Furor por las figuritas del Mundial: cómo aprovecharlo para promover hábitos positivos en los niños, según especialistas

Conseguir los 980 cromos de la edición 2026 es todo un desafío que involucra a grandes y chicos. Pero la experiencia no solo representa un juego, sino que es un puente que conecta generaciones y fomenta aprendizajes. Cómo encontrar el equilibrio entre acompañar a los hijos sin entrometerse demasiado

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Una familia de cuatro personas sentada alrededor de una mesa de madera, pegando figuritas del álbum del Mundial FIFA 2026. Hay un padre, una madre y dos niños.
El álbum del Mundial funciona como herramienta para el desarrollo de rutinas y organización en la infancia (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿Ya conseguimos a Messi, pero ahora nos falta Tim Payne? ¿Cuántas comunes se necesitan para obtener una brillosa? ¿Cómo convencer al compañero de banco para que nos cambie la última figurita que nos falta de Marruecos? Estas preguntas pasaron a formar parte de la conversación familiar desde que el álbum y las figuritas del Mundial 2026 salieron a la venta.

Algunos padres se resistieron más que otros, pero la gran mayoría está involucrado en la titánica tarea de obtener los 980 cromos que hacen falta esta vez para completarlo.

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El furor por las figuritas del Mundial se convirtió en un fenómeno que trasciende la simple colección y puede transformarse en una oportunidad para promover hábitos positivos en los niños, si se aprovecha la oportunidad.

Especialistas consultados por Infobae coincidieron en que, más allá del entretenimiento, el álbum abre la puerta a aprendizajes que involucran valores, habilidades sociales y vínculos familiares.

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La oportunidad pedagógica detrás del álbum del Mundial

Grupo de niños de primaria sentados en pupitres, concentrados en pegar figuritas en álbumes sobre sus mesas. Una profesora está sentada al fondo de la clase.
Completar el álbum requiere administración del dinero y cuidado de los materiales, según expertos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para comenzar, el médico psiquiatra infanto juvenil y subjefe del servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano de Buenos Aires, Andrés Luccisano (MN 122.284), considera que el álbum no es solo un juego, sino un verdadero “puente para conectar generaciones”. En ese sentido, señala que este ritual compartido permite en la familia un espacio de atención plena y destaca que “se promueven hábitos como la organización, la clasificación numérica y la constancia”.

El hábito más valioso -para él- es la comunicación. “Sentarse en el suelo a abrir un paquete genera un espacio de horizontalidad donde el adulto se despoja de roles rígidos y se inviste, por un momento, en un compañero con quien compartir”, afirmó Luccisano.

La médica pediatra y coordinadora de la Secretaría de Medios y Relaciones Comunitarias de Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), Ángela Nakab (MN 68.722), aporta en este punto que el álbum puede transformarse en mucho más que una colección: “Tenemos que verlo como una oportunidad para trabajar hábitos como la organización, la constancia, el cuidado de los materiales, la administración del dinero”. Y destaca que el proceso de completar el álbum enseña que algunas metas requieren tiempo y perseverancia, en contraste con la inmediatez que predomina en muchas experiencias infantiles actuales.

En ese aspecto, la médica psiquiatra infanto juvenil y directora del Departamento Infanto Juvenil Ineco, Andrea Abadi (MN 76.165), subraya el valor neurocientífico del álbum: “Las figuritas del Mundial son, desde la neurociencia, un recurso pedagógico de primer nivel que viene disfrazado de juego, y eso es exactamente su fortaleza”.

“El cerebro aprende mejor cuando está motivado, y pocas cosas motivan a un chico como algo que todos sus amigos también tienen. Lo que el álbum activa es el circuito de recompensa dopaminérgico: cada figurita que se pega genera una pequeña descarga de dopamina, que refuerza la conducta y sostiene el interés en el tiempo”, agrega.

Alternativa a las pantallas: el encuentro presencial y sensorial

Seis niños y niñas sentados en una manta sobre el césped de un parque, intercambian figuritas del Mundial FIFA 2026 y miran un álbum bajo el sol.
La experiencia analógica del álbum ofrece una alternativa atractiva al uso de pantallas (Imagen Ilustrativa Infobae)

El fenómeno de las figuritas representa una alternativa lúdica y sensorial frente al predominio de las pantallas. Luccisano señala que el contacto con el papel, el aroma del pegamento y el acto de hojear el álbum generan estímulos que las pantallas no logran reproducir. “Las pantallas hoy ofrecen una gratificación instantánea que suele saturar el sistema de recompensa de los chicos. El álbum propone algo distinto para esta época: una experiencia táctil, analógica y un disfrute tridimensional”, afirma.

Nakab coincide en que este encuentro presencial “invita a abrir paquetes, ordenar figuritas, pegarlas, revisar cuáles faltan, intercambiar las que son repetidas”, lo que promueve conversaciones y tiempo compartido. “No se trata solamente de reducir horas de pantalla, sino de ofrecer alternativas que generan mucho vínculo y disfrute”, afirma la pediatra.

Al respecto, Abadi remarca que el álbum “tiene algo que la pantalla no tiene: es táctil, es social y tiene un objetivo concreto y visible”. Para la especialista, acciones como pegar figuritas, ordenar las repetidas, ir al quiosco e intercambiar con un amigo “activan circuitos prefrontales que las pantallas, en su formato más pasivo, no estimulan de la misma manera”.

