Si se tratara de un film bien podría tener un aviso después de los créditos: "advertimos que las siguientes imágenes pueden herir la susceptibilidad del espectador".
La escena ocurre año tras año en Península Valdés. Es violenta y conmovedora: cientos de gaviotas se lanzan sobre las ballenas francas y comienzan a agujerearles el lomo a picotazos. Aprendieron a alimentarse de la piel y la grasa de estos cetáceos cuando éstos salen a la superficie a respirar.

Los ataques lastiman a estos gigantes y alteran, obviamente, su comportamiento normal. La intensidad y la potencia que usan en esquivar los ataques les consume la energía que deberían guardar para su tarea más importante en la península: la crianza de los ballenatos.
Numerosos investigadores estudian esta relación de ballenas y gaviotas desde hace décadas. Los primeros ataques se observaron hace unos 50 años pero en aquel momento se presentaron como eventos aislados.
Los científicos comparten una conclusión que tiene mucho sentido común: seguramente cuando las primeras gaviotas descubrieron en las ballenas vivas un alimento exquisito y fácil de obtener, las demás las imitaron. Dicho así se trataría de un comportamiento parasítico aprendido en forma natural que comenzó a extenderse gradualmente en la población de gaviotas hasta transformarse en el intenso acoso que hoy puede observarse en Península Valdés.

Lo que hasta aquí se asemeja a un asunto entre animales mantiene relación directa con el flagelo ambiental más importante de la Argentina. Según un censo de 2010, la población de gaviotas "cocineras" (la especie que ataca a las ballenas) creció allí un 37% entre 1994 y 2008. Una tasa de crecimiento muy alta y absolutamente anormal. ¿Qué otra cosa crecieron a ese ritmo en la región norte de la Patagonia?: los basurales a cielo abierto -tanto urbanos como pesqueros- y las zonas de descarte de vísceras y pescados en el mar. A semejante aumento en la oferta alimentaria para gaviotas la población de éstas respondió con un crecimiento inmanejable.
Las ballenas se vieron obligadas a cambiar su comportamiento: fueron aumentando su velocidad de natación, cambiaron su postura de descanso y hasta aprendieron a arquear la espalda para evitar los picotazos. Un temor comenzó, entonces, a recorrer la comunidad científica: el miedo a que las gaviotas interrumpieran el normal desarrollo de las ballenas, alteraran el amamantamiento de los ballenatos y, como consecuencia de todo esto, ocasionaran la disminución de la población de los cetáceos.

Afortunadamente el vaticinio no se cumplió. El biólogo Mariano Coscarella, científico del Centro Nacional Patagónico (CENPAT), informó que en 2018, durante un vuelo costero de cinco horas, fueron detectados 1600 animales. Una población récord jamás alcanzada.
Aun así, el investigador señala que "debemos evitar por todos los medios que la población de gaviotas aumente y se incremente el daño que se le está infligiendo a las ballenas".
Sin embargo, Coscarella nos alerta sobre los riesgos de antropomorfizar el problema: "No se trata de plantear ¡pobre la ballena! Se trata de entender el proceso. Si bien la generación de basurales favoreció el aumento en la población de gaviotas, la interacción entre estas dos especies se presentó sola, por fuera de todo control o inducción humana. Se generó una relación de parasitismo que no conocíamos", señala.

La ciencia, una vez más nos dice que debemos actuar con cautela al analizar un proceso natural. Cada vez que visitemos Puerto Madryn nos va a seguir pareciendo violento y doloroso ver a una ballena asomar su lomo y que las gaviotas le arranquen con su pico pedazos enteros de su piel y su grasa.
No hay dudas de que se debe acabar con el flagelo de los basurales a cielo abierto, no solo en Puerto Madryn sino en el mundo. Hay que terminar con la codicia que, en nombre del "progreso", pone a la actividad comercial por encima del hábitat y termina modificando o dañando los ecosistemas.

Por la actividad humana, la gaviota y la ballena han tenido que aprender a interactuar entre ellas. Nos duele ver a una cría siendo atacada a picotazos. Pero desde una mirada ambiental no deberíamos tomar partido por un animal u otro. Esta vez, ambas especies parecieran ser víctimas de la tropelía humana.
Debemos evitar que se haga más daño. Pero no sentimentalmente, sino como lo sugiere el investigador Mariano Coscarela: "comprendiendo".
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