
Por Paola Florio
La historia bíblica cuenta que Dios le dijo a Eva: "Multiplicaré tus dolores en el parto, y darás a luz a tus hijos con dolor" (más otros deseos similares, que se pueden leer completos en Génesis 3:16).
Pasaron millones de años y, si bien las mujeres fuimos ganando algunas conquistas, nada cambió demasiado: seguimos sin poder librarnos de ese mandato divino. Seguimos pariendo con dolor, pero no sólo el físico (que se puede aliviar con anestesia, si es que la solicitamos) sino esa otra marca que nos queda para siempre, que indica que una experiencia que debería ser inolvidable por lo maravillosa lo sea por la angustia que nos genera recordarla.
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Mujeres que se convierten en madres rodeadas de desconocidos que entran y salen, en ambientes hostiles, en una posición que no les facilita el esfuerzo; denigradas, llamadas por diminutivos o sobrenombres; desinformadas sobre las prácticas que realizan en su cuerpo, con alguien que les dice cuánto tendrán que dilatarse en determinado período de tiempo, con enemas, rasurado púbico, episiotomía y demás prácticas nada amables y menos aún recomendadas.
"Me ponían cosas en el suero y no sabía qué eran". "Se llevaron a mi bebé sin decirme nada"."No me dieron opción". "Ingresaron practicantes a ver cómo me sacaban sangre y ahí mismo,me rasuraron en público".
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La violencia obstétrica es sólo una clase entre las tantas agresiones que sufren las mujeres, pero quizás una de las más naturalizadas debido al poder de la institución médica, legitimada por un saber académico del que muchas veces se abusa.
Los casos se multiplican, muchas mujeres ni siquiera saben que esa experiencia triste que les tocó vivir al momento de parir a sus hijos es también violencia de género. También desconocen los derechos y las garantías que se le pueden exigir al sistema de salud. +
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Cada sesenta segundos nace un niño o una niña en la Argentina, la mitad nacerán por cesárea.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que hay una epidemia de cesáreas y especificó que, a nivel local, el 50 por ciento de los niños nació por este método cuando, en realidad, deberían haber sido entre 10 y 15 por ciento.
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Parto Humanizado

La Ley 25.929 sobre el Parto Humanizado, sancionada y promulgada en 2004, fue finalmente reglamentada en 2015 y establece tanto los derechos de la madre como del núcleo familiar a la información sobre todos los aspectos de su embarazo y las posibles intervenciones que pudieran tener lugar durante el mismo, el parto y el posparto, de modo que la mujer tenga la posibilidad de optar libremente en caso de que existiesen diversas alternativas.
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Asegura también la posibilidad de que la madre pueda disponer de un acompañante durante el parto, lo que significa que no se le puede negar la entrada a nadie si la embarazada así lo requiere y si
la identidad está acreditada con anterioridad.
Por otra parte, se hace énfasis en la necesidad de respetar los tiempos naturales y evitar las prácticas invasivas que puedan afectar a la madre o al bebé, a menos que sean
impostergables, en cuyo caso debe minimizarse el dolor, siempre que sea posible.
Se garantiza además el trato amable, digno y respetuoso de la embarazada, lo cual implica no impedir la libertad de movimiento y permitir todas las condiciones necesarias para favorecer un vínculo entre la madre y el bebé.
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"Las practicas que se realizan fuera de este marco son ilegales. No importa que la mayoría de los profesionales trabajen dentro de este modelo, están haciendo una práctica ilegal y esto aplica a todo, así sea parto o cesárea, clínica privada o pública: todos los nacimientos en el país deberían enmarcarse dentro de esta ley", explica Violeta Osorio, una de las fundadoras de Las Casildas, agrupación que realizó un relevamiento a nivel nacional, el Observatorio de Violencia Obstétrica (OVO), cuyos resultados demuestran que los niveles de maltrato que padecen las mujeres y sus hijas e hijos son dramáticos.
