Cuba: el Soviet caribeño detrás del mito del liderazgo carismático y nacionalista

Por César Reynel Aguilera

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[Miguel Díaz Canel es el nuevo presidente del régimen cubano. El libro "El Soviet caribeño" expone una tesis sobre el carácter de la Revolución muy diferente de la versión oficial y traza una genealogía de la élite cubana que se remonta al Partido Comunista pre castrista. Extracto]

El cubano es un pueblo condenado a observar cómo otros cuentan su historia reciente. Poco importa si el tema es la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, la Crisis de Octubre, la muerte del "Che" Guevara o la guerra en Angola; en cada uno de ellos nos espera una lista de expertos extranjeros y de instituciones que yacen en las antípodas de nuestra cultura. […]

Por razones familiares crecí en una casa que, si bien nunca llegó a ser tan importante como la de Cicerón, sí fue un sitio de visita y tertulia por el que pasaron muchas de las ideas, y algunas de las personas, que conformaron la historia reciente de Cuba.

Soy hijo de dos militantes del viejo Partido Comunista de Cuba (PCC). Mi padre, César Antonio Gómez Pérez de Medina, fue desde inicios de 1957 hasta enero de 1959, el secretario general de la Juventud Comunista en la Universidad de La Habana; una institución que por su importancia estratégica era considerada por el PCC como la séptima provincia de Cuba. Mi madre, Thais Orquídea Aguilera Baqués, fue una de las pocas personas capaces de mostrar una doble militancia al triunfo de la revolución: en las células de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio (M26-7) y en la Juventud Comunista.

El comentario sobre la valentía física de mi madre fue lo primero que me acostumbré a escuchar cada vez que alguien, amigo o enemigo, me reconocía como hijo de ella. A pesar de esos elogios, ella siempre tuvo a bien reconocer que llegó viva al 1 de enero de 1959 gracias a la astucia conspirativa de mi padre. Creo que fue esa combinación de belleza y coraje físico, por el lado materno, y astucia e ideología, por el paterno, la que hizo de mi casa un sitio tan atractivo para el paso de los más disímiles personajes de la historia reciente de Cuba.

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Llegaban, pedían café y se lanzaban a despachar sobre los temas más candentes de una política que creían conocer al dedillo. Los niños podíamos asistir, siempre que nos mantuviéramos callados. Y así crecimos, entre ideas y análisis que no solo estaban mucho más allá de los que expresaban las páginas del periódico Granma, sino que permitían entender una buena parte de lo que ese libelo insinuaba entrelíneas. Fue escuchando aquellas tertulias, o recordándolas después —gracias a mi hermana mayor y a mis tíos—, que pude descubrir algo que todavía hoy, cuando leo a la mayoría de los cubanólogos, me hace preguntarme si están hablando del país donde nací.

La inmensa mayoría de esos expertos describen la historia de la revolución cubana a partir de la figura de Fidel Castro y analizan esa historia como una cadena de hechos que se consideran aislados. Esas dos limitaciones son imprescindibles para crear el legado histórico que el castrismo pretende dejarle al mundo. Un cuento de hadas que reza más o menos así: un líder carismático y nacionalista desató una revuelta agraria, engañó a la alta burguesía y a los estadounidenses, derrotó militarmente al ejército regular de Batista, tomó el poder y se lo entregó, por razones de sobrevivencia económica, a unos viejitos comunistas y cobardes que siempre le estuvieron eternamente agradecidos.

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La versión que yo crecí escuchando siempre incluyó esa mitología de profetas barbados y aguas partidas, pero le añadió un nivel de complejidad mucho más cercano a la realidad. Es una narrativa que parte de reconocer que a partir del año 1925 no hay un solo evento de la historia de Cuba —incluida la guerra de Angola— que pueda ser explicado sin tener en cuenta a la organización política más importante del país. Me refiero al viejo Partido Comunista de Cuba, a la organización fundada en 1925 y que en 1944 —siguiendo las órdenes de Stalin— cambió su nombre por el de Partido Socialista Popular. […]

Para un grupo muy reducido de militantes, que denomino Núcleo Central de Inteligencia Soviética, la verdadera esencia del Partido siempre fue la defensa de los intereses de la URSS

Desde su origen el PCC fue una organización con un carácter dual o heterogéneo. Ante las masas y muchos de sus militantes siempre se presentó como un partido político cuyo objetivo principal era la defensa de los derechos de los trabajadores cubanos. Para un grupo muy reducido de militantes, a los que yo denomino Núcleo Central de Inteligencia Soviética (NCIS), la verdadera esencia del Partido siempre fue la defensa de los intereses de la URSS y, eventualmente, el acatamiento de las órdenes de Stalin.

