Como le pasa a tantas personas, un hecho inesperado frustró el gran sueño de José Cheng: era jugador de fútbol en Taiwán hasta que una fractura cortó su carrera deportiva. Increíblemente, entre las opciones que analizó para continuar con su vida apareció venir a la Argentina para convertirse en productor rural. Y esa fue la decisión que tomó hace más de tres décadas.
Luego de probar suerte en varias provincias se radicó finalmente en Formosa, en Laguna Naineck, departamento de Pilcomayo. Muy cerca de allí se encuentra el Parque Nacional que lleva el mismo nombre. Eso fue hace 13 años.
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Sería el comienzo de otro gran sueño: cultivar aquí aquellas frutas que tanto había disfrutado en su país natal. Añadiría a eso la íntima necesidad de hacerlo de manera orgánica para respetar y cuidar ese increíble hábitat que le estaba dando esa enorme oportunidad.

Para iniciar el proyecto, contaba con su pasión por el campo y la producción. Y también con algunas ramas para injertar que había traído. "Tenía ramas de frutas exóticas de muchos lados de Asia: de Hong Kong, de Singapur, de Japón", señala Cheng.
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Su predio linda con el Parque Nacional Pilcomayo y allí dispone de un paisaje prístino que, por el celo y el cuidado que pone en cada tarea, no corre riesgo alguno de polución. "Hace 20 años que produzco siempre orgánico. Yo cosecho una fruta y así como está se la puede comer, sin lavarla, porque no tiene ningún tóxico", resalta. "Ahora tengo un total de 100 hectáreas de las cuales 40 tienen solamente mango. También tengo unas 20 hectáreas de lychee, unas dos de mamón y todo lo demás es guayaba, tuna o toronja", revela.

Si se le pregunta por qué eligió frutas exóticas, la respuesta es simple: "Porque acá no hay", asegura con firmeza. "Y si hay son muy feas. Por ejemplo, tanto en la Argentina, como en Paraguay o Brasil, hay un mango chiquitito, tipo tomy, que tiene fibra, tiene ácido, y si uno come mucho le pica la boca. En cambio el que sale de aquí no tiene prácticamente fibra y es dulce", remarca orgulloso.
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Cheng sostiene que su valor agregado más importante no es producir frutos deliciosos, sino hacerlo respetando el entorno, el hábitat y los ciclos de la naturaleza.

Las nuevas tendencias gastronómicas mundiales han ayudado bastante a fortalecer la actividad de este productor taiwanés. En muchos países la demanda de producción orgánica, exótica y hasta de comida étnica ha crecido exponencialmente. Gracias a eso Cheng pudo unir eficientemente su pasión por el campo, por la producción y por el medio ambiente.
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José, un chino que quería ser futbolista en Taiwán, posee hoy uno de los emprendimientos más innovadores y más grandes de Argentina dedicados a la producción y comercialización de frutas exóticas. Hace 13 años viene demostrando, desde Formosa, que en nuestro país se pueden cultivar frutas que provienen de Singapur, Taiwán, Islas Fidji, China, India o Nueva Zelanda sin dañar la naturaleza.

Toda una lección en un país en el que las leyes del mercado, en su carrera, suelen empujar a la banquina el cuidado del medio ambiente y la salud de los consumidores.
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