Aún sin luz en funcionamiento, su presencia tiene algo que aún encandila al viajero. Un imán que atrae
Aún sin luz en funcionamiento, su presencia tiene algo que aún encandila al viajero. Un imán que atrae

Durante siglos, los faros de Nueva Escocia, en Canadá, han ayudado a proteger a los visitantes de la navegación y a los trabajadoras que miraban hacia el mar para ganarse la vida. De pie orgullosamente contra las inclemencias, encarnan la historia y el espíritu marítimo de la provincia. Hoy en día, los faros continúan salpicando las costas de Nueva Escocia desde Cabo Forchu hasta Louisbourg.

El primer faro en Canadá -y el segundo en América del Norte- fue construido en esta última entre 1730 y 1733; su propósito era proteger el transporte marítimo alumbrando el camino hacia el puerto de la gran fortaleza francesa encaramada en el extremo sureste rocoso de la isla Cape Breton. En los años posteriores a la captura de Louisbourg por los británicos, la fortaleza fue arrasada y la tierra quedó desolada; ya no había necesidad de la luz y cayó en ruinas.

La ruta de los faros está perfectamente señalizada. Tanto que el viajero siempre quiere ir por más
La ruta de los faros está perfectamente señalizada. Tanto que el viajero siempre quiere ir por más

Ningún otro faro existió o fue necesario a lo largo de la vasta extensión de la costa casi vacía de Nueva Escocia hasta 1758, cuando se construyó el de Sambro en los extremos exteriores del puerto de Halifax; una lotería propuesta por el gobierno recaudó el dinero necesario. A partir de entonces, a medida que comenzaron a desarrollarse asentamientos a lo largo de la costa, la necesidad de ayuda para la navegación se volvió apremiante. El desarrollo de cartas hidrográficas, indicaciones de navegación impresas, marcadores y boyas facilitaron el tránsito con la luz del día y las actividades marinas con el buen tiempo. Faros, naves luminosas y alarmas de niebla proporcionaron la medida de seguridad necesaria para la noche y el mal clima.

El desarrollo de los faros de Nueva Escocia fue lento y espasmódico, siguiendo el patrón de asentamiento temprano y el comercio marítimo que surgió alrededor de las comunidades más grandes. Después de la luz de Sambro, por ejemplo, nada fue construido hasta después de la Revolución Americana, cuando por un breve tiempo Shelburne fue la cuarta ciudad más grande de América del Norte; entonces se creó un faro en Cape Roseway en 1788, en respuesta a las demandas locales de protección del transporte marítimo.

A partir de entonces, la expansión continuó lentamente: Sable Island (1801), Brier Island (1809), Liverpool (1812), Point Prim/Digby (1817), Lunenburg y Cross Island (1832), Pictou (1834), Yarmouth y Cabo Forchu (1839). A mediados del siglo XIX, el gobierno colonial, con la ayuda de Gran Bretaña, se comprometió a proporcionar fondos para la construcción y el mantenimiento de un número creciente de establecimientos; a fines de 1800, finalmente formaron una cadena alrededor del perímetro de la parte continental de Nueva Escocia y la isla Cape Breton.

El fósforo de la llama

Una de las ideas más ricas que propone el recorrido es que cada faro tiene su personalidad. No hay réplicas. Y, además, cada uno encontró un modo de adaptarse a su vida moderna
Una de las ideas más ricas que propone el recorrido es que cada faro tiene su personalidad. No hay réplicas. Y, además, cada uno encontró un modo de adaptarse a su vida moderna

El mantenimiento de la luz era una carrera arriesgada y exigente, especialmente cuando involucraba al cuidador, su esposa y sus hijos. La isla de San Pablo, ubicada lejos en el Océano Atlántico, en el extremo noreste del cabo Bretón, además de la isla de Sable, era la estación más aislada de Nueva Escocia. En los años de preguerra, el establecimiento de faros en Nueva Escocia estaba probablemente en su apogeo: una red grande y bien desarrollada que incorporaba los mejores equipos de la época, daba empleo a muchos y proporcionaba una sensación de hogar y seguridad a lo largo de miles de kilómetros de costa rocosa. En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los patrones cambiantes del comercio costero e internacional, el advenimiento del radar y la sofisticada tecnología de navegación y los estragos del viento, el agua y el tiempo se combinaron para poner fin al mundo del faro tradicional, pero allí es donde apareció otra vida.

Halifax es una localidad modesta, pero amigable para el viajero. Su ciudadela histórica, su paseo costero, sus calles céntricas tan cercanas a Nueva Orleans, sus casas bien cuidadas y su arquitectura pintoresca invitan a comenzar el circuito para hacer el raid de faros desde allí. Lo ideal es hacerlo en auto, tanto por la flexibilidad de extenderse en el recorrido, como por lo amigable de las rutas: todas en perfecto estado, con señalización ideal, con conductores respetuosos y, por si surge el imprevisto, una mano está dispuesta para la ayuda aún si no se pide.