La estructura organizativa del PCC puede ser descrita —a grandes rasgos— con los siguientes anillos o niveles piramidales:

— Núcleo Central de Inteligencia Soviética

— Aparato de Inteligencia y espionaje del PCC

— Comisión militar

— Organización clandestina del PCC

— Partido político en el sentido tradicional de las democracias burguesas

— Organizaciones de base del Partido

— Organizaciones sindicales

— Trama empresarial y financiera

— Organizaciones sociales

Esas pifias políticas adquieren otra dimensión cuando se ven como triunfos de la línea de Moscú

[…] En varios momentos de su evolución, el PCC mostró contradicciones muy fuertes entre la proyección política de la organización y las decisiones que esta tenía que tomar para mantener su esencia prosoviética y estalinista. Como veremos a lo largo de este libro hay tres eventos de esa historia que, cuando se analizan desde la perspectiva de una organización política, pueden ser reconocidos como errores garrafales. Estos son: la expulsión de Julio Antonio Mella del PCC, en 1926; la negociación con el tirano Gerardo Machado durante la huelga general de 1933; y la alianza con Fulgencio Batista, en 1938.

(AP)
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Esas pifias políticas adquieren otra dimensión cuando se ven como triunfos de la línea de Moscú; o sea, como verdaderos aciertos de ese reducido grupo de hombres y mujeres que se encargaron de lograr que esa línea siempre se impusiera. […]

En cuanto a la alianza con Batista, es evidente que ésta, además de tener su origen en la coalición entre Roosevelt, Stalin y Churchill, sirvió para que el NCIS penetrara a la sociedad cubana de una forma hasta ese momento inimaginable.

Como consecuencia de la tensión constante entre esas dos alas del Partido se generó, a principio de los años 50, una situación muy particular. Por un lado, el PCC sufrió un nivel tan alto de desprestigio político que su militancia se vio muy reducida y rechazada. Por el otro, sin embargo, la organización contaba con un aparato clandestino y de Inteligencia que, después de dos décadas y media de un riguroso e implacable trabajo de penetración, había logrado posicionar a sus agentes dentro de todos los niveles de la vida social, política, económica, militar y represiva del país.

Los comunistas estaban tan desprestigiados que no podían llegar al poder a cara descubierta, pero sí podían buscar a un candidato que se beneficiara de forma indirecta y, sin dejar muchos rastros, de una militancia relativamente pequeña pero muy disciplinada, de un aparato de Inteligencia muy eficiente, de grandes recursos económicos, de fuertes conexiones con el comunismo internacional, de cierto nivel de control sobre el movimiento obrero cubano, de cuadros con años de lucha clandestina y experiencia militar, así como de una organización con ramificaciones dentro de los Estados Unidos y, más importante aún, dentro de la Unión Soviética y el Campo Socialista.

Ese candidato fue Fidel Castro.

(AFP)
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Fue ese pequeño núcleo de comunistas el que asesoró y protegió a los hermanos Castro desde finales de los años 40. Fueron esos cuadros los que prepararon la implosión o desmerengamiento de la tiranía de Fulgencio Batista. Fueron ellos quienes hicieron posible el triunfo tan rápido e inexplicable de la revolución castrista y guiaron, desde el mismo inicio de ese triunfo, la también rápida e inexplicable alianza del castrismo con la Unión Soviética.

Fueron ellos quienes catalizaron el enfrentamiento temprano y absurdo con los Estados Unidos, hicieron posible las primeras derrotas de la llamada contrarrevolución, protegieron la vida de Fidel Castro y garantizaron, de una forma todavía inexplicable para los cubanólogos, el fracaso de casi todas las acciones de la CIA contra el castrismo. Además de eso, se encargaron de profundizar la dependencia cubana del petróleo de Moscú, el uso de Cuba como punta de lanza de la geopolítica soviética, la ayuda de Cuba a los llamados movimientos de liberación nacional y, eventualmente, la participación cubana en la guerra de Angola. En todos y cada uno de esos eventos de la revolución cubana estuvieron involucrados los antiguos miembros del NCIS del PCC.

