
El pesimismo sobre el amor en la era de las apps es, en realidad, lo que hace que cada historia de pareja se sienta única, según un estudio sociológico publicado en Sexuality & Culture.
Jules Pector-Lallemand, investigador de la Universidad de Montreal, rastreó durante cuatro años las vidas amorosas de 41 jóvenes adultos en Montreal, París y Nueva York, y encontró que el discurso catastrofista sobre el romance contemporáneo no es evidencia de su declive, sino una condición estructural del amor mismo.
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Las apps de citas son “comida rápida”, pero la gente sigue emparejándose al mismo ritmo que en 1921
El trabajo de campo de Pector-Lallemand reveló un patrón recurrente: los participantes describían las aplicaciones de citas con analogías comerciales —“un supermercado”, “comida rápida”— y se autodiagnosticaban trastornos como “miedo al compromiso” o “estilo de apego ansioso”. El pesimismo era casi universal. Sin embargo, las cifras cuentan otra historia: la proporción de personas con pareja en Canadá fue prácticamente idéntica en 2021 y en 1921, y las tasas de divorcio llevan décadas cayendo desde su pico a finales de los años ochenta.
Para capturar algo más que narrativas, el sociólogo trabajó también como lavaplatos en un bar de Montreal para observar lo que llamó la “gramática de los gestos”: una mano en la parte baja de la espalda, una cabeza apoyada en un hombro. Esa dimensión corporal y cotidiana del romance contrastaba con el discurso derrotista que recogía en las entrevistas.
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1. El milagro: cuando el pesimista cuenta su propia historia
La paradoja central del estudio emerge cuando Pector-Lallemand les pidió a sus participantes que relataran su experiencia amorosa personal, no la de “la sociedad”. El escepticismo se disolvía y aparecían relatos con una estructura casi literaria, que el investigador descompuso en tres etapas recurrentes.
La primera es el milagro: los encuestados describieron haber conocido a su pareja cuando menos lo buscaban o incluso cuando desconfiaban del amor. No importaba el canal —una app, amigos en común, el azar—; el encuentro se narraba como algo que “sucedió a pesar de ellos”. Ninguno usó la palabra “destino”, un término que consideraban anticuado, pero esa idea aparecía de forma constante en el trasfondo de sus relatos.
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2. El amor romántico y el heroísmo personal
La segunda etapa es el heroísmo. Las historias no dependían únicamente del azar: en algún punto, los participantes se convertían en protagonistas activos de su propia historia. Uno enfrentó el miedo a la no monogamia; otra procesó una ruptura repentina e inexplicable; una tercera se desprendió de un modelo familiar “tóxico”.
“Un momento clave en la historia de amor es precisamente cuando se atreven a ‘mostrar vulnerabilidad’ al revelar sus miedos, ansiedades y heridas del pasado”, señaló el investigador. El camino al primer “te amo”, en ningún caso, se describió como sencillo.
3. Curación, un inicio indiscutible del vínculo

La tercera etapa es la curación: los participantes presentaban su relación actual como una reparación de daños anteriores que ningún otro vínculo había logrado. Un hombre dijo haber sanado su “complejo de salvador”; otra persona encontró en una relación abierta una satisfacción que nunca había imaginado posible.
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La queja sobre el amor superficial forma parte del propio discurso romántico
Pector-Lallemand sostiene que este arco de tres pasos —milagro, heroísmo, curación— solo se percibe como excepcional porque se articula frente a una premisa pesimista.
“La gente contrasta su ‘amor verdadero’ o ‘amor auténtico’ con lo que consideran una época superficial que abraza una versión distorsionada o degradada del amor”, señala en el estudio.

Esa lógica lo lleva a cuestionar los análisis de Eva Illouz, la socióloga franco-israelí cuyas obras —Por qué duele amar (2012) y El fin del amor (2019)— argumentan que el capitalismo y la cultura terapéutica han erosionado el amor romántico. Para Pector-Lallemand, el sombrío diagnóstico de Illouz no surge tanto de la evidencia sociológica como del propio discurso romántico que analiza.
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Una encuesta realizada en Francia ilustra bien la contradicción: el 80% de los encuestados afirmó que vivimos en una época poco romántica, pero el 64% se declaró romántico a título personal, cifra que subió al 74% entre los más jóvenes.
“Criticar los clichés románticos forma parte del discurso sobre el amor tanto como los propios clichés”, concluye el investigador. Es esa paradoja la que permite a cada persona percibir su historia como la excepción y vivir su amor como algo trascendente.
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