El paisaje invita a seguir sin tregua y a visitar cada pequeña población con impecable personalidad, cuidado extremo y paisajes de ensueño… un valle sigue a otro y cada uno compite con el anterior en belleza. Un imperdible que emerge en el camino: los yard sales, una especie de venta de garaje en las que el viajero puede sentirse como un local comprando los souvenirs a uno o dos dólares canadienses.

La perla del viaje

La pesca en la caleta de Peggy’s Cove sigue siendo una de las rutinas cotidianas. Las barcas esperan pacientemente a sus dueños
La pesca en la caleta de Peggy’s Cove sigue siendo una de las rutinas cotidianas. Las barcas esperan pacientemente a sus dueños

No siempre es preciso dejar lo último para el final. Para tomar fuerzas en el recorrido, llegar a Peggy's Cove, a 45 kilómetros de Halifax, envalentona al turista. Una muy pequeña comunidad con 35 habitantes y que no admite nuevos se desgaja en curvas y contracurvas, lomadas y bajadas que serpentean hasta el faro. Pero aunque éste es un sueño enclavado en una torre de rocas como castillo de naipes recién caído que se apoya en la puesta de sol a diario, la localidad vale la pena ser visitada.

Mientras a la vera los pescadores hacen su tarea a ojos de los visitantes, hay decenas de experiencias para vivir. Por ejemplo, Nova Scotia Lobsters Rolls, vende porciones de langosta en caja a una larga fila de pacientes compradores. Apenas dar vuelta la cabeza, dos artesanos pintan en vivo en una de las caletas donde se mecen los botes esperando dueños.

El anochecer en Peggy’s Cove demuestra que no hay tiempo para la visita: siempre es buen momento
El anochecer en Peggy’s Cove demuestra que no hay tiempo para la visita: siempre es buen momento

Beales Bailiwich es una mezcla de café y tienda de diseño (es una combinación constante en esta parte de la costa canadiense). Allí propone productos realizados por locales, todo con inspiración náutica. La estrella: la gaviota veleta. Cruzando la calle se encuentra RH Crocks, un sitio que puede confundirse por un herrumbrado espacio de pescadores, sin embargo, su dueño ha atesorado en una especie de feria de antigüedades objetos que recicla o restaura para quien se entusiasme con decoración auténtica. Imperdibles son sus boyas de madera bicolor, con soga de bote y recicladas de piezas originales.

Nadie puede irse de allí sin recorrer Sou'Wester. Regalería y restaurante con 50 años de existencia con aires de cantina rutera norteamericana. Aún repletos, siempre están dispuestos a contar detalles de la pesca del día, animar a una historia reciente, relatar vida y obra de un lugareño… sin embargo, lo más sorprendente del lugar es la postal que brinda cada una de sus ventanas. El faro de fondo, tras el vidrio, es una obra de arte.

Está cerrado, pero se puede caminar libremente por el entramado de rocas que lo rodean. Directamente sobre el mar, las olas esparcen perlas húmedas a todos los que se acercan. Vale la pena dejarse mojar un poco, e ideal, ir al atardecer. Atención al cartel local: "El dolor y la muerte esperan a los visitantes descuidados".

Ruta de colección

Tienta la idea de llevárselo a casa. Fort Point se enfrenta a una escarpada costa, fuerte en las mareas y los vientos, pero tan bella que adormece todas las dificultades
Tienta la idea de llevárselo a casa. Fort Point se enfrenta a una escarpada costa, fuerte en las mareas y los vientos, pero tan bella que adormece todas las dificultades

A 140 kilómetros de Halifax espera Fort Point en la localidad de Liverpool. El sitio es tranquilo y pequeño. Invita a la caminata. El faro parece de juguete. Es un chalet de tres niveles achaparrado, de paredes blancas y tejas rojas. No es fácil reconocerlo si el visitante es un debutante en estos recorridos. Se construyó en 1855 y es el tercero en antigüedad de la zona. Rodeado por un pequeño deck de madera impecablemente pintado y con una serie de bancos que invitan a contemplar la bahía quieta y extensa, es un gran sitio para dejarse llevar y, tal vez, hacer picnic. El sol pega fuerte en primavera y verano.

No hay que hacer mucho camino para llegar a Petit Riviere. Alejada del tronco de autopistas centrales, el paraje se abre sólo al ojo inquieto capaz de seguir las indicaciones escondidas. El camino alternativo pasa por la bodega boutique y el evento mensual, si se tiene suerte: el "Desayuno de los bomberos" el tercer sábado de cada mes. Antes de llegar al faro, la joyita entre las pocas casas es la que armaron Tom Alway y Peter Blans en 2005. Se trata de Maritime Painted Saltbox, una galería de arte cubierta por el bosque. Sus dueños, ex habitantes de Toronto, diseñaron un espacio de arte que nutren con sus propias obras, las que venden a los visitantes.

