
Un reciente estudio publicado en la revista Science y analizado por Smithsonian Magazine resolvió uno de los misterios más duraderos de la biología vegetal: el mecanismo que permite a la Venus atrapamoscas cerrar sus trampas en menos de un segundo.
El hallazgo, liderado por Yoël Forterre, físico del Centro Nacional Francés de Investigación Científica (CNRS), apunta a un proceso de ablandamiento repentino de las paredes celulares externas de las hojas, y no al movimiento del agua, como se creía.
Durante más de un siglo, los científicos debatieron qué impulsa el cierre ultrarrápido de esta planta carnívora. El propio Charles Darwin postuló que debían existir músculos en su interior.
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“Las plantas no tienen músculos ni nervios”, recordó Forterre en declaraciones a The Guardian, y añadió que resulta muy sorprendente que las paredes celulares puedan ajustar sus propiedades mecánicas con tanta rapidez.
La trampa funciona como un resorte
Según detalló el informe de Smithsonian Magazine, la investigación descartó la hipótesis más extendida hasta la fecha: que el agua penetrara en las células externas de las hojas, las hinchara y provocara el cierre.
Mediante una sonda de presión en forma de aguja, el equipo midió directamente el tiempo que tarda el líquido en infiltrarse en la epidermis externa. El resultado fue contundente: ese proceso demanda entre 30 y 150 segundos, un margen incompatible con el cierre casi instantáneo que exhibe la planta.
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El mecanismo real, según el estudio, opera de otra forma. Las hojas de la Venus atrapamoscas acumulan tensión interna antes de activarse, de manera análoga a un resorte comprimido. Al contacto con los pelos sensoriales de la trampa, las paredes celulares de la capa epidérmica externa pierden entre un 30% y un 40% de su rigidez en fracciones de segundo.
Esa pérdida de firmeza libera la energía almacenada en el tejido y provoca que la hoja se doble y se cierre. “Cuando se estimula la trampa, las paredes celulares de la capa epidérmica externa se ablandan rápidamente, lo que significa que la pared celular se vuelve más flexible. Esto libera las tensiones internas almacenadas en el tejido y provoca que la trampa se doble y se cierre”, explicó Forterre.
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Potencial para la robótica blanda
Más allá de la biología vegetal, el descubrimiento abre perspectivas en el campo de la ingeniería. Simon Poppinga, director del Jardín Botánico de la Universidad Técnica de Darmstadt en Alemania, calificó el trabajo de “impresionante” en declaraciones recogidas por la revista Nature.

Poppinga señaló que el principio identificado, la alteración controlada de la rigidez de un material, podría servir de base para el diseño de robots blandos capaces de ejecutar movimientos rápidos y precisos.
Voces críticas en la comunidad científica
El estudio también recibió cuestionamientos de algunos especialistas. Ante la ABC, el fisiólogo vegetal Sergey Shabala sostuvo que los autores podrían haber pasado por alto mecanismos de transporte de agua más rápidos, lo que habría llevado a descartar prematuramente ciertas explicaciones. Además, expresó dudas sobre la velocidad de relajación de las paredes celulares planteada en el trabajo.
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Por su parte, la bióloga vegetal Kim Johnson señaló que las conclusiones se basan en mediciones indirectas y consideró necesario realizar más investigaciones para confirmar los hallazgos.
Una planta originaria del sureste de Estados Unidos
La Venus atrapamoscas (Dionaea muscipula) es nativa de zonas específicas de Carolina del Norte y Carolina del Sur, en particular de la llanura costera y las dunas de arena. Realiza fotosíntesis como cualquier otra planta, pero complementa su nutrición con la digestión de insectos y arañas, lo que le permite prosperar en suelos con escasos nutrientes.

“Una de las plantas más emblemáticas del mundo aún puede sorprendernos”, afirmó Forterre a Reuters. “Tras más de un siglo de investigación, seguimos descubriendo aspectos fundamentales sobre el funcionamiento de la Venus atrapamoscas”, agregó.
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