agenda más amplia sobre transformaciones recientes en los hábitos de descanso. Otra investigación provista entre las fuentes, publicada este mes en Proceedings of the Royal Society B, examinó cambios en patrones de sueño entre grupos orang asli de la Malasia peninsular tras la llegada de electricidad estable.

Retrato horizontal de una mujer morena acostada en la cama, cubierta con sábanas blancas, mirando hacia arriba en una habitación oscura.
El trabajo señaló que recursos como refugio, fuego, iluminación y vigilancia, agrupados bajo el acrónimo SHELL, pudieron reducir los riesgos de la vida nocturna (Imagen Ilustrativa Infobae)

De acuerdo con la descripción disponible en la fuente secundaria aportada, ese estudio observó que el sueño podía retrasarse hasta una hora en comunidades expuestas a cambios en el acceso a la energía, en la estructura de las viviendas y en las formas de trabajo.

El dato no prueba por sí mismo que los humanos sean catemerales, pero sí refuerza una idea de interés actual: los horarios de descanso pueden modificarse con rapidez cuando cambian las condiciones de vida.

La discusión ya no queda reducida a una comparación entre cazadores-recolectores, lémures y gibones.

Un lémur de cola anillada joven salta con su cola anillada hacia un lémur rufo adulto de pelaje marrón rojizo que descansa en un tronco, con follaje verde de fondo.
Otra investigación en Malasia sobre grupos orang asli indicó que la electricidad estable podía retrasar hasta una hora los horarios de sueño y reforzó la idea de que el descanso cambia con las condiciones de vida (Imagen Ilustrativa Infobae)

Pasa a tocar una pregunta contemporánea sobre cómo la electrificación y la organización laboral alteran el sueño humano, incluso en plazos breves y en comunidades que atraviesan cambios recientes.

El nuevo estudio aporta una pieza para entender por qué el descanso humano no responde a un esquema único ni completamente fijo.

Los datos no cierran el debate sobre si la especie debe considerarse diurna o catemeral (organismo que no es estrictamente nocturno ni diurno, sino que alterna su actividad las 24 horas), pero sí colocan en primer plano una cuestión de agenda científica y social: el sueño cambia con el ambiente, y ese margen de adaptación forma parte de la discusión actual sobre cómo viven y descansan los humanos.

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