
La tarde del martes dejó a todo un país flotando en una cornisa invisible. El partido de octavos de final entre Argentina y Egipto por el Mundial 2026 no fue solo un evento deportivo: fue un asalto directo al sistema nervioso colectivo. Ir perdiendo 0-2, ver un penal atajado a Lionel Messi y sentir que el abismo de la eliminación estaba a la vuelta de la esquina paralizó corazones.
La remontada épica con los goles del Cuti Romero, la revancha de Messi y ese cabezazo agónico de Enzo Fernández para el 3-2 definitivo desataron un grito que raspó las gargantas.
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Sin embargo, cuando las luces de la televisión se apagaron y las calles empezaron a silenciarse, una sensación extraña y pesada se instaló en las casas: un cansancio extremo, una fatiga que va mucho más allá de los músculos.
El mecanismo de identificación: sentir el partido en el propio cuerpo

Hay un fenómeno silencioso que ocurre en el cerebro mientras miramos la pantalla. No somos testigos lejanos; estamos ahí. En diálogo con Infobae, el médico psicoanalista Dr. Ricardo A. Rubinstein, de la Asociación Psicoanalítica Argentina, señaló que, por el mecanismo de identificación, toda esa energía y el destino de lo que le ocurre a la selección es adoptado por el hincha como algo propio: “Sentís que vos estás ahí, esto te está pasando, en parte te está pasando a vos”.
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El especialista profundizó en este concepto al explicar que la masa de espectadores opera bajo la misma lógica que los futbolistas que corren en el césped. “La identificación con los jugadores y con el destino de la selección genera una carga emocional muy intensa. Cada argentino, cada hincha, deposita una energía emocional significativa al identificarse con el equipo y con lo que está ocurriendo”, detalló Rubinstein, remarcando que se trata de una entrega absoluta de vitalidad psíquica.
Jorge Catelli, psicoanalista de la APA explicó a Infobae que “vivimos el encuentro como si algo propio estuviera ocurriendo. Se juega una manera de catarsis que implica sufrir, gozar, disfrutar del espectáculo simbólico que se da en la cancha como escenario simbólico de una disputa.”
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Además, agregó: “Cuando una persona dice ‘ganamos’ o ‘perdimos’, no está utilizando simplemente una forma de hablar. Desde el punto de vista psicológico, está expresando una identificación real con ese colectivo”.
Científicamente, este puente invisible se tiende a través de las llamadas neuronas espejo. Como detalla una investigación científica publicada por Medical Daily: “El cerebro que especta es también un cerebro que juega cuando se trata de deportes”. Estas células permiten que comencemos a ponernos en los “zapatos del atleta”, reflejando y conectando con sus movimientos sin mediar palabra.
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Cuando Messi se toma la cabeza tras el penal contenido o cuando las piernas de los defensores flaquean ante el contragolpe egipcio, nuestras propias neuronas espejo se activan e incrementan de forma automática nuestro ritmo cardíaco y de respiración. El pecho se contrae y la respiración se vuelve corta. Para nuestro sistema psicofisiológico, la distancia entre el sillón de casa y el césped de Atlanta no existe: el desgaste ocurre en ambos lados por igual.

La montaña rusa hormonal y la amenaza del estrés extremo
Vivir un partido como el de Egipto implica someter al cuerpo a una oscilación violenta de sustancias químicas. Durante casi ochenta minutos, el marcador adverso activó de forma sostenida la respuesta de “lucha o huida”. Como explica la magister en psicología del deporte Laura Spaccarotella, en la previa y el desarrollo del encuentro se respira fútbol y se siente “apuro, expectativa, ansiedad, miedo y mucha ilusión”.
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Es esa corriente fría que se instala en el estómago, el nudo en el pecho que nos acompaña al caminar por el living de un lado a otro, o esa parálisis tensa en la que ni siquiera nos permitimos cambiar de postura por miedo a romper una cábala. En palabras de Spaccarotella, la selección provoca “que todo pueda esperar, quedar en pausa, suspendido”, llevándonos a un estado donde se llega a “agonizar, resucitar, sufrir una y mil veces”.
Ese sufrimiento continuado se traduce en una inundación biológica de cortisol (la hormona del estrés) y adrenalina. Investigadores de la Universidad de Oxford verificaron esta alarmante relación científica. La Dra. Martha Newson, investigadora del Centro para el Estudio de la Cohesión Social de Oxford, descubrió que “los aficionados que se sienten muy identificados con su equipo sufren la mayor respuesta de estrés fisiológico al ver un partido”.
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Los análisis demostraron que “los niveles de cortisol se dispararon durante los partidos en directo en los aficionados que estaban muy unidos a su equipo”, alcanzando picos especialmente altos cuando las cosas van mal.

