
SUPHAN BURI, Tailandia – Saithong Jamjai acaba de terminar de cosechar el arroz en las 19 hectáreas de terreno agrícola que posee en el centro de Tailandia y ahora es momento de volver a sembrar. Pero no lo hará, dijo, debido a la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán.
Ha hecho los cálculos durante semanas. Debido al aumento de precios provocado por la guerra, en combustible, fertilizante, plásticos y otros insumos necesarios, plantar y cosechar le costará al menos 33.000 dólares, señaló. El grano que producirá, calcula, se venderá en agosto por solo 22.000 dólares.
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“Una pérdida confirmada”, concluyó Saithong, de 53 años. Prefiere dejar que su terreno se reseque bajo las cáscaras amarillentas de la temporada pasada. “No vamos a hundir los recursos”, dijo. “No en esta situación”.
El enfrentamiento entre el presidente Donald Trump e Irán, que ha paralizado prácticamente la navegación en el golfo Pérsico, ha provocado choques en las cadenas de suministro que están alterando la vida de personas a miles de kilómetros de distancia en Asia, elevando los costos para los agricultores al inicio de temporadas clave de siembra que reducirán drásticamente el rendimiento de las cosechas en la segunda mitad del año y más allá, según funcionarios gubernamentales, economistas y asociaciones agrícolas.
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Dirigiéndose a líderes mundiales en Roma el jueves, Dongyu Qu, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, dijo que la guerra ha generado no solo una crisis geopolítica sino “una disrupción en el núcleo del sistema agroalimentario mundial”.
La destrucción por parte de Irán de la infraestructura de gas en el golfo y los esfuerzos enfrentados entre Estados Unidos e Irán por bloquear el estrecho de Ormuz han impedido que suministros cruciales de combustible y sus derivados, como la urea —una potente fuente de nitrógeno que mejora las cosechas— salgan de Oriente Medio. Dado que la infraestructura energética tarda años en construirse, no existe una alternativa inmediata para estos suministros.
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En efecto, el 30 por ciento de la urea mundial ha sido “eliminada”, indicó Pranshi Goyal, analista principal de la firma de inteligencia de mercado CRU Group. China, un importante productor de fertilizantes, ha restringido las exportaciones para asegurar que sus agricultores tengan suficiente. Rusia, otro gran fabricante, está viendo cómo la demanda se dispara, lo que podría impulsar su economía y ayudar a su guerra en Ucrania. En el llamado mercado spot, los precios de la urea han subido un 40 por ciento desde febrero.

El lunes, Trump dijo que Estados Unidos guiaría a los barcos varados a través del estrecho de Ormuz, pero luego se retractó rápidamente tras informarse que dos destructores estadounidenses habían sufrido un ataque al transitar por el estrecho. Sin embargo, incluso si el tráfico marítimo se reanuda, se necesitaría al menos uno o dos meses para que la carga llegue a destino y los mercados se estabilicen, indicó Goyal.
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Cuanto más tiempo permanezcan cerradas las plantas en Oriente Medio, más tiempo tardarán en reiniciar operaciones. “Este problema crece de forma no lineal”, afirmó Goyal.
Sus repercusiones también.
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En Tailandia, Filipinas, Bangladesh y Australia, que son los primeros en ingresar a periodos clave de siembra desde que empezó la guerra, los agricultores optan por saltarse la siembra, reducirla o disminuir el uso de fertilizantes, lo que reducirá el rendimiento.
A medida que la guerra se prolonga dentro del calendario agrícola, agricultores de más países se verán obligados a tomar decisiones similares, explicó Maximo Torero, economista jefe de la FAO. “Por ahora, los impactos son más graves en Asia”, dijo Torero. “Pero claramente esto se mueve de este a oeste y de sur a norte”.
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En junio, India y Brasil, dos de los mayores productores agrícolas del mundo, aumentarán sus pedidos de urea. Si para entonces los barcos que transportan urea no están navegando, habrá una “pérdida de rendimiento significativa” en muchos países, advirtió Torero. Los precios de las materias primas aumentarán, impulsando la inflación. El golpe al crecimiento económico, dijo, será “muy cercano a lo que ocurrió con la covid-19”.
Para empeorar las cosas, los científicos afirman que probablemente el planeta sufrirá este año un patrón climático de súper El Niño, que podría resultar en calor extremo y sequías, golpeando aún más a las cosechas.
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Los gobiernos han tratado de calmar a los mercados asegurando que cuentan con reservas. El Ministerio de Comercio de Tailandia, por ejemplo, informó en abril que el país todavía cuenta con 343.000 toneladas de fertilizante de urea, suficiente para la próxima campaña de siembra. Sin embargo, el recorrido por las extensas planicies que rodean la cuenca del río Chao Phraya muestra una realidad diferente.
En las provincias de Ayutthaya y Suphan Buri, las tiendas de fertilizantes, grandes y pequeñas, estaban completamente agotadas de urea, y dijeron que así había sido durante semanas. Los distribuidores solo ofrecen compuestos rusos que los agricultores dudan en usar, relataron los dueños de los comercios. Seansdee Teerasattayaporn, de 62 años, quien dirige un negocio mayorista de fertilizantes, envió un camión a un mercado frecuentado por grandes distribuidores para tratar de conseguir urea, pero tras esperar cuatro días, explicó, el camión regresó vacío.
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De cara a la temporada de siembra, muchos agricultores afirman estar enfrentando las peores condiciones de sus vidas. Durante la guerra entre Rusia y Ucrania, las carencias o los costos no fueron tan graves, aseguran. Tampoco durante la pandemia.
Nam Aoi, de 58 años, dijo que solo puede permitirse sembrar en 19 de sus 32 hectáreas. Hasta ahora, nunca había dejado tierra agrícola sin cultivar.
Algunos de sus vecinos culpan al gobierno tailandés por no ayudar lo suficiente. Otros acusan a las empresas de fertilizantes de lucrar durante la emergencia. Pero de pie en su arrozal bajo los 38,9℃ (102℉) de calor, con el sudor perlándole la frente, Nam Aoi dijo que solo culpa a dos hombres: Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.

