
Es injusto atribuirle a un gobierno un amor que no es tal. Algunos críticos de la actual administración argentina creen que la Casa Rosada está deslumbrada con la cuarentena que comenzó el 20 de marzo, que suma casi 80 días y que tiene a gran parte de la sociedad cansada de estar encerrada y sin poder trabajar. Lo más probable es que no sea amor, sino necesidad. O, más entendible aún, imposibilidad de salir de ella de forma eficiente y rápida.
Otros supuestos “amores” fueron también tóxicos para el país sudamericano: la Ley de Convertibilidad, fue uno de ellos. El “romance” duró varios años y terminó de la peor manera por no saber desprenderse a tiempo de ella.
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El decreto de Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio dictado por el presidente Alberto Fernández fue celebrado por todos los sectores políticos y por la sociedad casi en su conjunto. Sólo algún grupo marginal manifestó su descontento. Se ejecutó cuatro días después de que las gobernaciones -casi en su mayoría- comenzaran a decidir por sí la suspensión de ciclos escolares espantadas por las noticias que llegaban de Europa. Italia y España, tan sentidos en la genética nacional, eran un espejo aterrador cuyos gobiernos se vieron obligados a encerrar a su población por impericia ante el tsunami que dejaron crecer.
Avisados, en esta parte del continente americano, las naciones se plegaron. Copiaron no sólo la decisión del confinamiento, sino hasta los conmovedores y merecidos aplausos a médicos y enfermeros que se repetían cada noche. El comportamiento fue ejemplar. Sin embargo, contrariamente a lo que podría creerse, no está confirmado que las cuarentenas sean la solución de largo alcance a un brote epidemiológico. Mucho menos si no hay un plan o estrategia clara de salida. Únicamente podrá frenarse con una vacuna, algo lejano en el tiempo... siendo optimistas. O, por qué no, con la desaparición espontánea o el debilitamiento del coronavirus que provoca la enfermedad COVID-19.
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Los países que tuvieron éxito al enfrentar al Sars-CoV-2 no recurrieron necesariamente a una cuarentena inflexible con calles desiertas. Corea del Sur, Nueva Zelanda, Alemania, Australia propusieron planes alternativos a sus poblaciones. La injusta falacia de atribuirle a esas sociedades una superioridad sobre las latinoamericanas choca con el comportamiento demostrado por los argentinos durante el primer mes de aislamiento. El cumplimiento de la normativa estatal fue casi absoluto, salvando contadas excepciones.

“Hay diferentes medidas de restricción de movimientos vinculadas a las epidemias, como el cierre de fronteras y cordones sanitarios sobre zonas afectadas, el aislamiento de contagiados y las cuarentenas y confinamiento de personas que puede ser parcial o absoluta, el fin de ello es evitar la transmisión de la enfermedad. No habría antecedente de confinamiento absoluto de sociedades y a nivel global como el que ha ocurrido ahora”, explica a Infobae Diego Fleitas, master en Políticas Públicas de la Universidad de Oxford.
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Para Fleitas, sociólogo y abogado por la Universidad de Buenos Aires, “incluso los sanitaristas más duros reconocen que sin una vacuna, las epidemias una vez desatadas tienden a seguir su curso natural, y de poco sirven las medidas de restricción”.

Aquellos gobiernos que ejecutaron un plan epidemiológico de largo aliento se enfocaron en los testeos masivos en zonas y poblaciones de riesgo, lo que permitiría a las autoridades una rápida identificación y aislamiento de los enfermos. Otras de las medidas tendientes a aminorar la marcha del virus fue el uso temprano de mascarillas, el distanciamiento social, la suspensión de vuelos internos y externos y la prohibición de eventos multitudinarios. Pero las plazas públicas permanecieron abiertas: al fin y al cabo, el virus se siente más cómodo en espacios cerrados. Nada extraordinario que no pueda ejecutarse con facilidad.
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No menor, algo clave en el abordaje del brote infeccioso en estos países fue la inmediata respuesta sanitaria de sus gobernantes. Jamás lo subestimaron por sobre otra enfermedad, como en cambio ocurrió en otras naciones. La compra de las pruebas de hisopado y de anticuerpos e inmunidad a gran escala fueron hechas a tiempo. También el equipamiento de material para los profesionales de la salud. Porque no sólo de aplausos viven.

En América Latina, las administraciones parecen haber recurrido a la cuarentena como medida única, salvo contadas excepciones como Uruguay. Brasil constituye otro tipo de ejemplo: pareciera haberse esforzado en hacer todo al revés y no seguir ninguna línea de gestión más que la verdeamarelha. Pero más allá del “desliz Bolsonaro”, los confinamientos tuvieron mayor o menor ajuste de acuerdo con las penurias sanitarias de cada gobierno. Y no parece haber una relación clara entre las medidas de aislamiento y la evolución de la pandemia.
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Noruega, uno de los países que se pusieron como falso ejemplo como supuesta rigidez en sus medidas señaló ayer que si hubiera un rebrote del coronavirus no recurrirá a otro confinamiento como el que ordenó a su población, aunque no fuera tan riguroso como el argentino. “El gobierno noruego, evaluando ex post la dinámica de la enfermedad, reconoció que la cuarentena no había tenido sentido, y cada vez hay más voces de científicos señalándolo, y destacando el curso natural de la epidemia”, dice Fleitas.
“En los casos de Italia, Francia y España parecería que fueron detrás de los hechos y que dispusieron medidas fuertes de confinamiento una vez que estaba desatada la epidemia, quizás los gobiernos en parte lo hicieron para mostrar que hacían algo, más que por su eficacia real. Es llamativo en el caso además de España, donde todavía un 95% de su población no se habría contagiado que estén levantando la cuarentena, lo cual posiblemente sea un indicador de que no creen demasiado en su eficacia”, agrega el experto en Políticas Públicas de Oxford.
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Fleitas explica que una cuarentena estricta podría servir en un amanecer del brote para preparar los resortes sanitarios de un país. En la Argentina llevan casi 80 días de preparación y los números de contagios y muertes continúan en ascenso. “Las sociedades no salen indemnes de epidemias como el coronavirus, por un lado tenés el costo en salud y humanitario que provoca directamente la enfermedad, y por el otro tenés el daño que causan las medidas que toman los gobiernos, por ejemplo efectos sanitarios negativos, la destrucción de puestos de trabajo y al empobrecimiento de la población”.

“Esto no significa que no se deban establecer medidas de restricción alguna, ya que existe un problema real. Sino que las medidas deben ser razonables, estar realmente fundamentadas en la evidencia (no sólo en modelos teóricos), y enfocadas en grupos vulnerables. Además, y sobre todo se deben evitar remedios sociales que sean peor que la enfermedad o que claramente no tengan sentido. Sino se puede terminar en el peor de los mundos posibles, con una epidemia que no se pudo detener y el tejido social destruido”, concluyó el especialista en gestión de estadísticas.
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Twitter: @TotiPI
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