¿Quiénes fueron esos militantes? ¿Cómo fueron escogidos? ¿Quién los escogió? ¿Dónde se formaron? ¿Por qué nunca han sido reconocidos como tales? Las respuestas a esas preguntas serán el objetivo de este libro. Para empezar, entre los viejos comunistas cubanos esos militantes eran identificados bajo el nombre genérico de la gente de Fabio, por Fabio Grobart, un militante polaco de origen judío que llegó a Cuba en 1924 enviado por el Comintern y que en 1925 fue uno de los fundadores del PCC. […]

Raúl Castro saluda a Miguel Díaz-Canel (EFE)
Raúl Castro saluda a Miguel Díaz-Canel (EFE)

La inmensa mayoría de esos hombres y mujeres, con la sola excepción de Raúl Castro, han recibido un tratamiento histórico marginal y en ocasiones nulo. Justo es decir que la explicación de ese tratamiento radica en el hecho de que casi todos fueron cuadros profundamente clandestinos, personas acostumbradas a trabajar desde las sombras, militantes seleccionados y entrenados para despreciar cualquier tipo de protagonismo y que a lo largo de sus extensas carreras políticas se acogieron a un principio básico: mientras el proceso fuera en el camino deseado —prosoviético, estalinista y antiestadounidense—, a ellos bien poco les importaba quién se llevara la gloria. Y si esa supuesta gloria caía sobre los hombros de alguien que les recordaba a su adorado Stalin, pues mejor.

¿Por qué fue enviado a Cuba Fabio Grobart?

La pregunta inevitable es: ¿por qué fue enviado a Cuba Fabio Grobart? Para responderla hay que recordar que, durante la involución del comunismo soviético desde Marx hasta Stalin, muchos en la URSS coincidieron en la necesidad de diseminar la Revolución de Octubre y crear, para esos efectos, una organización internacional. Así surgió, en el año 1919, la llamada Tercera Internacional, un aparato de trabajo político, clandestino y de Inteligencia encaminado a la creación y al control de una confederación de partidos comunistas extranjeros que respondieran, con absoluta lealtad, a los intereses del comunismo soviético y, eventualmente, del estalinismo.

Fabio Grobart fue el cuadro que esa organización envió a Cuba… […]

Aquí es importante detenerse. La idea del hombre nuevo en la Cuba del castrismo siempre se ha asociado con la figura de Ernesto "Che" Guevara. Esa asociación se inició a partir del año 1965 cuando el "Che" publicó su artículo "El socialismo y el hombre en Cuba" [1965]. Un texto en el que en una decena de páginas se repite más de diez veces la idea del hombre nuevo.

Ernesto Guevara y Raúl Castro
Ernesto Guevara y Raúl Castro

Lo que resulta irónico es que esa idea ya existía en la Cuba del año 1919 y era proclamada desde una revista anarcosindicalista cuya existencia reportan hoy los archivos del Comintern y confirmaron ayer las Crónicas cubanas de León Primelles.

Lejos estaba Salinas de imaginar que cuarenta años después el "Che" Guevara acabaría con los sindicatos cubanos y se apropiaría de una idea muy antigua para darle nombre a una nueva aberración. A una forma de gobierno, el de la revolución cubana, que todavía hoy muestra rasgos de aquella antigua estructura del PCC, con su ala política, su NCIS, y su inevitable fachada castrista.

Cuando se mira la estructura del poder en la Cuba de hoy es posible identificar que Rodrigo Malmierca, el ministro de Comercio Exterior, es hijo de un antiguo miembro del NCIS; que Bruno Rodríguez, el canciller, es hijo de un militante del ala política del PCC, y que Alejandro Castro, el heredero real de la dinastía, viene de aquella fachada que el PCC tuvo que crear a inicios de los años 50. Muchos de esos vástagos, epítomes del hombre nuevo, estudiaron en la antigua URSS y cultivaron, como algunos de sus padres, fuertes lazos con la Inteligencia soviética de aquellos años, y con la rusa de hoy.

[Extracto del Capítulo I de El Soviet Caribeño. La otra historia de l Revolución Cubana, de César Reynel AGuilera. Ediciones B, 2018]

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