En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la médica psiquiatra especialista en adicciones Geraldine Peronace reflexionó sobre una problemática que considera cada vez más urgente: el impacto de la tecnología en la salud mental de niños y adolescentes.
Explicó cómo la exposición temprana a pantallas puede alterar el desarrollo cerebral, favorecer conductas adictivas y aumentar el riesgo de trastornos como ansiedad, depresión y tecnoestrés. Además, advirtió sobre los peligros del grooming, el ciberacoso y las apuestas online, y destacó la importancia de la prevención desde edades tempranas.
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Asimismo, habló sobre las adicciones como una respuesta al dolor emocional y sostuvo que detrás del consumo problemático suelen existir heridas profundas y experiencias traumáticas. También se refirió al crecimiento del policonsumo entre los jóvenes, la necesidad de abordar la adicción como una enfermedad sin prejuicios y la importancia de tratamientos integrales que incluyan acompañamiento médico, terapia, actividad física y contención social. Como mensaje final, remarcó que pedir ayuda a tiempo, recuperar el valor de la conversación y poder poner en palabras lo que duele puede marcar la diferencia y salvar vidas.
Geraldine Peronace es médica psiquiatra, investigadora y docente argentina especializada en adicciones, con una trayectoria de más de dos décadas dedicada al estudio, la prevención y el tratamiento de los consumos problemáticos. Egresada de la Universidad de Buenos Aires, se ha convertido en una referente nacional en temas vinculados al consumo de sustancias, las drogas sintéticas, la nocturnidad y las nuevas adicciones asociadas a la tecnología.
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Además, fue asesora en políticas públicas sobre adicciones, integra organizaciones científicas vinculadas a la psiquiatría y la medicina de las adicciones, y participa habitualmente como conferencista, docente y divulgadora en medios de comunicación, universidades y congresos especializados.
En los últimos años también ha puesto el foco en el impacto de las pantallas, las apuestas online y las redes sociales sobre la salud mental de niños y adolescentes.
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—Tu especialidad son las adicciones, un tema muy presente en este podcast porque hay muchas personas que sufren en silencio, ya sea por adicciones, compulsiones o conductas que sienten que no pueden controlar. ¿Qué es lo que más te preocupa hoy? Si tuvieras que señalar dónde está puesta tu atención respecto de las adicciones.
—Bueno, antes que ir a las sustancias, pensaría en los más pequeños, en los más pequeños con el mal uso que le estamos dando a la tecnología y el lugar que ocupa en la vida de gran parte de las familias. Desde los dos añitos de edad, por ser generosa, vemos, en el colectivo, en el subte, en el restaurante, en el consultorio del pediatra, que padres, madres o encargados le dan al chico una tableta o un smartphone para pasar el tiempo. Es como la nani del pibe. Yo les digo muchas veces que es la generación almohadón, porque lo podés dejar ahí 10 horas, volviste y el chico no se movió del sillón. Y fíjate qué triste y qué interesante que hasta los reflejos quedan abolidos.
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Ese chico no comió, no orinó, está como la planta. Muchas veces digo en broma: “La planta por lo menos hace fotosíntesis”. Así que volviendo a los chiquititos, entregarle cualquier tipo de pantalla en edades tan prematuras lo que hace es una hiperestimulación y una hiperexcitación de esos cerebros. Estamos hablando de que aumenta la conectividad eléctrica y en edades tan tempranas, que recuerdo para quienes no sepan, que el cerebro neurobiológicamente se termina de formar a los 25 años de edad.
Por eso siempre digo que es crucial trabajar en prevención, porque es cuidar los cerebros y ese futuro depende de este momento presente. Entonces, estos chiquitos, que sus cerebros están formándose, van a cambiar muy posiblemente la estructura en la formación de esos cerebros. Y lo que se empieza: los millennials, la generación X, la generación Z, todas las distintas generaciones empiezan a responder de una manera distinta, porque los cerebros van siendo distintos a medida que avanza la tecnología.