También se puede hacer playa en dos de las más bellas: Crescent Beach o Rissers Beach, a tres kilómetros de distancia una de la otra. Aunque la primera está a un paso de la ruta, la segunda tiene un encanto de descubrimiento: diez minutos de caminata por un deck en altura que se mete en el bosque y desemboca en una calma que parece una fotografía.

El recorrido de faros depara regalos para el alma. Las playas ocultas, casi vacías, seducen por su quietud bucólica
El recorrido de faros depara regalos para el alma. Las playas ocultas, casi vacías, seducen por su quietud bucólica

Luego de la parada para asolearse o darse un chapuzón espera la "Capital Mundial del Árbol de Navidad", por otra de las rutas aledañas, unos kilómetros más adelante. Lunenburg no espera con luces de colores, sino con una concentración única de pinos por metro cuadrado en todo Canadá. La localidad, cuyo primer asentamiento data de 1753, esconde un circuito de casas históricas. En la oficina de turismo, sobre la colina más alta del pueblo, se ofrece un mapa que permite seguir el itinerario de las 33 propiedades puestas en valor. La atmósfera invita a perderse en el pintoresquismo circundante. Vale la pena adentrarse en el recorrido a pie. Las propiedades son bellas, las vistas de la bahía se dibujan diferente en cada esquina y los pequeños locales invitan a husmear en un mundo diferente.

Vida de bahía

Al volver a la ruta troncal se puede optar por seguir en dirección a Liverpool, donde emerge Hubbarts. Mini pueblito con un sendero interesante para caminar (Aspotogan Trai) y un bello café para mirar el tiempo pasar: el Trellis. Madera, colores marinos, deck exterior y unas papas fritas tentadoras que sirven a toda hora.

Si se opta por regresar camino a Halifax se llegará a una de las más grandes y bellas ciudades. Recostada sobre una bahía larga e irregular en su anchura, se emplaza Mahona Bay. Fundada en 1754 la comunidad vive el agua como identidad. Su calle principal serpentea bordeando la costa, donde se acumulan sitios artesanales, galerías de arte, venta de elementos decorativos y pequeños cafés. Es una gran oportunidad para hacer una parada, dormir allí o pasar la jornada.

Cada faro protege a su comunidad y en ella cada bar invita al encuentro y a conocer las historias de la zona
Cada faro protege a su comunidad y en ella cada bar invita al encuentro y a conocer las historias de la zona

Terminada la visita a Mahona Bay espera otra perla del recorrido. Chester aguarda con su comunidad tranquila, recostada sobre el mar, exhibe con orgullo lujosas residencias en el sabio concepto canadiense de austera opulencia. No hay una igual a otra. Al fin de la caminata Kiwi Café teñido de verde flúo ofrece artesanía local sustentable y una parada reconfortante para el paseante.

A 95 kilómetros de Halifax, por el mismo camino, se encuentra Walton, ciudad nacida en 1836, con un faro creado en 1873. Es pequeño, pero tiene su propio gift shop. Cuenta con dos pisos frente a una costa agreste y abrupta. El sendero lateral permite tener una vista fabulosa de toda la región, faro incluido. El detalle: la encantadora abuela que atiende el negocio regala una piedra y un caracol del lugar a todo visitante.

En pocos sitios aún pueden verse las antiguas casillas de pescadores al pie de la planicie en las que se asientan los faros
En pocos sitios aún pueden verse las antiguas casillas de pescadores al pie de la planicie en las que se asientan los faros

De regreso a la ciudad, aún quedan muchos trayectos por encarar, pero el mítico Burntcoat Head Park invita a descubrir una propuesta exclusiva: el sitio con las mareas más altas del mundo. El parque data de 1796, pero el faro se construyó sesenta años más tarde. Dejó de operar hace casi medio siglo y fue demolido frente a la atónita comunidad local, que se unió más tarde para reconstruirlo y convertir el espacio en recorrido turístico que expone en su primer piso la historia marítima de la zona. Desde la mitad de la mañana hasta promediar la tarde la marea se retira dejando una playa sorprendentemente roja y, casi, hasta donde alcanza la vista. La mirada que proporciona es la de estar bajo el mar, con los árboles unos cuatro metros sobre la cabeza y cantidades de cangrejos esperando que vuelva el agua.

Si hay más días de viaje, el recorrido puede ampliarse hasta el infinito porque, efectivamente, si algo enseña Canadá son los mapas superpoblados de faros que iluminan la distribución poblacional de comunidades que aprendieron a vivir con su ecosistema, y amigablemente lo embellecen.

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