
La Universidad Estatal de Arizona presentó un nuevo estudio que desafía la teoría tradicional sobre el origen de la jerarquía social en la humanidad. Contrario a la creencia previa de que las desigualdades de influencia surgieron tras el desarrollo de la agricultura, la investigación, publicada en Nature Communications, sostiene que estas formas de liderazgo humano y prestigio pudieron existir desde las primeras sociedades de cazadores-recolectores.
Durante mucho tiempo, la visión dominante consideró que los primeros grupos humanos mantenían una estructura igualitaria, sin grandes diferencias de estatus ni liderazgo. Se creía que solo con el avance de la agricultura y la formación de sociedades complejas aparecieron la jerarquía social y profundos desequilibrios de poder.
Sin embargo, según la Universidad Estatal de Arizona, nuevos hallazgos arqueológicos, análisis etnográficos y estudios psicológicos sugieren que la desigualdad en la influencia pudo formar parte de los grupos humanos desde etapas muy tempranas de la evolución. La diferencia de prestigio y a quiénes se elige seguir habría sido una dinámica propia incluso de pequeñas bandas o clanes.

El estudio, encabezado por Thomas Morgan e incluidos investigadores como Robin Watson de la Universidad de Lincoln, buscó comprender cómo surgen formas de liderazgo basadas en el prestigio, en lugar de la fuerza o la dominación. En ese sentido, explicó que el entorno humano se parece a un “mercado de talentos” donde la habilidad, el conocimiento o el carisma otorgan un estatus especial dentro del grupo.
Para investigar este fenómeno, los científicos de la Universidad Estatal de Arizona y sus colaboradores diseñaron modelos informáticos y realizaron experimentos de laboratorio con 800 voluntarios. Los participantes fueron organizados en pequeños grupos y debían identificar el color predominante en una serie de opciones. Posteriormente, podían observar qué respuestas daban sus compañeros antes de elegir a quién imitar.
El experimento demostró que, además de atender a quienes obtenían más aciertos, los participantes tendían a seguir a quienes ya eran populares, generando un fuerte efecto de bola de nieve. Según los resultados, uno o dos miembros de cada grupo terminaron influyendo en la mayoría, y la concentración de influencia reproducía patrones comparables a la desigualdad de ingresos en sociedades actuales.

“Cuanta más gente sigue a una persona, más influyente se vuelve. Esto no es necesariamente negativo. Si quienes concentran influencia tienen información útil, el prestigio nos facilita decidir de quién aprender”, afirmó Watson, según la Universidad Estatal de Arizona.
La investigación comprobó que las jerarquías se formaban rápidamente, tanto en los experimentos de laboratorio como en los modelos informáticos. El proceso emulaba dinámicas observables hoy en las redes sociales y otros entornos digitales, donde la popularidad puede crecer de manera rápida y desigual.

Morgan subrayó el trasfondo evolutivo de estos comportamientos: “No resolvemos los problemas solos; tenemos que trabajar en equipo y aprender unos de otros. En este contexto, las personas realmente hábiles, inteligentes o carismáticas son valiosas. Es como un mercado de talentos y, si tienes una habilidad, puedes convertirla en estatus”.
Los modelos evolutivos del estudio indican que la propensión a seguir modelos prestigiosos probablemente fue favorecida por la selección natural. Esta inclinación habría optimizado la transmisión cultural y la toma de decisiones colectivas, beneficiando la supervivencia de los grupos humanos a lo largo de generaciones.

Los autores del estudio reconocen que este patrón de preferir líderes prestigiosos sigue vigente en ámbitos contemporáneos, como la política, el trabajo o el entorno digital. La influencia desigual y las jerarquías basadas en prestigio persisten desde las aulas hasta las plataformas sociales.
A pesar de identificar que la tendencia a crear jerarquías es antigua y común, los investigadores advierten que esto no implica que sean inevitables ni que toda desigualdad de influencia sea justificada. Más bien, sugieren que estos mecanismos sociales son parte integral de la humanidad, aunque su manifestación pueda y deba ser cuestionada.
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