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Entonces, este es un tema no menor. Y como le digo a los padres en las escuelas: si vos tenés un chiquito que está hiperexcitado, hiperestimulado, que comienza ese camino con dos añitos, después a los nueve años te lo quieren traer al consultorio porque ese chiquito ya dos, tres veces robó la tarjeta de crédito para empezar a jugar y seguir jugando. Obviamente estamos hablando de nueve años. Los gaming disorders, que después eso crece. 11, 12, 13 años, apuestas online. Es que hay un camino. Si entonces de los 7 a 9 robó para seguir escalando con el juego. 11, 12, 13, apuesta. 13, 14, entra el consumo de sustancias. Entonces, digo, es una frase trillada, pero que la repito siempre: chico, problema chico. Chico, grande, problema grande.

—Hay una autora que se llama Anna Lembke, que en su libro Dopamine Nation, habla de un equilibrio entre placer y dolor. Plantea que, cuando nos acostumbramos a estímulos que generan picos muy altos de dopamina, el cerebro se “recablea”, necesitamos cada vez más intensidad para sentir placer y las cosas cotidianas dejan de resultarnos gratificantes. ¿Es así?
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—Exactamente, por eso después nada alcanza y el cerebro va a querer compensar y por eso después van a entrar en el mundo del consumo de sustancias, algunos, muy posiblemente. Entonces, este es el riesgo. De hecho, cuando uno va mirando las cifras, los consumos no van decayendo ni en Argentina ni en el resto del mundo. Justamente los consumos van en franco aumento, así como todos los trastornos psicológicos y psiquiátricos.
Uno de cada siete chicos adolescentes en el mundo presenta un cuadro psiquiátrico, como ansiedad y depresión. Ahora, a partir de la tecnología, ¿cuántos chicos tenemos con tecnoestrés? Al tecnoestrés le siguen los cuadros de ansiedad, después muy posiblemente los cuadros depresivos y de la depresión: muchos también se disparan a la adicción, que es una enfermedad. Entonces, hay todo un caminito previo a seguir, que empieza de una manera aparentemente inofensiva, pero después se requiere todo un equipo médico para poder trabajar con ese chico y con esa familia.
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—Hay un psiquiatra, Gabor Maté, que sostiene que la adicción no es el problema en sí, sino una solución a un dolor o conflicto más profundo. ¿Creés que toda adicción está tapando un problema mayor?
—Adhiero cien por ciento a lo que dice Gabor. Los que trabajamos con pacientes adictos en general tienen heridas de muy temprana edad, traumáticas. Y algo que a mí me preocupa justamente con el tema de la tecnología al alcance de la mano a tan temprana edad es, por ejemplo, el grooming, que es el acoso sexual infantil, que en la pandemia había aumentado un 200 por ciento. La gente no toma conciencia cuando hablamos de grooming, que es el acoso sexual infantil. Entonces, qué va a dejar una huella en el cerebro, porque es un evento, como cualquier abuso, es una situación traumática.
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Ha crecido desde la pandemia hasta acá el abuso sexual infantil, que fijate vos, va de la mano del incremento de suicidios en la población infantojuvenil. Es un tema gravísimo y no menor. Y el cyberbullying en los chicos, que es un temazo también a tener en cuenta porque hace que se maten.
Y quien no se mata también queda con situaciones traumáticas que atendemos en el consultorio, que el paciente llega por consumo de cocaína, llega por consumo de marihuana o llega inundado de alcohol, pero debajo subyace una herida, una herida que duele y que pide a gritos ser sanada. Y para eso es después toda la complejidad de un tratamiento, porque son las heridas del alma.

—¿Cómo es el abordaje en estos casos? Cuando llega una persona con un consumo problemático, ¿primero hay que lograr la sobriedad y dejar la sustancia para después trabajar lo que hay detrás de la adicción? ¿O ambos procesos se abordan al mismo tiempo?
—Mirá, cada uno, cada maestro con su librito. Si esperamos sacar todas las sustancias, sería el tratamiento ideal. A veces se puede y otras veces tenés que ir para adelante con lo que hay. Es una patología, una enfermedad muy difícil, con muchos tropezones, sobre todo al comienzo. Entonces, muchas veces esa persona va a ir cayendo y recayendo en estados de intoxicación. Por supuesto que no es fácil trabajar con un cerebro intoxicado por la medicación que vamos a poner y por la comprensión de la situación que uno quiere abordar terapéuticamente. Ahí está el gran desafío.