“Esos dos se tomaron de la mano y crearon esta guerra”, exclamó Nam Aoi alzando la voz. “Nada es normal por culpa de ellos”.
En una entrevista, el ministro de Asuntos Exteriores Sihasak Phuangketkeow aseguró que Tailandia aún cuenta con suministros agrícolas suficientes y que los líderes tailandeses recorren el mundo buscando conseguir más. Pero reconoció que el país compite contra naciones más grandes y con más recursos, en medio de desafíos logísticos extraordinarios. “No habíamos afrontado antes una crisis así”, declaró.
El martes, dos semanas después de un viaje a Moscú, el ministro de Agricultura de Tailandia señaló que probablemente fracasará el intento de conseguir urea de Rusia. Debido a las interrupciones marítimas, tomaría al menos dos meses que la urea rusa llegara a Tailandia, demasiado tarde para la actual temporada de siembra.
Expertos agrícolas afirman que la guerra en Irán ha puesto de manifiesto la necesidad de que los agricultores sean más autosuficientes, por ejemplo, abandonando el diésel para pasarse a la energía solar, o cambiando los fertilizantes químicos por alternativas orgánicas que pueden producirse localmente. Pero para hacer estos cambios, los agricultores necesitan subsidios del gobierno y tiempo, dos cosas escasas, sostuvo Esther Penunia, secretaria general de la Asociación de Agricultores Asiáticos.
“Los agricultores no pueden esperar”, sentenció Penunia. “El día que brilla el sol, debemos plantar”.
Los agricultores tailandeses han resultado doblemente perjudicados porque Oriente Medio también es uno de sus principales mercados de exportación. Esa región representó el 17 por ciento de las exportaciones de arroz tailandés en 2025, según datos de aduanas. Irak fue el mayor destino individual para el arroz tailandés.

El día que las fuerzas estadounidenses e israelíes bombardearon Irán, los operadores portuarios en Bangkok dijeron a los vendedores que retiraran los contenedores de arroz que iban hacia los países del golfo de los barcos y los devolvieran a los almacenes, relató Chookiat Ophaswongse, presidente de la Asociación de Exportadores de Arroz de Tailandia. Desde entonces, no ha habido envíos de arroz hacia el golfo. Malasia y Filipinas han absorbido parte del exceso de oferta de Tailandia, pero no toda, lo que ha generado un excedente que mantiene bajos los precios del arroz, comentó Chookiat.
Incluso antes de la guerra, muchos agricultores tailandeses se encontraban en situaciones financieras precarias y dependían de préstamos para sobrevivir de una temporada a la siguiente. Ahora, la presión de los altos costos de la siembra y las bajas ventas proyectadas de arroz podría empujar a millones de agricultores a una espiral de deudas que les llevará años saldar, advirtió Pramote Charoensilp, de 64 años, presidente de la Asociación de Agricultores y Campesinos de Tailandia.
Panida Srithong, de 54 años, dijo que aunque use la mitad de fertilizante en su parcela, no ve otra alternativa que recurrir a prestamistas locales para financiar la próxima temporada de siembra.
Somchai Saelim, de 51 años, explicó que aunque trabajará todos los días desde ahora hasta las cosechas de agosto, espera no obtener prácticamente ningún beneficio, así que está sembrando hortalizas en su jardín y criando peces en su estanque para su propio sustento.

Saichol Sudtoo, de 52 años, indicó que está considerando trabajar como jornalera para compensar los 1.800 dólares de pérdidas que prevé para su próxima cosecha. Actualmente tiene problemas para dormir debido a la ansiedad por el dinero, contó.
“Hay mucho peso sobre los hombros de los agricultores en este momento”, manifestó Pramote. Investigaciones en Tailandia también muestran que los agricultores presentan algunas de las tasas de suicidio más altas del país. Desde que comenzó la guerra, agricultores de todo el país que lo llaman desde las aldeas suelen reportar lo mismo, señaló Pramote. Deuda. Depresión. Desesperación.
¿Qué les dice él?
“Les pido que intenten seguir adelante. Simplemente seguir adelante”, dijo Pramote, encogiéndose de hombros. “Nada de esto es culpa nuestra. Pero tenemos que sobrevivir”.
Huiyee Chiew, en Taipéi, Taiwán, contribuyó a este reportaje.
© 2026, The Washington Post.
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