
Un armario sostenible no se mide por una cifra universal, sino por la frecuencia real de uso de cada prenda, según plantea Alicja Kuźmycz, profesora de Torrens University Australia, en un artículo publicado por The Conversation.
La experta recuerda que hace 60 años la persona promedio tenía unas 40 prendas, mientras que hoy un armario típico reúne 199 piezas principales y entre el 25% y el 50% queda sin uso.
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La respuesta corta es que no existe un número único de prendas que convierta un armario en sostenible. Según Kuźmycz en The Conversation, lo decisivo es la relación entre volumen y uso: hoy el armario medio suma 199 prendas principales y entre una cuarta parte y la mitad nunca se usa, de modo que tener demasiada ropa depende de cuánto tiempo permanece inactiva.

Kuźmycz sostiene que “no existe una cantidad universal ‘correcta’ de ropa”. Su tesis parte de una idea simple: “El verdadero problema no es solo cuánto compramos, sino lo poco que usamos lo que ya tenemos”.
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Ese cambio de enfoque también se apoya en la evolución del tamaño del armario. Según explicó, el número medio de prendas se ha multiplicado por más de cuatro en seis décadas y buena parte termina olvidada al fondo de cajones y percheros.
La ropa que no se usa también deja huella

Kuźmycz advierte en el medio citado que el exceso de ropa no es solo un problema de desorden, sino también de carbono. Cada prenda arrastra una carga ambiental desde la producción de fibras, el hilado, el tejido, el teñido, el corte, la confección, el embalaje y el transporte global.
La autora resume esa idea con una imagen recogida por el medio: una chaqueta que acaba como residuo textil es mucho más que una etiqueta y un precio, porque concentra todos los recursos y emisiones que hicieron posible su existencia.
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La donación, añade Kuźmycz, tampoco resuelve siempre el problema. Antes de vaciar medio armario, conviene saber que muchas organizaciones benéficas están desbordadas y que solo una pequeña parte de la ropa donada se revende.

El resto puede acabar en vertederos o salir al extranjero, con lo que el problema solo cambia de lugar.
El informe del Hot or Cool Institute de 2022, elaborado por un equipo internacional de investigadores. Incluyen miembros del Hot or Cool Institute, la Universidad de Ginebra, la Universidad Aalto, la Universidad de Cambridge, la Universidad de Mánchester, la Universidad Estatal de Oklahoma y el Politécnico de Milán, coincide en ese punto y señala que las donaciones y las exportaciones de ropa usada pueden generar impactos ambientales que a menudo no se tienen en cuenta.
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Ese mismo informe sostiene que las tendencias actuales del consumo de moda, sobre todo la moda rápida, no encajan con una transición justa hacia la neutralidad climática. También indica que reducir la compra de ropa nueva y alargar el tiempo de uso son las medidas con mayor potencial para recortar emisiones.

Cuántas veces habría que usar cada prenda
Para Kuźmycz, una de las conclusiones más claras de la investigación sobre sostenibilidad es que el impacto ambiental de una prenda suele depender de cuántas veces se use. En EL MEDIO lo resume así: “En cierto modo, cada uso adicional ayuda a ‘compensar’ la huella de carbono de la prenda”.
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La autora recoge cálculos atribuidos a la Unión Europea sobre usos mínimos por tipo de prenda. El umbral es de 40 usos para camisas y blusas, 45 para camisetas, 70 para pantalones, pantalones cortos, vestidos, faldas, monos y leggings, 85 para jerséis, cárdiganes y sudaderas, y 100 para chaquetas y abrigos.

Kuźmycz añade un ejemplo matemático para mostrar la dimensión del problema. Si una persona tiene 23 vestidos, que fue el promedio de los participantes en su estudio, y usa uno una vez por semana, tardaría casi 31 años en llevar cada vestido 70 veces.
Si esa misma persona usara vestidos cinco veces por semana, el plazo bajaría a seis años y medio. La autora presenta ese cálculo en The Conversation como parte de un modelo simple basado en la frecuencia de uso y el volumen del armario.
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La Dirección General de Medio Ambiente de la Comisión Europea informó el 25 de junio de 2025 sobre nuevas reglas para medir la huella ambiental de ropa y calzado. Según esa nota, el método científico evaluará el impacto en todo el ciclo de vida, desde la extracción de materias primas y la producción hasta el uso y el final de vida.

Por qué no sirve una cifra única para todo el mundo
A partir de esos datos, Kuźmycz concluye en el medio citado que un armario sostenible depende por completo de la frecuencia con la que cada persona usa lo que posee. Esa pauta, precisa, está condicionada por la estación, el clima, el estilo de vida, los hábitos de lavado y el gusto personal.
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Por eso, la investigadora defiende una herramienta personalizada y no un límite rígido para todos. Su próximo paso, según explica The Conversation, es desarrollar una calculadora interactiva del armario para ayudar a cada persona a entender sus propios patrones de uso y calcular un tamaño sostenible ajustado a su caso.

El mismo texto menciona que el “Acuerdo de París 2030” recomienda 85 prendas o menos como objetivo responsable para mantenerse por debajo de 1,5℃. Kuźmycz aclara que imponer límites estrictos no tiene en cuenta los patrones individuales de uso.
La experta lo resume con otra idea recogida por el periódico: “La gente necesita un enfoque práctico y adaptado que refleje su vida real”. Como contexto, el informe del Hot or Cool Institute sitúa en 85 prendas el nivel de suficiencia para un país con cuatro estaciones y en 74 para uno con dos estaciones.
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Ese informe también calcula que un vestuario de suficiencia generaría 58,6 kg de CO₂e per cápita al año en el promedio del G20, dentro de un espacio de consumo que el estudio considera compatible con un consumo más justo.

La nota de la Comisión Europea añade que las nuevas reglas de huella ambiental para ropa y calzado se elaboraron durante cinco años con participación de empresas, ONG y organismos nacionales.
El objetivo, según Bruselas, es dar a las compañías un método coherente e imparcial para medir impactos a lo largo de todo el ciclo de vida. La conclusión que recoge Kuźmycz apunta a revisar qué hay en el armario, con qué frecuencia se usa y cómo esos hábitos inciden en la huella ambiental de la ropa.
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