"La mujer es la protagonista y la principal figura de toma de decisiones. Hay que cambiar la forma en la que se viene trabajando, de entregar nuestra panza para que hagan y deshagan a cambiar por un modelo en el que el equipo de salud está a nuestro servicio, brinde la información completa, verdadera, oportuna y adecuada, es decir, que tenga todo el panorama,
sepa cuáles son las alternativas, los riesgos, las contras, las opciones. Una información basada en la evidencia científica y no en la creencia del médico. En un lenguaje que la mujer pueda entenderlo y tomar una decisión", recomienda Osorio.
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Planear el momento
"Hace 8 años, cuando quedé embarazada de Joaquina, comencé a preocuparme porque veía mucha gente joven y sana que terminaba en cesárea. Cambié cuatro veces de obstetra, me entrevisté con parteras domiciliarias y cuando estaba por rendirme conocí el Programa de
Parto Respetado del Hospital Austral, que recién lo estaban conformando. Durante dos meses hicimos un trabajo de autoconocimiento corporal y hasta una ceremonia muy linda como despedida de la panza con todas las chicas que paríamos en el mismo momento", cuenta Gisela
Fridman, diseñadora gráfica.
El día que tuvo a su hija, también fue muy armonioso: "Tuve
contracciones durante todo el día, a la noche rompí bolsa, me dijeron que me fuera a dormir. Al rato empecé a sentir dolor, me indicaron baños de agua tibia y luego paños recién planchados sobre la zona que doliera. A cada hora me fueron llamando y cuando ya no pude hablar, me hicieron ir al hospital. Pedí lavarme los dientes porque había vomitado, ponerme desodorante y quedarme con la remera del papá de mi hija y mis anillos porque necesitaba tener todas mis cosas. No parí en una sala de partos sino en la habitación, tenía bañadera, entraba la luz del sol, había olor rico, me hicieron mimos, pusieron música, me cantaban, me hicieron tocar la cabeza de mi bebé para que viera que faltaba muy poquito, me moví un poco y en uno de los pujos nació Joaqui. La parí en cuclillas, abrazada al padre, y así como parí me senté en la cama, arriba mío revisaron a la nena, me preguntaron si la podían llevar para bañarla y dije que no.
Dormimos dos horas de siesta y se la llevaron a bañarla, me explicaron todo lo que le podían dar y podíamos consentir lo que quisiéramos y lo que no. Accedimos a todo, le dieron las vacunas, no le pusieron cosas invasivas y fue una experiencia súper linda".
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El acompañamiento también continuó puertas afuera del hospital: "Cuando volví a mi casa me ayudaron con el tema de lactancia y a la semana vino una partera y me sacó el punto que me habían dado porque tuve un pequeño desgarro. Siguió la relación algunos años más con ellas. Fue todo súper positivo, sentí dolor pero nada que no se pudiera soportar y me sentí súper
fuerte y poderosa, algo que me quedó para el resto de mi vida: cuando me pongo mal y siento que no puedo hacer las cosas digo 'pude con eso y puedo con todo'".
Todas podemos planificar ese momento a partir de un plan de parto. Se trata de un documento en donde la mujer deja asentadas todas sus intenciones, preferencias y deseos, para el nacimiento. Debe ser presentado en la institución en la que vayamos a parir y firmado para ser válido, pero es derecho de toda mujer presentarlo y es obligación de todas las instituciones recibirlo.
Osorio reflexiona sobre la necesidad de completar este trámite: "Desde el sistema médico suele haber mucho rechazo porque lo toman como que las mujeres queremos imponer cómo asistirnos; la verdad es que un poco es así, pero no en términos de su práctica médica sino en lo que tiene que ver con que no queremos ser intervenidas de manera innecesaria, que queremos recibir toda la información, que no aceptamos que nos llamen por un diminutivo o de forma despectiva, que queremos poder comer y beber libremente, que queremos movernos. Son cosas de sentido común, si uno mira los planes de parto es muy triste que haya que pedir que nos traten de manera respetuosa porque da cuenta de los dramáticos índices de violencia obstétrica a los que somos sometidas diariamente las mujeres".
*Las Casildas ofrecen un modelo de Plan de parto: www.lascasildas.com.ar
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