Pero pretender que el paciente esté limpio de primera es cerrarle la puerta antes de que empecemos. Entonces, tenemos que comenzar ya con que el paciente venga, tenga conciencia de que tiene problema y tenga ganas de realizar un tratamiento, ya ahí tenemos un gran porcentaje de camino realizado, porque lo más importante es la toma de conciencia y el pedido de ayuda, porque eso todavía me muestra a mí que ese cerebro está funcionando.
Tremendo es, que es lo que muchas veces peleamos por la ley de salud mental, cuando una persona está tan complicada con todo el cerebro tomado, que yo digo: “A ver, cualquier borracho que ves en la, en la plaza tirado”. Y le digo: “No, señor, acá yo soy psiquiatra, me gustaría brindarle una ayuda. ¿Quiere que lo interne?” ¿Qué crees que me va a decir? “Sí, señora, voy con usted”. No, muy posiblemente no vaya a suceder que ningún adicto diga: “Vamos contento a la internación, llevame, vamos a ir”. No, tenemos alguien que esté en su sano y sensato juicio tiene que tomar cartas en el asunto por ese pobre paciente que está, es un padeciente.

—Aparte creo que cuando alguien llega a vos es porque previo lo tuvo que haber pensado mil quinientas veces, porque un adicto lo que más hace es proteger su consumo. Y es tan fuerte esa protección que muchas veces se termina aislando de familiares, de amistades, de su trabajo. Todo empieza a pasar a segundo plano con tal de proteger ese hábito.
—Sí, ese hábito que es justamente lo que le da el alivio, el alivio para ese dolor que carga. En general es eso. Nadie vino más contento. Como te dicen los que vienen el lunes o el martes, dicen: “Me la puse en la nuca o me la puse en la pera durante el fin de semana”. ¿Vos te crees que ese que estuvo saltando en a lo que se dice el consumo recreativo viene contento después de habérsela puesto en la nuca o en la pera? No. Va a tener una semana tremendo, se va a sentir remal.
La mayoría siente culpa, el cerebro no rinde como corresponde, no rinden como persona, no rinden como pareja, no rinden laboralmente. Más la culpa de saber lo que hicieron, porque no deja de ser un atentado para uno mismo.
Estamos teniendo algo que se llama policonsumo. Y alguien que sale y consume cuatro, cinco o siete sustancias, ¿está poniendo en peligro la vida? Claro que sí. Una parte de su cerebro sabe que está poniendo en riesgo la vida en eso que está haciendo. Así que algo ahí muy bien no está.

—Cuando me decís: alguien mezcla cinco sustancias, es una persona que consume alcohol, cocaína, marihuana, ¿qué más? ¿Cuáles son?
—En la previa, ¿qué vamos a tener? Alcohol con bebida energizante. Ya ahí tenemos una sustancia que estimula y el alcohol, que es la droga depresora. O sea que ya ahí tenemos dos cosas que le dice el cerebro: “Che, bajá”, “No, pero subí”. Clásico antes de entrar a la disco o al recital, ¿qué viene? El porro, que tiene una categoría aparte, porque si vos me preguntas qué es el porro. Entonces, yo cuando doy la clase digo: hay tres grupos de sustancias. Las sustancias que deprimen el sistema nervioso central, que la droga patrón es el alcohol, depresor.
Si yo te tengo que decir la más estimulante, y, cocaína y éxtasis, levanta el avión, el CPU. Y después tenemos las drogas disociativas alucinógenas, que sería el ácido lisérgico, que es de los 60, pero sigue totalmente vigente. Y fíjate que no te nombré la marihuana, y vos me decís: “Y la marihuana, ¿dónde la metemos?”. Y yo te digo: muy buena pregunta. ¿Por qué? Porque dependiendo de la marihuana y la concentración, puede ser depresora, estimulante o psicodisléptica, alucinógena. Entonces, es una categoría aparte. Puede detonar el cuadro por cualquier lado. Entonces, alcohol, bebida energizante, la marihuana antes de entrar, que va a tocar todo.
