
La discusión sobre si los jóvenes dejaron de leer sumó un dato que obliga a revisar varios diagnósticos instalados. La Generación Z no solo sigue leyendo, sino que además muestra una preferencia sostenida por los libros impresos, según un estudio reciente sobre hábitos de lectura de los nacidos entre 1997 y 2012.
La pregunta de fondo no es menor. Durante años, buena parte del debate cultural dio por hecho que las pantallas, las redes sociales y los consumos breves habían desplazado a la lectura más tradicional. Pero los nuevos datos sugieren que esa conclusión puede haber partido de una mirada incompleta sobre cómo leen hoy los jóvenes.
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Esa tendencia aparece en un estudio publicado por la Cambridge University Press, donde las investigadoras Kathi Inman Berens y Rachel Noorda, profesoras de Portland State University, analizaron encuestas nacionales realizadas en 2020, 2022 y 2025. Las especialistas señalaron que, entre nativos digitales, el papel conserva un atractivo fuerte.

El nuevo estudio discute la idea de que la Generación Z abandonó la lectura
Uno de los aportes del trabajo es que cuestiona las herramientas con las que suele medirse el vínculo de los jóvenes con los libros. Las investigadoras explicaron que varios relevamientos influyentes no captan bien una experiencia de lectura que hoy circula entre libro impreso, libro electrónico, audiolibro y plataformas digitales.
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Ese punto importa porque modifica el diagnóstico. Si se cuentan solo las formas más clásicas de lectura, parte del fenómeno queda fuera de cuadro.
Según explicaron las autoras, la lectura multimodal, es decir, la que alterna soportes y contextos para una misma obra o para distintos textos, es una práctica habitual en esta generación.
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Además, indicaron que el 66% de la Generación Z se identifica como lectora, 14 puntos porcentuales más que en 2022. A la vez, señalaron que el 65% leyó al menos un libro impreso en los 12 meses previos, un resultado que contradice la idea de que el papel quedó relegado entre quienes crecieron conectados.
El auge del papel reordena un debate atravesado por pantallas, redes e inteligencia artificial
La preferencia por el libro impreso es, en este contexto, el dato más significativo de agenda. No se trata solo de un cambio de soporte, sino de una señal que entra en una discusión más amplia sobre atención, fatiga digital y formas de consumo cultural en una etapa marcada por redes sociales, recomendación algorítmica e inteligencia artificial.
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Las especialistas señalaron que una parte de esa inclinación puede vincularse con la búsqueda de una pausa frente a la hiperconexión.

Según sus datos, el libro físico ofrece una experiencia menos atravesada por notificaciones, seguimiento automático y estímulos constantes. En lugar de un rechazo de lo digital, lo que aparece es una convivencia entre formatos con funciones distintas.
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Ese movimiento también asoma en antecedentes cercanos: un comunicado de la American Library Association indicó que los encuestados de Generación Z y millennials leyeron y compraron, en promedio, el doble de libros impresos por mes que de otras categorías.
“Una buena noticia: las generaciones más jóvenes están leyendo libros, comprando libros y visitando bibliotecas”, afirmó Rachel Noorda, profesora asociada de publicación en Portland State University, en ese comunicado.
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La coincidencia entre el estudio reciente y ese antecedente refuerza una misma lectura: la relación entre jóvenes y libros ya no puede describirse como una sustitución lineal del papel por la pantalla. El consumo digital sigue siendo central, pero eso no impide que el objeto físico conserve valor cultural y práctico.
Bibliotecas y librerías vuelven a pesar en cómo los jóvenes descubren qué leer
El trabajo también sugiere que la discusión no pasa solo por formatos, sino por lugares. Berens y Noorda indicaron que en 2025 los miembros de la Generación Z visitaron más librerías y bibliotecas públicas que en 2022.
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Además, señalaron que cerca de un tercio compró un libro en una librería física, que apareció como su vía preferida para descubrir nuevas lecturas, por delante de plataformas de venta.

Las bibliotecas, en particular, ganan relevancia en ese mapa. Berens y Noorda señalaron que el 36% de los jóvenes encontró un libro a través de un bibliotecario, frente al 15% registrado en 2022. El dato indica que, incluso en un entorno dominado por sistemas automáticos de recomendación, la orientación personal sigue teniendo peso.
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Ese hallazgo conecta la lectura con una preocupación más amplia sobre los espacios de encuentro. Berens y Noorda indicaron que el 85% de los encuestados dijo que quería encontrar otro lugar para relajarse fuera de su casa, y que quienes no visitaban bibliotecas mostraban niveles más altos de soledad.
El trabajo no presenta esa relación como una prueba definitiva de causa y efecto, pero sí marca una asociación que amplía el papel de estos espacios.

En la misma línea, Emily Drabinski, presidenta de la American Library Association, sostuvo que las bibliotecas significan más que libros para estas generaciones y remarcó que los programas para adolescentes y familias, junto con el espacio físico para conectar y colaborar, también atraen a quienes no se definen como lectores, según el comunicado de prensa.
En conjunto, los datos reubican la discusión: más que anunciar el fin de la lectura, abren una pregunta más actual sobre cómo medirla, dónde ocurre y por qué el libro impreso recupera valor en plena vida digital.
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