
Diversos investigadores sostiene que los sueños funcionan como un sistema de entrenamiento mental, donde el cerebro ensaya respuestas ante situaciones peligrosas. Esta hipótesis, impulsada por el psicólogo y filósofo finlandés Antti Revonsuo, ha ganado relevancia entre las explicaciones sobre el sentido evolutivo de los sueños.
Según su planteo, durante el sueño la mente genera escenarios donde se presentan amenazas realistas, lo que permite practicar reacciones instintivas —como la huida o el enfrentamiento— en un entorno seguro y sin consecuencias físicas.
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Distintos estudios han evidenciado que emociones negativas como miedo, tristeza o asco predominan en los sueños reportados en diversas culturas. Este patrón refuerza la idea de que no se trata de una simple fantasía, sino ensayos útiles para enfrentar desafíos reales.
Según la teoría, el cerebro activa durante el sueño regiones asociadas a la supervivencia, como el sistema límbico, encargado del procesamiento emocional y del miedo. Esta activación ocurre principalmente en la fase REM, caracterizada por una intensa actividad cerebral y la aparición de sueños vívidos, como describen investigaciones del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas Humanas (Alemania) y del Center for Sleep and Consciousness de la Universidad de Wisconsin-Madison.
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El predominio de emociones negativas y la repetición de situaciones amenazantes en los relatos oníricos sugieren una función adaptativa. Revonsuo y su equipo sostienen que la selección natural habría favorecido la capacidad de anticipar y ensayar respuestas ante situaciones críticas, priorizando la detección de peligros sobre otras oportunidades.
Así, los errores potencialmente letales en la vigilia se transforman en oportunidades de aprendizaje durante el sueño, lo que aumenta la preparación y la capacidad instintiva para responder ante amenazas imprevistas.
Sueños como simulación de amenazas: evidencia científica
Dos estudios recientes ofrecen evidencia sobre el papel del sueño REM en la regulación emocional y la preparación ante situaciones amenazantes.
El primero, realizado en humanos, demuestra que la actividad theta registrada durante el sueño REM contribuye a conservar la respuesta afectiva frente al estrés social. Los participantes sometidos a situaciones estresantes mostraron una mayor adaptación emocional cuando la calidad del sueño REM no se vio alterada, lo que sugiere que este tipo de sueño favorece la consolidación de memorias emocionales y permite gestionar de forma más efectiva las experiencias negativas durante la vigilia.
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El segundo estudio corresponde a una revisión sistemática que examina los efectos de la interrupción del sueño REM en humanos y animales. Los resultados señalan que la privación de esta fase afecta la capacidad de procesamiento emocional, la memoria del miedo y la reacción ante estímulos amenazantes. Tanto en experimentos con personas como con distintos modelos animales, dicha alteración se asoció con una menor adaptación ante situaciones nuevas o peligrosas.

Esto refuerza la hipótesis de que el sueño REM cumple una función clave en la preparación conductual y emocional frente a desafíos ambientales. Ambos trabajos coinciden en que la calidad y continuidad del sueño REM resultan determinantes para la modulación de emociones y la respuesta rápida ante amenazas, aportando nuevos datos sobre los mecanismos neurobiológicos subyacentes.
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Los sueños, la evolución y los interrogantes abiertos
La psicología evolutiva y la neurobiología debaten la función adaptativa de los sueños y su origen. Soñar, especialmente durante la fase REM, implica un alto consumo energético cerebral. Este proceso ocurre en la mayoría de los mamíferos y también en invertebrados como ciertas arañas y pulpos, lo que sugiere un posible valor biológico ancestral: si careciera de utilidad, la selección natural probablemente la habría eliminado.
Comprobar de manera directa cómo esta actividad influye en la supervivencia o la reproducción sigue siendo un desafío para la ciencia. Aunque la fase REM y estos procesos se observan en especies muy diversas, su función evolutiva aún no está del todo clara.
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En este contexto, el debate continúa abierto: teorías como la que plantea que actúan como una simulación de amenazas resultan atractivas, pero todavía no cuentan con evidencia experimental sólida que confirme su validez con certeza.

Su riqueza y diversidad continúan motivando investigaciones en neurociencias, psicología y biología evolutiva. El enigma de su función alimenta la curiosidad de generaciones de investigadores y mantiene vivo el interés por uno de los fenómenos más complejos de la mente humana, generando nuevas líneas de investigación interdisciplinaria y revisiones críticas sobre los modelos existentes.
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