Apenas termina un partido, el debate parece inevitable. El técnico hizo mal los cambios, tendría que haber apostado por otro esquema o determinado jugador debió salir antes. Con el resultado ya conocido, esas afirmaciones suelen presentarse como evidentes, aunque durante los 90 minutos nadie pudiera asegurar cuál era la mejor decisión. Para Walter Sosa Escudero, ese fenómeno tiene nombre: sesgo retrospectivo, la tendencia a creer que un desenlace era mucho más previsible una vez que ya ocurrió.
Durante una entrevista en Infobae a la Tarde, el economista explicó que buena parte de las discusiones futboleras parten de un error de análisis. En lugar de evaluar las decisiones con la información disponible cuando fueron tomadas, solemos juzgarlas a la luz del resultado final. “Empiezan las explicaciones con el diario de mañana. Es esto de decir: ‘¿Qué habría pasado si yo hubiese hecho tal cosa?’. Pero eso vale tanto para Argentina como para España”, señaló.
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Para explicar esa idea recurrió a una comparación sencilla. “Es como preguntarse, una vez que salió el 17 en la ruleta, si no tendríamos que haber apostado al 17. La respuesta es no. Las decisiones hay que tomarlas con la información disponible, y esa información nunca incluye el diario de mañana”. Para Sosa Escudero, ese razonamiento atraviesa buena parte de las discusiones que se generan después de un partido y lleva a confundir el resultado con la calidad de las decisiones que lo precedieron.

El resultado no siempre dice si una decisión fue buena
Según el economista, uno de los errores más frecuentes consiste en evaluar una decisión únicamente por su desenlace. En el fútbol ese mecanismo aparece constantemente: un cambio puede parecer brillante si termina en gol y convertirse en una equivocación si el equipo pierde, aunque el entrenador haya contado exactamente con los mismos elementos al momento de decidir.
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Consultado por el caso de Lionel Scaloni, prefirió evitar un juicio puntual y utilizó el ejemplo para mostrar cómo operan esos sesgos. “No quiero ni defender ni atacar a Scaloni, pero justamente ahí aparecen los sesgos. Muchos creemos saber cómo resolver un problema aislado. Lo difícil es resolver todos los problemas al mismo tiempo. Si me dejás operar con una sola restricción, te soluciono cualquier cosa. Cuando aparecen dos o tres restricciones, ya no es tan sencillo”, sostuvo.
Esa es, a su juicio, una de las razones por las que el análisis futbolístico exige cierta prudencia. “Hay que analizarlo, pero no sobreanalizarlo, porque tiene mucho de suerte y también mucho de instinto”, resumió.
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Lo que la estadística puede explicar y lo que no
Lejos de presentar al fútbol como un fenómeno completamente impredecible, Sosa Escudero sostuvo que su atractivo reside justamente en la convivencia entre patrones relativamente estables y episodios imposibles de anticipar.
“Siempre terminan llegando a las instancias decisivas los equipos grandes, las selecciones históricas. Ahí hay un componente muy predecible. Pero al mismo tiempo existe una enorme cuota de imprevisibilidad. Un Mundial exige entender las dos cosas: analizar lo que muestran los datos, pero también aceptar que hay una parte de suerte que ninguna explicación puede eliminar”, afirmó.
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Como ejemplo, recordó que antes del comienzo de un Mundial incluso la selección con más probabilidades de consagrarse campeona sigue teniendo muchas más chances de quedarse en el camino. “Con los datos disponibles antes del torneo, los principales candidatos —España, Francia, Alemania, Brasil o Argentina— apenas tenían alrededor de un 20% de probabilidades de ganar. Eso significa que el equipo con más posibilidades también tenía cerca de un 80% de probabilidades de no salir campeón”.
Lejos de representar una contradicción, para el economista ese dato refleja la enorme incertidumbre que caracteriza al deporte competitivo. “No significa que la estadística falle. Lo que muestra es que el fútbol tiene un pequeño componente de predecibilidad y una parte enorme de impredecibilidad. Esa mezcla es justamente la que hace que un Mundial nos tenga en vilo durante un mes”.
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Ese margen de incertidumbre también explica por qué incluso los modelos más sofisticados encuentran límites a la hora de describir a futbolistas excepcionales. “Lo que hace inexplicable, entre comillas, a Messi es esa hipercapacidad para procesar instintos que le indican qué hacer en una fracción de segundo. Los mortales podemos analizarlo, admirarlo y medir muchas cosas, pero hay una parte que simplemente no podemos reproducir”.
Por qué esa misma lógica explica el auge de las apuestas
Los mismos mecanismos que llevan a sobreinterpretar un partido, explicó Sosa Escudero, también ayudan a entender el crecimiento de las apuestas deportivas. Muchas personas creen que, por saber de fútbol, pueden anticipar mejor que otros lo que ocurrirá en la cancha. Esa percepción genera una sensación de control que rara vez coincide con la realidad.
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“Si fuera fácil ganar plata apostando, seríamos todos millonarios”, resumió. Sin embargo, advirtió que el verdadero problema aparece cuando ese conocimiento se transforma en una ilusión de ventaja. “El azar te embriaga. Pensás que entendés un poco más que los demás y, además, disfrutás esa dosis de incertidumbre. El problema aparece cuando te convencés de que ese supuesto conocimiento te va a permitir ganar dinero de manera sistemática”.
Por eso considera que las apuestas deportivas reúnen una combinación particularmente poderosa. “Tienen un poquito de lo peor de las dos cosas. Mezclan la aparente predecibilidad del deporte competitivo con el placer que produce el azar y, además, la falsa promesa de hacer plata sin trabajar”, advirtió.
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Más allá del fútbol, la reflexión de Sosa Escudero apunta a un mecanismo que atraviesa la vida cotidiana. Una vez que conocemos el resultado, tendemos a reconstruir la historia como si ese desenlace hubiera sido obvio desde el comienzo. El problema, concluyó, es que las decisiones nunca se toman con el diario del día siguiente, sino con la información disponible en ese momento. Entender esa diferencia no elimina la incertidumbre, pero sí permite juzgar con mayor justicia lo que ocurre dentro —y fuera— de una cancha.
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