Y después, el que entraba a bailar, ¿qué se toma? Una pasti, un éxtasis. Y puedo seguir con más cosas. Hay mucho más todavía, porque acá la noche recién comienza. Y estamos con cuatro sustancias, con una coctelera hermosa ahí adentro, ¿sí? Y yo les digo: vos pensá que en este momento hay como 95 discotecas nocturnas en toda Capital Federal solamente. Y para quienes sabemos lo que pasa en la noche, vos entrás a una discoteca y el 80 por ciento de esa población está bajo consumo. Y gracias a Dios no tenemos tendales de muertos los fines de semana. Yo ahí digo dos cosas siempre. Primero, Dios existe. Y segundo, tienen mucha suerte porque son jóvenes y sin patologías preexistentes.
Por eso no tenemos la cantidad de fallecidos los fines de semana con todo el policonsumo que hay. Fijate que cuando ahora hablamos de tusi, que llegó desde la época de la pandemia y ahora lo vemos por todos lados, el tusi solo, con todo esto que te nombré, puede tener cuatro sustancias más. Si te nombré cuatro, metemos el tusi, el tusi trae cuatro más. Ya fijate que lo que te estamos hablando, ya te pasé a ocho. Y también están los afters.

—¿Qué le pasa al cerebro cuando uno en un lapso seis, ocho, diez horas es expuesto a tanta cantidad de droga?
—Intoxicación, sufrimiento, inflamación, neurotoxicidad y también va a haber impactos orgánicos. Imaginate todo esto en el pobre hígado y en el pobre riñón, que son los que depuran, más allá de las posibilidades que hay en que afecte lo cardiológico, como el cerebro con una posibilidad de ACV, ¿no? Porque las presiones, la mayoría de todas estas drogas aumentan la frecuencia cardíaca, de hecho varias situaciones de emergencia que me ha tocado atender han sido cuadros hipertensivos severos, ACV, infarto agudo de miocardio o shock sépticos, porque también muchas de estas drogas están contaminadas.
Entonces, el cuerpo no puede con todo esto. Viene contaminada con sustancias, con hongos, con bacterias, con todo, porque si la gente viera las cocinas a donde se cocinan un montón de todas estas cosas, más de uno quedaría impactado. No es que se usa un laboratorio de última tecnología y última generación. Son lugares que no cumplen con ninguna situación de limpieza y es a mano. Es lo que el tipo va poniendo como le va apareciendo con todos utensilios mugrosos y mugrientos en lugares escondidos.
—Muchas veces, cuando pensamos en una persona con adicción, imaginamos el estereotipo más extremo. Pero hay mucha gente que lleva una especie de doble vida: trabaja, sostiene vínculos y, desde afuera, parece tener una vida ordenada. Sin embargo, convive en silencio con una adicción.
—Está lleno de gente así. Eso tiene que ver con los prejuicios que teníamos. Yo siempre digo que en mi época, de hecho, en la facultad de Medicina, uno cuando estudiaba la adicción veías: una persona en situación marginal, sin laburo, sin familia, sin estudio y sin amigos. Tenía todas las condiciones para que pobre tipo cayera en una adicción. Sí, esa es una parte de la situación y la sociedad, pero hay otra. La moneda siempre tiene dos caras. De hecho, gran parte de mis pacientes, laburan, estudian y entrenan. Y todos tienen trabajo, familias armadas, una vida donde un montón no pasan necesidades económicas. Pero sí hay herida, porque sino no tendrían esto. Entonces, esto es lo idéntico en lo diferente, en las clases sociales, si se quiere, que este de acá tiene la misma herida acá, que este tal vez sufrió un tipo de abuso y este también sufrió un tipo de abuso.
Por eso se terminan, se terminan encontrando. Por supuesto, una persona que también viene de una vida de haber tenido muy buena alimentación de base, sobre todo hablo por la proteína, que es estructural. Una persona que ha tenido recursos para el estudio y que en su colegio o en su familia lo han llevado a hacer deporte, va a tener un cuerpo que banca la situación de una manera muy distinta a un chico que creció comiendo arroz y fideos, donde el deporte no fue estimulado y donde los recursos intelectuales también fueron otros.
Ese chico va a estar mucho más propenso a manifestar la enfermedad de manera rápida. Pero los dos tienen la misma enfermedad, solamente que este va a tener muchos más recursos para poder afrontar. Terminemos con la droga de rico, droga de pobre, porque esta es una enfermedad, tiene que quedar claro que es una enfermedad que afecta a todo el mundo. No tiene condición social, económica, sexual y religiosa. A todos por igual.

