
El Instituto para la Investigación de Cáncer (ICR), de Londres, suele ver el vaso medio lleno: se presenta como la institución científica que más drogas ha descubierto para tratar esta enfermedad, por ejemplo. Pero la pandemia de COVID-19 ha afectado, al menos temporalmente, su perspectiva optimista.
Según en un artículo publicado en su web, el ICR estimó que entre el confinamiento inicial por el coronavirus y las dificultades subsiguientes a lo largo de 2020 (por ejemplo, las restricciones a la cantidad de gente que puede estar en un laboratorio o los cierres de las instalaciones), la investigación para combatir el cáncer ha sufrido un revés tal que equivale a un retraso de casi un año y medio en los grandes progresos.
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Esos avances de importancia son, precisamente, los que pueden transformar el pronóstico del casi 40% de adultos de los países desarrollados que en algún momento de su vida recibe este diagnóstico, aunque el cáncer también afecta a niños y a los habitantes de las naciones en desarrollo. En 2018 se diagnosticaron en el mundo 17 millones de casos nuevos y se registraron 9,5 millones de muertes, según la Agencia Internacional para la Investigación sobre Cáncer (IARC); en 2040, dado el crecimiento de la población, se proyectan 27,5 millones de casos nuevos y 16,3 millones de muertes.

El instituto británico llegó consultó a 239 de sus científicos sobre cómo los había afectado la pandemia en lo referido a su labor, dado que de pronto el mundo entero debió trasladar todos sus esfuerzos de investigación a la lucha contra el SARS-CoV-2. Los encuestados revelaron que perdieron en promedio 10 semanas durante el primer confinamiento, lo cual se tradujo en un retraso estimado de unos seis meses en trabajo general, que involucra no sólo su concentración en un tema sino búsqueda de financiación, colaboración entre colegas e interacciones con distintas personas.
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Pero a la hora de ponderar qué pasó con la posibilidad de dar con grandes avances en la investigación del cáncer, emitieron un veredicto mucho peor: en promedio, hubo un retraso de 17 meses.
Emma Hall, subdirectora de la Unidad de Ensayos Clínicos y Estadísticas del ICR, analizó: “Nuestro trabajo se apoya en el comienzo de nuevos ensayos clínicos y en la continuación de los ya existentes, y el COVID-19 lo volvió increíblemente difícil. La pandemia implicó que nos demoraremos más en responder a las preguntas que formulan nuestros ensayos, y eso demorará que los nuevos tratamientos lleguen a los pacientes”.
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En el inicio del confinamiento, recordó, la investigación clínica que no fuera sobre el coronavirus prácticamente se eliminó. “Muchos de nuestros ensayos se pusieron efectivamente en pausa porque los hospitales donde se realizan debieron redistribuir sus recursos a la investigación y el tratamiento del COVID-19″.
La encuesta del ICR estableció que la pandemia había tenido un impacto en la producción académica de todos sus científicos, aunque de distintas formas: para el 36%, había sido “moderado”; para otro 36%, “sustancial”, y para el 5%, “extremo”. El 91% dijo que “el mayor problema había sido el cierre de los laboratorios durante el confinamiento y las subsiguientes restricciones de acceso a las instalaciones y el equipo”. Antes del cierre, el científico promedio del instituto pasaba el 53% de su tiempo de trabajo en un laboratorio; desde las reaperturas con restricciones, regresaron primero con un 5% y luego hasta un 34%, pero resta por ver qué sucede ahora que el invierno boreal ha vuelto a complicar la situación de contagios.
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Entre los problemas derivados de la pandemia también mencionaron “la incapacidad de inscribir a los pacientes en los ensayos (60%) y de acceder a muestras clínicas (46%)”. Por supuesto, la falta de comunicación e intercambios en persona con los colegas fue otra cuestión destacada, por el 41%, con el agregado de que la videollamada resultó “un pobre sustituto” de reuniones, presentaciones y eventos.

Sobre eso comentó Sebastian Guettler, subdirector de Biología Estructural del ICR: “El coronavirus ha reducido o detenido las interacciones espontáneas con los colegas de las cuales la ciencia depende mucho para generar ideas nuevas. Las videoconferencias nos han ayudado a mantenernos conectados como laboratorio y como comunidad, pero no es un reemplazo verdadero para esos momentos de inspiración que pueden surgir al hablar con alguien en una conferencia o mientras se toma un café en la cantina”.
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Si bien muchos científicos hicieron lo posible por aprovechar el tiempo en otras cosas —48% para capacitación, 62% para investigar en su estudio y 33% para hacerlo en internet—, e incluso 5% cooperaron con los esfuerzos por comprender el COVID-19, en general manifestaron un alto costo emocional por la disrupción. A 69% de los encuestados el efecto de la pandemia en su trabajo los dejó “frustrados”; pero otros agregaron también otros términos: “apenados” (39%) y “deprimidos” (25%).

En general manifestaron esperanza de poder ganar algo del tiempo perdido, pero para eso hacen falta recursos, señaló Paul Workman, director del ICR: “Con todo, nuestra encuesta brinda soluciones para mitigar el impacto, entre ellas invertir en personal, nuevas tecnologías y poder computacional”. A la ayuda del gobierno británico el instituto espera sumar donaciones a partir de una campaña que comenzará “para llenar el hueco de financiación de las ciencias que deja la pandemia”.
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Otros perjuicios de la crisis del coronarivus serán más difíciles de compensar. El ex director de cáncer en el Servicio Nacional de Salud (NHS), Sir Mike Richards, advirtió a BBC que por primera vez en décadas la tasa de supervivencia podría decaer en el Reino Unido. Este abril, en comparación con el anterior, un 60% menos de pacientes hizo su control de potenciales cánceres en la gran red médica estatal del país.
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