El intercambio de figuritas: una escuela social en miniatura

Tres niños, dos niños y una niña, sentados en el suelo de un patio escolar, intercambian figuritas del Mundial FIFA 2026 y miran un álbum.
El intercambio de figuritas fomenta habilidades sociales clave en los niños, como la empatía y la negociación (Imagen Ilustrativa Infobae)

Tanto en la escuela como en los espacios públicos, el intercambio de figuritas se convierte en un escenario de aprendizaje social. Luccisano lo define como “una escuela de habilidades sociales en miniatura”, donde los chicos ensayan empatía, negociación, asertividad y gestión de la frustración. “Aprenden a argumentar, a ceder, a manejar el rechazo y a experimentar la cooperación mutua”, detalla el psiquiatra.

Nakab resalta en este punto que en el intercambio los chicos “aprenden a negociar, a esperar turnos, a dar argumentos, a defender sus intereses, a aceptar acuerdos y manejar los desacuerdos”. Además, desarrollan empatía al recordar las necesidades de otros y flexibilidad para buscar soluciones compartidas. “Son aprendizajes que difícilmente se adquieren de manera teórica y que surgen espontáneamente a través del juego y la interacción cara a cara”, explica.

Para Abadi, negociar un intercambio implica ejercitar la teoría de la mente, la regulación emocional y la comunicación. “El chico está practicando regulación emocional cuando tiene que aceptar un ‘no’. Está usando lenguaje para comunicar, persuadir, acordar. Está aprendiendo a leer señales sociales en tiempo real”, precisa.

La frustración y la espera: aprendizajes emocionales clave

Un niño frunce el ceño con una figurita en la mano, y una niña sonríe revisando sus figuritas junto a un álbum Panini FIFA World Cup 2026 en una mesa de madera.
Los especialistas subrayan que la frustración ante la espera es una oportunidad de aprendizaje emocional (Imagen Ilustrativa Infobae)

La experiencia de no conseguir la figurita deseada o de enfrentar la escasez de paquetes representa, según los especialistas, una oportunidad para desarrollar tolerancia a la frustración. “La frustración no es un pozo donde los chicos se hunden, sino un escalón desde donde aprenden a saltar”, afirma Luccisano, quien recomienda validar la emoción del niño y acompañarlo en la espera para enseñar paciencia, tolerancia y resiliencia.

Nakab coincide en que frustrarse es bueno y necesario para el desarrollo. “El objetivo nuestro como adultos no tiene que ser evitar toda frustración, sino enseñarles que pueden atravesarla y pueden seguir adelante”, dice la pediatra, quien también advierte que la capacidad de espera varía según la etapa madurativa de cada niño.

Desde la perspectiva neurocientífica, Abadi resalta que “la tolerancia a la frustración no es una característica innata: es una habilidad que se construye, y para construirse necesita exposición graduada a situaciones donde las cosas no salen como uno quiere”. En su mirada, validar la bronca y sostener la espera, sin buscar resolverla de inmediato, fortalece la resiliencia.

El rol de los adultos: acompañar sin invadir

Una familia de cuatro personas, madre, padre y dos hijos, sentados en el suelo de su sala, se ríen y colaboran para llenar un álbum de figuritas.
Especialistas recomiendan que los adultos acompañen sin reemplazar la experiencia del niño (Imagen Ilustrativa Infobae)

La intervención excesiva de los adultos al comprar todos los paquetes juntos o exigir perfección en el pegado puede privar a los niños de aprendizajes valiosos. “Detrás de ambas conductas suele haber una dosis de ansiedad adulta mal canalizada”, advierte Luccisano. Y considera que el valor del álbum reside en el camino recorrido y no en el objeto terminado, y que la imperfección también es testimonio de la experiencia infantil.

Nakab aporta que cuando las personas adultas resuelven todo demasiado rápido, se puede privar a los chicos de algunos de estos pasos y aprendizajes. Por eso, recomienda compartir el entusiasmo y ayudar solo cuando sea necesario, dejando que sean los chicos quienes negocien e intercambien.

Abadi destaca la importancia de que los chicos tengan autonomía durante el intercambio de figuritas. “Cuando el adulto cambia figuritas en el trabajo, negocia por ellos o les indica en el parque qué ofrecer y a quién, les quita algo fundamental: esa sensación de ‘yo pude, yo lo hice, yo lo resolví’”, sostiene. El rol del adulto, entonces, consiste en acompañar y estar disponible, sin anticiparse ni reemplazar al niño en ese proceso.

¿Y si no se llena el álbum, qué?

Dos niños sentados en una mesa de madera en casa, abriendo paquetes de figuritas y clasificando las pegatinas del álbum oficial de la Copa Mundial FIFA 2026.
La memoria afectiva construida durante la colección perdura más allá de la obtención de todas las figuritas (Imagen Ilustrativa Infobae)

A diferencia de lo que se cree, para los especialistas, no completar el álbum no debe interpretarse como un fracaso. “Enseñarles a nuestros hijos que se puede disfrutar enormemente de un proceso aunque quede incompleto es un bálsamo para su salud mental futura”, considera Luccisano. Los recuerdos familiares, las meriendas compartidas y la complicidad con los padres forman parte del verdadero álbum que se llena: el de la memoria afectiva.

Nakab remarca que la experiencia no está únicamente en la última figurita, sino en todo lo que ocurrió durante el camino. Las expectativas, los intercambios y el tiempo compartido en familia y con amigos forman parte del aprendizaje. “El valor de una experiencia no depende exclusivamente de haber llegado al final”, considera la pediatra.

Para Abadi, “si no se llena el álbum, mejor”. Desde la neurociencia afectiva, la especialista sostiene que “un álbum incompleto al final del Mundial es la evidencia tangible de todo lo que pasó en el camino: las figuritas conseguidas con esfuerzo, las que nunca llegaron, los intercambios exitosos y los que no salieron bien, la espera, la ilusión, la decepción y la vuelta a intentar”. En definitiva, las memorias con carga emocional y compartidas con otros son las que más forman a los niños.

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