
Los bebés de apenas cuatro meses identifican el intercambio de saliva como señal de vínculos afectivos estrechos, según un nuevo estudio de la Universidad de California en Santa Bárbara (UCSB) publicado en la revista Evolution and Human Behavior.
La investigación, liderada por Brandon Woo, investigador del Departamento de Ciencias Psicológicas y del Cerebro de UCSB en colaboración con científicos de la Universidad de Harvard y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), revela que infantes de entre 4 y 6 meses de edad ya son capaces de inferir la cercanía de una relación a partir de comportamientos que implican contacto de saliva, como compartir alimentos o introducir el dedo en la boca de otro.
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Los bebés nacen preparados para leer las redes sociales a su alrededor
“Los niños nacen en un mundo muy social. Dado que es tan importante que los niños trabajen y colaboren con otros, necesitan mapear esas redes sociales”, afirmó Woo en declaraciones recogidas por UCSB.
El punto de partida teórico del estudio es un hallazgo transcultural ya documentado: las personas con vínculos cercanos —familia, parejas, amigos íntimos— tienden a mostrarse más cómodas compartiendo saliva entre sí. La pregunta que guió esta investigación fue si los bebés, incluso antes de haber acumulado suficiente experiencia observacional, podían emplear esa lógica para interpretar las relaciones humanas.
Trabajos anteriores del mismo equipo habían establecido que, hacia los 8 meses de edad, los bebés ya utilizan el intercambio de saliva para predecir que dos personas responderán al malestar mutuo, una señal de vínculo afectivo. El nuevo estudio buscó determinar si esa capacidad aparece aún antes.
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Dos experimentos con marionetas revelaron la comprensión temprana de los infantes
El equipo diseñó dos experimentos con bebés de entre 4 y 6 meses. En el primero, un protagonista humano colocaba un trozo de naranja en su propia boca, lo retiraba y luego lo introducía en la boca de una marioneta, mientras que otro simplemente le entregaba una pelota. Cuando la marioneta expresaba malestar, los investigadores registraban hacia cuál de los dos protagonistas dirigían la mirada durante más tiempo.
En el segundo experimento, un protagonista se llevaba un dedo a la boca, tocaba luego la boca de una marioneta y volvía a introducirlo en la suya. Con otra marioneta realizaba una secuencia similar, pero tocando las frentes en lugar de las bocas. Cuando el protagonista “lloraba”, los investigadores observaban hacia cuál de las dos marionetas miraban los bebés durante más tiempo, como indicador de a quién esperaban que respondiera ante el malestar.
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En ambos casos, los bebés miraron por más tiempo hacia el individuo que había compartido saliva, lo que, según los investigadores, indica que anticipaban una respuesta solidaria de esa figura ante el malestar ajeno.
La inferencia se sostiene incluso con acciones poco familiares para los infantes
Woo destacó la relevancia de que los resultados fueran consistentes en ambas situaciones, incluida la del dedo en la boca, una conducta que los bebés de esa edad raramente observan en su vida cotidiana. “Es fascinante que parezcan tener ese conocimiento abstracto sobre las relaciones que se aplica a distintas acciones”, señaló el investigador en declaraciones recogidas por UCSB.

El experimento con el dedo tuvo además una función metodológica específica: descartar que los bebés estuvieran respondiendo a la presencia del alimento y no al intercambio de saliva en sí. Al reproducirse la misma inferencia con un gesto que no involucra comida, los datos sugieren que lo que los infantes rastrean es el contacto de saliva como categoría abstracta, no el objeto compartido.
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El estudio aporta datos al debate sobre cuánto saben los recién llegados al mundo
Los hallazgos se inscriben en una discusión de larga data dentro del campo del desarrollo humano acerca del grado de conocimiento innato con el que nacen los bebés. “Algunos académicos sostienen que los bebés son tablas rasas que no saben nada. Este trabajo apunta a entender cómo empiezan a dar sentido al mundo social, a las relaciones sociales, y cuál es el papel de la experiencia”, explicó Woo.
Según el equipo, la investigación también contribuye a identificar cuáles son los fundamentos del conocimiento social en la infancia temprana y en qué medida ese conocimiento puede preceder a la experiencia directa de los propios bebés con las conductas que observan.
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