
SAN PABLO.- Visto por Brasil y la Argentina como la fuente que debe alimentar la "lluvia de inversiones", el acuerdo del Mercosur con la Unión Europea está en la cuerda floja. Lo demuestra la más reciente advertencia de la UE. Si el gobierno de Jair Bolsonaro "no respeta los acuerdos ambientales, podrá complicar el proceso de ratificación del tratado", sostuvo este martes la ministra de Medio Ambiente de Alemania, Svenja Schulze. Los europeos comienzan a visualizar una salida nada favorable a los sudamericanos: pretenden incluir en el pacto un sistema de certificación de la carne bovina y de la soja, que establezca si viene o no de áreas amazónicas. "Solo serán autorizados las importaciones de estos productos si se prueba que no causó daños en la selva del Amazonas", revelaron en Bruselas.
Una condición semejante no será fácilmente aceptada por la diplomacia del Mercosur. De hecho, puede convertirse en una de las barreras a la carne brasileña y hasta tal vez argentina o uruguaya, cuando es negociada por aquellos frigoríficos de bandera verde-amarilla.
Esta alternativa parece imponerse como un paso indispensable si se quiere que los países más remisos a aceptar el libre comercio entre los dos bloques –por temor a la "invasión" de carnes del Cono Sur—concedan finalmente una señal verde para que el Parlamento Europeo proceda a institucionalizar el acuerdo. Varios miembros de la UE manifestaron su rechazo a firmar ese pacto "en las condiciones actuales". Figuran entre ellos Francia, Irlanda, Luxemburgo, Finlandia y Eslovenia.

Los incendios de la floresta amazónica no hicieron más que atizar los recelos europeos ante un eventual futuro sin su propia carne vacuna. Así, en Bruselas afirmaron que no hay como disimular las evidencias: "Están delante de nuestros ojos, con ese fuego desenfrenado. Esto preocupa mucho". El argumento para la alarma es que esta selva tropical, la mayor de la Tierra, pueda extinguirse por obra y gracia del deseo del actual gobierno brasileño de "extender su frontera agrícola".
La explotación económica de esa gigantesca floresta (de 5 millones de kilómetros cuadrados) explica la devastación que sufre en su periferia. Organizaciones internacionales delictivas (como las madereras de Tailandia) arrasan con árboles y líquenes en vastas extensiones amazónicas. De esa acción quedan apenas los muñones de lo que fue una densa arboleda. Después de dos o tres meses vienen los hacendados de la región y completan el exterminio: queman el área sin importar que el fuego se propague. Este proceso explica que de 47 millones de cabezas de ganado que había en el 2000, los cómputos hacen trepar esa cifra a los 85 millones de animales de la actualidad, que pastan en campos abiertos en medio de la selva. Esto representa el 40% del total de cabezas en Brasil (215 millones).
Con razones valederas, el presidente Jair Bolsonaro se ha esmerado en repetir: "El Amazonas es nuestro". Y para enfatizar esa pertenencia, acaba de lanzar el "día del Amazonas", una campaña publicitaria nacional e internacional donde se reafirma la soberanía de Brasil en el territorio selvático. Esa propaganda pretende mostrar que el jefe de Estado es el primer interesado en "conservar el bioma que contiene la mayor diversidad del planeta". Bolsonaro avanzó hacia una posición más radical cuando, este miércoles, sostuvo que "Brasil es pacífico, pero no continuará siendo pasivo si llegara a sufrir un ataque a nuestra soberanía".

Los europeos le reconocen a los brasileños que el país cuenta "con buenas leyes para impedir la tala de la selva. El asunto es que no las respeta". En Bruselas, sede de la Comisión Europea, advirtieron al actual gobierno brasileño que "se espera que cumpla con sus compromisos de preservar el Amazonas, y cumplir con el Acuerdo de París". Lo dijo Cecilia Malmstron, la comisaria de comercio. Por ahora, salvo esta campaña emprendida por Brasilia, no hay indicios serios sobre la política futura de Brasil respecto de esa floresta. Por empezar, el gobierno brasileño decidió este miércoles reducir en 30% el presupuesto del Ministerio de Medio Ambiente en 2020. Y eso después que el ministro Ricardo Salles se quejara, amargamente, de la falta de dinero para evitar los incendios forestales.
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