—¿Hay algo genético también en la adicción? Muchas veces uno escucha que alguien que tiene un problema con el alcohol, por ahí tuvo un padre que tenía el mismo problema y ese padre tenía un padre adicto.
—Hay una herencia, como también capaz hay alguien que tuvo el abuelo bipolar en la próxima generación no se manifiesta nadie con una bipolaridad y en la otra generación. Pero vemos que la cosa se va complejizando. Tenemos a veces cuestiones heredadas genéticas, patologías que vienen de allá atrás que se manifiestan en uno. Nosotros tenemos eventos traumáticos de la infancia. Por eso me preocupa la tecnología y todas las cuestiones de trauma que está generando para muchos. Sobre todo las redes sociales y estos juegos como Roblox, que acaban de poner mucho más atención en los cuidados parentales, porque vos detrás de una pantalla no sabés si el señor tiene 70 años y se está haciendo pasar por una nenita de ocho inocente, y es un tipo que lo único que quiere es fotos y pornografía barata.
Entonces, eventos traumáticos muchas veces van de la mano en el 98 por ciento de los casos de las adicciones. Y después tenés el adicto que entra con la recreación y el ocio, y ahora que la tendencia de los fines de semana es el policonsumo, como hablábamos recién de sustancias psicoactivas, porque es como hace rato, que si no salís, si no consumís, estás fuera de frecuencia, fuera de onda. Y son personas que pueden poner en peligro la vida con tanto consumo, ¿no?

—Cuando una persona intenta dejar una sustancia, suele atravesar un gran malestar. ¿Parte del tratamiento consiste en aprender a tolerar esa incomodidad y las emociones difíciles que antes calmaba con el consumo?
—Hay distintos tipos de herramienta. Primero, lo farmacológico va a ser crucial, porque esto tiene que ver con un desequilibrio químico, por eso apela a la química. Yo sobre todo los más chiquititos les explico: si te fumás un porro, esa sustancia ingresa a tu organismo, la fumás en dos segundos, viaja por sangre, llega al cerebro y va a tocar determinadas puertitas. Yo con la medicación, uno se toma un comprimido, viaja por sangre, llega al cerebro y toca una puertita. Estamos haciendo los dos lo mismo, con la diferencia que él no sabe lo que está consumiendo y yo sí, porque generalmente los fármacos que uno da, primero tenemos estudiado dos años Farmacología en la facultad, después en el posgrado en la especialidad para ver qué, cómo y cuándo medicar. Y vienen de laboratorios que están aptos para realizar un fármaco.
Hay toda una cuestión de farmacovigilancia detrás de un medicamento. Entonces, a partir del consumo de mi paciente, yo pienso qué neurotransmisores está queriendo tocar en su cerebro para tranquilizar y mermar sus síntomas. Entonces, yo voy a buscar algo de la familia que vaya a tocar por derecha lo que él se toca por izquierda. ¿Se entiende? Hay medicaciones que evito porque para muchos generan dependencia. Entonces, después voy a tener el doble problema de que si solucionamos uno, después tengo que solucionar la adicción a las benzodiacepinas. Hay fármacos que tienen que ver con atenuar esa ansiedad, que son ansiolíticos. Hay que ver si el paciente está deprimido, que generalmente muchísimo de los cuadros de alcoholismo van de la mano de depresión.
Por eso vamos a poner un antidepresivo y vamos a brindar también herramientas como la actividad física. Una de las patas del tratamiento es mover el cuerpo. Digo, muevo el cuerpo y muevo mi cerebro. Y le digo: “Y hay cosas que Mastercard no puede comprar”. ¿Por qué? Porque sobre todo el cerebro es tan dañado, tan dañado por, por las drogas y por la vida de rock and roll que vienen trayendo. No hay ningún fármaco que te pueda hacer generar nuevas neuronas. Sin embargo, sí en el deporte, que es la neurogénesis, justamente la formación de nuevas neuronas y la sinaptogénesis. ¡Fum! La velocidad de procesamiento. Eso que lo da la actividad física. Entonces, a todos les digo: “Vamos, a moverse, a moverse”. Y está estudiado.
