Las prácticas corporativas que no deberían perderse

Este no es un artículo de nostalgia. Pero está lleno de recuerdos que esconden conocimiento, formas de comportarnos y aprendizajes que podríamos tratar de conservar

Ilustración de acuarela de diez personas en una oficina con botellas de vino, copas, vasos, bandejas con aperitivos y computadoras.
Una ilustración de acuarela muestra a trabajadores de oficina compartiendo bebidas y aperitivos en un ambiente social en su lugar de trabajo. (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Los seres humanos somos gregarios, o al menos lo hemos venido siendo durante miles de años. Somos mejores en grupo, nos potenciamos. Pero también, siempre en evolución de nuestras costumbres (a Dios gracias) y en estos tiempos modernos, dicho desarrollo parece estar alejándonos un tanto de esta actividad de inter-relación.

Hubo un tiempo en el que la velocidad de las operaciones corporativas era bastante más lenta de lo que es ahora. Todo era presencial, todo era contacto físico, todo era analógico. Gracias a la tecnología y su evolución exponencial de los últimos años, somos capaces de ser más eficientes en la forma en que trabajamos, en cómo obtenemos información, cómo ejecutamos y medimos la actividad empresarial.

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Paradójicamente, este aumento de canales de información nos ha comenzado a alejar físicamente de las personas.

No perder prácticas que fortalecen las relaciones humanas.

Una mujer con jersey verde escucha a un hombre con barba que gesticula mientras habla frente a sus portátiles en una mesa de madera.
Un hombre y una mujer conversan junto a sus ordenadores portátiles en una cafetería mientras otras personas trabajan al fondo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por ejemplo, la virtualidad es practicidad individual, pero una nueva barrera colectiva. Las conversaciones banales y las pausas que podrían ser “pérdidas de tiempo” operativas, nos pueden decir mucho de los demás cuando se experimentan en grupo. La ansiedad por procesar y producir más información nos quita tiempo y calidad en nuestras relaciones con los demás.

La presencialidad nos otorga, sin darnos cuenta, algo de disciplina. Hay que prepararse cada día, hay que cumplir una rutina, un horario. Eso hace bien. Las generaciones más jóvenes quizás no estarán de acuerdo, pero un grupo humano tiende a generar múltiples formas de conectividad cuando están físicamente presentes. Las pantallas nos regalan practicidad y movilidad, pero nos quitan la conexión y la sensación de pertenencia que no siempre aparecen en una videollamada.

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Un hombre sentado en una silla ergonómica conversa con una mujer que sostiene una libreta en una oficina con plantas.
Un empleado y una líder de equipo dialogan sobre planificación en un área de trabajo diseñada para el bienestar laboral. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El café de la mañana. Ese momento ritual de cortas notas operativas, preguntas superficiales, comentarios deportivos, algún chiste y la posibilidad de notar cómo estamos simplemente mirándonos la cara. Es ahí donde sucede el verdadero “radio pasillo”, muchas veces el termómetro más honesto de lo que culturalmente está sucediendo en una organización.

Ojo, no estamos diciendo que esos tiempos hayan sido mejor que los de ahora. La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no aplica cuando la evolución de los entornos es la única constante. La idea es recordar (y por qué no, rescatar) algunas de las costumbres que esta era digital parece haber dejado de lado.

La capacidad de estar con otros sin que todo tenga que producir un resultado inmediato.

Una mujer con gafas y chaqueta gris parada en una mesa sonríe a otras cuatro personas sentadas. Hay papeles y bolígrafos sobre la mesa.
Una reunión de trabajo muestra a una profesional al frente de su equipo, fomentando la cooperación y la comunicación entre los asistentes. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El trato amable cotidiano se experimenta cara a cara de una manera distinta. Los “por favor”, “gracias”, “de nada”, “buenas tardes” generan una energía muy positiva cuando se usan de manera auténtica. La voz ajena dice mucho más que un mensaje escrito, que inevitablemente interpretamos según nuestro estado de ánimo. La amabilidad suma a nuestra sensación de estar en el lugar correcto. Y es una energía multiplicadora.

También deberíamos recuperar el hábito de caminar hacia el escritorio de alguien para conversar. No todo necesita un correo electrónico. No todo merece una reunión virtual. A veces cinco minutos frente a frente resuelven lo que veinte mensajes no consiguen aclarar.

Deberíamos recuperar también el almuerzo compartido sin teléfono sobre la mesa, la celebración espontánea de un logro, el reconocimiento en público y la posibilidad de pedir ayuda sin sentir que eso demuestra debilidad.

Un hombre y una mujer sentados en sillones de oficina, bebiendo café. Detrás hay un sofá, una estantería de madera y un gran ventanal.
Dos colegas mantienen una conversación casual mientras beben café en un espacio común de oficina, con sillones cómodos y estanterías decoradas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Y quizá una de las más importantes: escuchar sin hacer otra cosa al mismo tiempo. No revisar el teléfono. No contestar mensajes. No mirar otra pantalla. Simplemente escuchar. Parece una práctica menor, pero en una organización es una poderosa señal de respeto.

La tecnología no es el problema. Sería absurdo renunciar a todo lo que nos ha permitido avanzar. El problema aparece cuando empezamos a utilizar la eficiencia como criterio para decidir qué merece nuestro tiempo.

Una conversación de diez minutos puede evitar un conflicto de meses. Un café puede generar confianza. Una comida puede construir una relación. Una pregunta hecha en persona puede revelar un problema que ningún dashboard muestra.

Una mujer con suéter verde sostiene un filtro de café. Un hombre gesticula. Otra mujer toma una merienda de una cesta. Hay tazas, leche y frutas.
Compañeros de trabajo se reúnen en la cocina de la oficina para charlar y preparar bebidas y meriendas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Quizá el verdadero desafío de las organizaciones modernas no sea elegir entre presencialidad y virtualidad, ni entre tecnología y personas. Sea aprender a utilizar la tecnología sin olvidar que las empresas siguen siendo, esencialmente, grupos de seres humanos intentando hacer cosas juntos.

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