
Habrá elecciones en Bolivia. Lo aprobó el congreso que cuenta con mayoría abrumadora del Movimiento al Socialismo (MAS), el partido de Evo Morales. La fecha para que la transición tome los carriles de la normalidad aún no está: faltan algunos (muchos) detalles que podrán poner una luz al final del largo túnel de violencia, represión y muerte que vive el país desde el 20 de octubre cuando se consumó el histórico fraude. Aquel día el hombre que hoy está en México bajo asilo tras su renuncia se proclamó vencedor a pesar de las irregularidades denunciadas.
Desde el país presidido por Andrés Manuel López Obrador conduce a la numerosa fracción de la agrupación que todavía le es leal. ¿Hasta cuándo? El gobierno mexicano podría transformarse en cómplice de los delitos que pudieran caberle a su huésped si continúan las órdenes de desestabilización en lugar de las de pacificación. Evo usa su condición de exiliado y sus canales de comunicación para victimizarse y agitar las calles después de haber sido un profanador serial de la Constitución Política del Estado y las leyes de Bolivia.
Para desazón de sus defensores, el líder aymara es contradictorio cuando deja fluir su subconsciente en las múltiples entrevistas que ofrece. Habla de las “horas finales” de su gobierno antes de la “sugerencia” de su Alto Mando militar para después denunciar un “golpe político y policial”. Nunca acusaba al Ejército por su dimisión. Sólo sus aliados continentales anteponen la cuestión castrense por sobre las populares. ¿Subestiman al hombre que gobernó el país durante casi 14 años y pretenden orientar su discurso? Ambas, tareas para freudianos.
Mientras tanto AMLO, su anfitrión, suma dolores de cabeza. A su desorientada estrategia de “abrazos no balazos” que pareciera hundir a México aún más en la violencia narco, suma a un invitado político que le aumentará las jaquecas. No se animará a contradecir su propio discurso, ese que ya está golpeando lo que parecía una hermética imagen positiva de su gestión. El pueblo mexicano es la principal víctima de una política laxa hacia los carteles. ¿Dónde está el estado? Ya no es cuestión de propiedad privada, como resulta en las “protestas” de Chile: se trata de la vida.
En Chile, en tanto, se inició el proceso para la reforma constitucional. Aquella carta magna dictada bajo el yugo dictatorial de Augusto Pinochet quizás debió haber visto su reestructuración hace mucho tiempo y bajo la presión de las vías democráticas: el parlamento. El camino se inició pero el caos orquestado no cesa. Intrigante: los falsos interlocutores prefieren seguir saqueando y destruyendo lo que se les atraviesa a pesar de las concesiones de un presidente -Sebastián Piñera- desconcertado.
Equiparar las revueltas en Santiago -y a lo largo de todo el territorio- con lo ocurrido en Ecuador o Colombia o lo ya crónico de Venezuela o de Bolivia podría resultar parcial. Sobre todo en estos últimos dos casos donde la base de las protestas se da en la falta de legitimidad de dos gobiernos. La dictadura de Nicolás Maduro masacró a parte de su pueblo luego de que éste se levantara por los atropellos a las instituciones y los golpes contra la Asamblea Nacional. Siete mil venezolanos fueron asesinados y otros miles fueron torturados bajo el régimen de Caracas. El desconocimiento de Morales hacia su constitución fue sistemático. Nadie en el continente se ocupó de Bolivia hasta que fue demasiado tarde.
Tarde, el brasileño Lula da Silva reconoció que su “amigo” no debió presentarse a una cuarta contienda electoral. “Fue su error”, sentenció. Fue el único estandarte de la izquierda latinoamericana que admitió que el líder boliviano forzó la voluntad del pueblo. Sin embargo, ya era tarde: los amigos aconsejan cuando se anotician de los “errores”. Desde 2016 que Evo viene tejiendo ese laberinto.
En tanto, el general Diosdado Cabello -presidente de la Asamblea Nacional Constitucional de Venezuela- continúa con su eslogan desestabilizador de “brisitas”. Lo anuncia provocador a los cuatro vientos. Se entusiasma con que un manto de sangre inunde a la vapuleada Bolivia. Se celebra a sí mismo y ningún dirigente que represente su espacio -en América Latina- marca la imprudencia de tales palabras. ¿Miedo? ¿Complicidad? Parecería que quienes reciben órdenes de Cuba temen contradecirlo. Algunos sobreactúan Socialismo del Siglo XXI: quizás esperan agazapados que esa “brisita” pueda llegarles.
La respuesta popular que sí podría provocar esa “brisita” es un huracán que se gesta igualmente peligroso y extemporáneo: dirigentes que esgrimen biblias como espadas y gritan versículos sagrados en templos de la democracia. El sentido común parece haberse extraviado en parte de la región.
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