Desde Harvard, al que le gusta la cuestión científica, son cuatro veces a la semana, 30 minutos, lo que yo necesito que mi paciente haga con el cuerpo para lograr lo que quiero lograr, que es esto. Si bien todos sabemos los efectos beneficiosos de la actividad física para todo, yo estoy enfocada en cerebro. Entonces, es crucial la actividad física. Y aparte, para los que rumean, hay una frase que le digo, no se la pueden olvidar: “Donde la mente me mete, el cuerpo me saca”. Tenés que mover el cuerpo, porque activás y se empiezan a acomodar. aunque salgas a caminar. Viste que el refrán dice los melones se acomodan andando. Salí y caminá. Movete, movete, movete. Va a ir bajando el estrés y vamos a poder mirar con otros ojos. Entonces, es muy importante la actividad física, es muy importante el espacio terapéutico donde uno va a trabajar la herida y lo que se esconde detrás de esa herida, la consulta con el psiquiatra.
Y yo siempre digo que un tratamiento ideal, viste como las cuatro patas de la mesa, nosotros somos una entidad bio-psicosocial-espiritual. Si vos me preguntaras qué sería un tratamiento ideal, y sería bio, atender la biología, lo que, lo que haya que atender, porque algunos vienen con daños en otros órganos. Entonces, hay que atender la biología en todo concepto. Psico, la psique del ser humano. Hay que atender lo social, que es la red de la persona, que es crucial. Y lo espiritual, que es algo que el ser humano tiene totalmente abandonado y así nos está yendo. Entonces, un tratamiento ideal tendría que tener para mí estas cuatro patas. No es lo mismo la recuperación de una persona que cree en lo que quieras, que alguien que es realmente descreído de la vida porque queda desprotegido. Creer en lo que quieras es un factor de protección y hay trabajos y estudios científicos que lo demuestran.

—¿Cómo se maneja el tema del entorno? ¿Hay que cortar ese lazo desde cero o crees que todavía se pueden mantener algunos vínculos con personas que consumen?
—Cuando estamos en la primera parte del tratamiento es muy importante rescatarse y limpieza. Limpieza de vínculo, limpieza de todo, porque un germen te contamina, ¿no? El típico refrán que dice tenés la manzana podrida y te va a ir tomando todo el resto de la manzana de cajón. Entonces, no querés que se te pudran, tenés que sacar esa para que eso no se contagie. Una vez que pasa el tiempo, el paciente ya empieza a estar limpio, despejado, desintoxicado, desinflamado el cerebro, puede ver el mundo, la vida y su vida y sus opciones de otra manera, porque ya el cerebro está limpio. Hablaba justo ayer con un paciente que se había reencontrado con amigos y que varios consumen, porque la vida es así. ¿Dónde vas a encontrar gente que no consume? En todos lados está el consumo, la gente no se imagina. En todos lados, en todas las carreras, en todas las especialidades, en todo, de todo, hay consumo.
El mundo no es ideal, es real. Entonces, vos tenés que estar fortalecido y firme para decir: “No, gracias, paso”. Pero al principio, en todo el primer tiempo, hay que fortalecer las raíces del árbol. ¿Para qué? Para que nada lo tumbe. Porque después ahí afuera van a venir un montón de situaciones, pero cuando ya uno está arraigado en la certeza de cómo es vivir desintoxicado y no cambiarás la vida, porque ellos vienen del infierno. Nadie, ninguno de todos mis pacientes vienen porque son los tipos más felices de la vida. Vienen del inframundo. La adicción es vivir en el inframundo. Por eso arranca todo jajá, jiji, jujú, joda, noche, sexo, quilombo, fiesta, party, todo. Ninguno termina así. Son vidas rotas, con todo roto. Familia rota, laburos rotos. Muchas veces termina de forma directa o indirecta en el suicidio. ¿Por qué? Porque se rompió todo.

—Para alguien que no lo vive, es difícil entender cómo algo puede generar tanto placer que uno siga consumiendo aún cuando le trae consecuencias muy graves. Incluso quienes logran sostener una vida aparentemente ordenada cargan con el desgaste de esa doble vida. Entonces, ¿qué es lo que sostiene la adicción? ¿Es solo la búsqueda de placer o hay algo más detrás?