Otro estudio publicado en New England Journal of Medicine demuestra que mirar un partido de fútbol estresante “más que duplica el riesgo de sufrir un evento cardiovascular menor”. La tensión sostenida provoca vasoconstricción (estrechamiento de los vasos sanguíneos) y puede hacer que la sangre se vuelva más “pegajosa”, elevando la presión arterial al límite.
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El vacío posterior: por qué el desahogo nos deja exhaustos
Cuando llega el desahogo final —el frentazo de Enzo Fernández en el minuto 92—, el sistema da un vuelco absoluto.
Pero este alivio, lejos de devolvernos la energía, actúa como el final de una transformación: limpia el aire, pero deja la “tierra arrasada”. Como indica la literatura científica sobre la fatiga deportiva en PubMed, las demandas cognitivas de la competencia inducen una profunda fatiga mental, un estado complejo con múltiples orígenes psicológicos que se traslada directo al espectador. Cuando la marea de hormonas baja, el cuerpo se descubre vacío, extenuado por haber sostenido una emergencia irreal durante horas.
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Sobre esto Catelli opinó: “El organismo no distingue completamente entre una amenaza física y una amenaza simbólica cuando la experiencia subjetiva adquiere suficiente intensidad”.

Al consultarle a Rubinstein cómo se vive mentalmente esa transición de la angustia a la euforia tras la remontada, el psicoanalista fue categórico en su respuesta: “Te apenás, sufrís y después sentís un desahogo. Que el desahogo se expresa a través de gritar el gol, a través de saltar, a través de juntarse, a través de salir a la calle y bailar o cantar con el resto de la gente. Esa es la manera de desahogarse”. El alivio es estruendoso, pero el precio es el vaciamiento de nuestras reservas energéticas.
Drenar la carga: los rituales cotidianos de la elaboración
“Toda esa angustia es una carga que genera un desgaste emocional, que después te puede generar cansancio, obviamente”, comentó Rubinstein.
Sin embargo, a pesar de que estemos mirando el partido en casa, en el trabajo o en la escuela, el hincha no puede evitar ponerle el cuerpo. Por eso, al terminar los noventa minutos, el analista aclara que la clave no es forzar un apagón mental o “desconectar” de golpe, sino encontrar vías precisas de escape para la tensión acumulada: “Y después vas y festejas, saltás, charlás, hacés otra cosa. Esa es la manera de drenar la carga emocional que esto te provoca”.
Hoy en día, esa intensidad se vuelca inevitablemente a las pantallas. Rubinstein explica que toda esa energía “la canalizás en otras cosas que podés hacer”. Saturar los grupos, reenviar memes o repetir la jugada en bucle son intentos desesperados del psiquismo por metabolizar el impacto de haber rozado el abismo.
“Después de un partido decisivo seguimos repasando mentalmente una jugada, imaginando qué habría ocurrido si el penal entraba o si el árbitro hubiera tomado otra decisión. Esa repetición no constituye solamente una manía del hincha: expresa el intento del psiquismo de procesar una experiencia que todavía permanece emocionalmente abierta”, explicó Catelli.
A la mañana siguiente, persisten los ecos en el cuerpo. El partido terminó, los cuartos de final están asegurados y el peligro ya pasó, pero aparece el peso de retrasar una respuesta simple o el cansancio sutil de sostener una conversación cotidiana. “Durante noventa minutos, también ponemos en juego una parte de nosotros mismos”, concluyó Catelli.
El cuerpo mantiene su propio calendario: procesa en silencio la memoria de los minutos donde todo pareció perdido mientras se prepara para los cuartos del sábado, frente a Suiza o Colombia. Nos descubrimos repasando una secuencia o respirando hondo para soltar la tensión en los hombros. Al final, esa fatiga profunda es el recordatorio de que, a veces, la pasión se paga con el cuerpo.
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