
Los vuelos espaciales podrían alterar de forma sutil cómo los astronautas tragan, comen y beben. Se trata de un cambio que adquiere peso a medida que las misiones se alargan hacia la Luna y Marte, donde mantener la nutrición y la hidratación sin acceso cercano a hospitales ni evacuaciones de emergencia será una necesidad operativa.
Una misión de ida y vuelta a Marte, con el viaje y la permanencia en la superficie, podría extenderse entre dos y tres años. Durante ese período, cualquier dificultad para alimentarse o beber con normalidad dejaría de ser una molestia menor y pasaría a afectar la salud diaria de la tripulación.
PUBLICIDAD
Según The Conversation, la microgravedad modifica el cuerpo humano de varias maneras: los músculos se reducen, los huesos pierden densidad y los fluidos corporales se desplazan hacia la cabeza. Ese corrimiento explica por qué muchos astronautas vuelven con el rostro hinchado, la nariz tapada y una sensación parecida a un resfriado persistente.

La congestión importa también fuera de la nariz. Cuando el olfato se atenúa y cambia la presión alrededor de la boca y la garganta, el acto de tragar puede volverse más complejo incluso si sigue siendo posible en órbita.
Tragar exige la coordinación de más de 30 músculos
La deglución parece automática, pero requiere que más de 30 músculos y varios nervios actúen con precisión. En cada deglución, los alimentos y los líquidos deben pasar de la boca al estómago al mismo tiempo que la vía respiratoria se cierra en una fracción de segundo para impedir el ingreso de material a los pulmones.
PUBLICIDAD
En la Tierra, ese proceso recibe una ayuda silenciosa de la gravedad. Aunque una persona puede tragar acostada y los astronautas pueden hacerlo en el espacio, la gravedad favorece que la saliva se acumule en la boca y empuja alimentos y líquidos hacia el esófago después de cada deglución.
En condiciones de microgravedad, esa asistencia desaparece y los fluidos se redistribuyen hacia la cabeza. El resultado puede incluir hinchazón, congestión nasal y cambios de presión en zonas decisivas para comer y beber con comodidad.
La publicación señala que los investigadores ya documentaron efectos de la ingravidez en distintas partes del sistema digestivo, desde la boca hasta los intestinos. Lo que recién empieza a estudiarse es qué significan esos cambios para la masticación, la deglución y la nutrición.
PUBLICIDAD
La congestión y la saliva
Muchos astronautas describen la comida espacial como menos apetecible que en la Tierra. La congestión nasal reduce el olfato, que influye de manera decisiva en el sabor, y algunos alimentos pierden texturas familiares como el crujido.
Ese cambio sensorial tiene una consecuencia concreta: las tripulaciones suelen comer menos de lo esperado y pueden perder peso durante las misiones. Comer menos complica el mantenimiento de la fuerza muscular, la función inmunológica y el rendimiento mental.
Las investigaciones también sugieren que la microgravedad y otros factores del vuelo espacial pueden alterar la producción de saliva y la salud bucal. Entre las causas probables aparecen los cambios en la distribución de fluidos, la deshidratación y las alteraciones en la respuesta al estrés, que pueden afectar a las glándulas salivales.
PUBLICIDAD
La saliva no solo humedece la boca. Ablanda los alimentos, ayuda a formar una masa compacta para tragar y protege dientes y tejidos orales, de modo que una reducción en su producción puede volver incómoda la alimentación y elevar el riesgo de problemas dentales.

Esa relación se entiende con una experiencia cotidiana: cuando hay sequedad bucal, alimentos como las galletas pueden sentirse como arena y tragar se vuelve difícil. En una misión prolongada, esa molestia podría repetirse durante meses y afectar la hidratación y la ingesta de comida.
La comida espacial
La alimentación en órbita evolucionó desde los primeros purés extraídos de tubos hasta menús mucho más variados. Hoy, las tripulaciones consumen tortillas, cócteles de camarones picantes, macarrones con queso rehidratables y, en ocasiones, brownies, galletas y fruta fresca enviada en naves de carga.
PUBLICIDAD
Los científicos trabajan además en alimentos impresos en 3D para ajustarlos a necesidades nutricionales específicas y ampliar la variedad durante viajes largos. Esa tecnología podría permitir adaptar la textura si un astronauta presenta dificultades para masticar o tragar.
Esa línea de trabajo retoma un recurso ya utilizado en hospitales y centros de rehabilitación: las dietas con textura modificada para personas con trastornos de deglución. Aplicada al espacio, esa estrategia podría hacer más segura y cómoda la alimentación en entornos donde incluso una función cotidiana depende de un equilibrio fisiológico alterado por la microgravedad a 400 kilómetros de la Tierra.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Una colonia inmensa: descubrieron más de 1.000 nidos de peces en el océano Antártico
Un robot submarino filmó el fondo del Mar de Weddell durante 27 horas y reveló los asentamientos del bacalao de roca de aleta amarilla

Cómo la NASA prepara a sus astronautas para trabajar en la Luna
Los ensayos realizados en laboratorios especializados, la simulación de microgravedad y la orientación en terrenos extremos son parte de la estrategia que impulsa la misión Artemis

Descubren siete ranas diamante que vivían ocultas en los bosques de Madagascar
El hallazgo, difundido en la revista Vertebrate Zoology tras más de 12 años de expediciones y estudios genéticos, eleva a 27 el número de integrantes conocidos del género Rhombophryne en la isla

Hallan vestigios de una antigua civilización en la Amazonía: qué revela un estudio de figuras geométricas
Un equipo internacional de arqueólogos detectó cientos de formas perfectamente delineadas en el suelo amazónico, creadas hace más de dos mil años. Estas construcciones, visibles gracias a tecnología avanzada, aportan nueva evidencia sobre la organización y complejidad de las sociedades

Científicos analizaron muestras de la superficie de la Luna y hallaron un dato inesperado sobre la Tierra
Un estudio permitió reconstruir la composición de la atmósfera terrestre hace 3.500 millones de años a partir de polvo recogido en misiones Apolo