—La primera etapa es la etapa de enamoramiento, donde es un subidón dopaminérgico. Es dopamina, dopamina, dopamina. Por eso el cerebro pide más y el tipo está ahí fenomenal con esa dopamina. Pero después, como todo, llegás a un punto y se agotó toda esa dopamina. Sigue el consumo, pero ya no es por el refuerzo positivo. Ya después muchas veces entra otra sustancia, que es el glutamato, que la persona va a consumir para no sentirse así de mal, no para pasarla bien, es para no sentir el dolor que siente. Al principio sí es por el bienestar, la alegría, la excitación, la euforia que les produce.
Pero es como la fase de enamoramiento. Y viste que después pasa y dice: “¿Y qué pasó? No, no era lo que yo creía y se terminó la relación”. Bueno, acá difícilmente se termine la relación y la persona siga en el consumo. Pero sigue sosteniendo ese vínculo tóxico, como las relaciones de codependencia también con otro humano, porque no todo lo tóxico es la cocaína, está bueno que lo digamos. A veces las relaciones son tóxicas y ocupan el lugar de la cocaína y la persona sigue, pero para no sentirse así de mal, no es para sentirse bien.

—O sea, el cuerpo cuando no tiene la sustancia que uno le dio por tanto tiempo, empieza a dar señales como de sentirse mal. ¿Qué podés tener fiebre, podés tener sudores, qué más?
—Eso puede pasar, pero hablo de algo más profundo que tiene que ver con el dolor emocional. Los síntomas físicos igual pueden aparecer. Va a aparecer el que le explota la cabeza, el que empieza a perder la visión, el que de vez en cuando le sangra el intestino, el que hace la arritmia. Yo tengo pacientes, algunos muy deformados, agujereados la cara por la cocaína, sin nariz, sin boca, sin paladar, porque son pobrecitos, todo un agujero vivo.
Y ahí estamos. Es por el dolor existencial. Ya pasó esa fase de años atrás cuando drogarse era otra cosa. No, después de esa excitación viene ese bajón. Y para salir de ese bajón viene el consumo. Acá está la paradoja, porque el tipo, como yo le digo, no se está matando gracias al consumo. Yo le digo: “Es un avión este que va a volar en el aire en cualquier momento”. La trampa está. Eso que en este momento aparentemente lo está salvando, yo le digo que el avión se estrelle acá, pero va a hacer que el avión se explote en el aire en cualquier momento. La medicación evita el sufrimiento, no el dolor, porque el dolor es una experiencia humana.
A todos en esta experiencia humana la vida nos va a golpear y nos va a traer un gran dolor desde el momento que todos vamos a perder a alguien que profundamente amemos. Así que el dolor forma parte de la experiencia humana. Pero el sufrimiento es lo que hacemos con eso, es otra cosa. Entonces, la medicación, si a vos algo te duele, te duele, ¿podemos trabajar terapéuticamente? No, ¿por qué? Porque estás en el dolor. Los fármacos, simbólicamente, al equilibrar la química, hacen que el dolor, ese sufrimiento disminuya y que la persona pueda trabajar en el espacio terapéutico lo que tiene que trabajar, que es su historia de vida y encontrar los recursos.
Una adicción para mí es como muletas químicas. Usás las muletas para atravesar un charco. Y venir a hacer el tratamiento es enseñarle al paciente a que tenga conciencia de que tiene piernas y rehabilitar las piernas para que cruce el charco, porque todos vamos a tener historias de vida y todos vamos a pasar por situaciones dolorosas. El tema es cómo atravesamos esas situaciones. Y por eso a veces los fármacos, que estamos de acuerdo, pueden entrar como muletas.

—Cuando alguien pudo afrontar una recuperación y lleva un o dos años de sobriedad, ¿cuáles son algunas claves para tener en cuenta para no recaer? Porque la mayoría de la gente que pasa por centros de adicción vuelve a recaer?
—Hay un alto porcentaje que recae, pero también hay porcentaje que sale adelante. Yo creo que tiene que ver con el objetivo de vida. Me gusta creer que el cerebro es como que trabaja por trueque, algo le das y algo te da. Por eso si la persona viene al consultorio porque lo manda la mujer, el marido, los padres, va a estar difícil que funcione el tratamiento, porque todavía no es un insight propio, personal de cambio. Es para que la mujer no rompa los cocos o para que los padres no lo dejen en la calle. Pero no es la toma de conciencia de que quiero un cambio porque me siento merecedor de una vida mejor. Pero cuando justamente uno va trabajando en eso, tenés que trabajar en un proyecto de vida.
Todos más o menos anhelamos, soñamos, añoramos vivir de una determinada manera, lograr determinadas cuestiones. Y cuando uno va pudiendo dar esos pasos y encaminarnos en pos de nuestros objetivos de vida, muy difícilmente haya recaída, porque vas ganando terreno. Y ese terreno que vas ganando, como te dije antes, te posiciona a como este paciente que viene limpio y estable hace dos años, pueda encontrarse con grupo del colegio de allá atrás y que varios consumían y poder decir: “No, gracias, paso”. Una vida con sentido. Tiene que ser algo que el cerebro compre, un objetivo que a vos te estimule tanto que ahí esté la recompensa.
Y ahí está el gran desafío, porque el adicto tiene una mirada cortoplacista. Y les cuesta un montón, justamente por el daño también que les va a ir provocando en el lóbulo frontal, el tema de poder mirar a largo plazo la vida. Y por eso también en esta época, y si volvemos a los generaciones de ahora y la llegada de la tecnología, es un mundo donde todo ya. Por eso es un mundo que va muy de la mano, está cada vez más proclive al tema de las adicciones, porque el adicto no sabe de la palabra espera. Va a tener que aprenderla en el consultorio, lo que significa esperar. Y de hecho, fijate que lo interesante de la palabra paciente y paciencia, cómo van de la mano. Y a mí que me gusta mucho la palabra, digo: ¿cuál sería el objetivo con el paciente? Paz-siente, que ese paciente logre encontrar la paz adentro de él, porque este tipo de pacientes viven en el infierno.

—Para cerrar, si alguien nos está escuchando y siente que tiene un problema con alguna adicción, o está atravesando un tratamiento, ¿qué te gustaría decirle? ¿Hay algo importante que no hayamos tocado y que creas que vale la pena dejar como mensaje final?
—Yo creo que la palabra salva vidas. Por eso tenés personas como los padres, de los curas villeros, la Iglesia evangélica, ellos no trabajan con médicos, por ejemplo. Y sin embargo, hay gente que también sale por ahí, como hay un montón de gente que sale con el tratamiento, como hay un montón de gente que hace de todo y todavía no es su momento y no sale con nada, pagando lo que sea y no salen con nada, porque tiene que haber esa fuerza de convicción, de querer. Creo que no hay fuerza más poderosa en el ser humano que es el quiero. Cuando uno quiere algo en la vida, lo logra. No importa que estés embarrado hasta acá.
Por eso un montón de veces les digo: hay que definir claramente el objetivo. La palabra salva vidas. Es crucial la palabra. Y como hablamos antes, en un mundo que tiende cada vez más a la soledad, ¿no? Es una paradoja, porque cada vez hay más celulares que personas en Argentina y en el resto del mundo. Pareciera que estamos todos más comunicados, pero en realidad estamos cada vez más desconectados.
Entonces, la conexión, la palabra, la comunicación, conversar, vamos perdiendo la conversación. Porque poder conversar es que yo te pongo atención y vos me pongas atención, algo que la tecnología está rompiendo. Eso, poner atención, que alguien nos ponga la escucha y poder poner en palabras lo que estoy sintiendo, exorciza demonios. Así que hay que poder pedir ayuda a tiempo. Esto no es una vergüenza porque seguimos con el tema de las vergüenzas. Esto es una enfermedad. Está en los libros de medicina, así que vergüenza, nada.
Es una enfermedad y requiere de tratamiento. Para algunos médicos, para otros, psicológicos, para otros, hay diferentes dispositivos. Por muchos caminos se llega a Roma, pero hay que saber pedir esa ayuda. No están solos. Hay que encontrar el tratamiento correcto y adecuado para cada uno y compartir. Compartir, por eso digo, salva vidas.
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