Rayos y turbulencia: por qué volar en tormenta es menos peligroso de lo que parece, según los expertos

Aunque los impactos eléctricos son frecuentes, los aviones están preparados para resistirlos y los peligros reales provienen de otros fenómenos meteorológicos que los pilotos buscan evitar activamente

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Los aviones comerciales están diseñados
Los aviones comerciales están diseñados para resistir impactos de rayos sin comprometer la seguridad de los pasajeros, según expertos en aviación (Imagen Ilustrativa Infobae)

A bordo de un vuelo comercial, muchos pasajeros pueden preguntarse qué tan peligroso resulta atravesar una tormenta eléctrica y, en especial, qué sucede si un rayo alcanza la aeronave. La realidad de la aviación comercial y los rayos dista mucho del dramatismo que suele mostrar el cine: aunque los impactos eléctricos ocurren con cierta frecuencia, los aviones modernos están diseñados para soportarlos y los incidentes graves son extremadamente raros.

La mayoría de los aviones comerciales recibe el impacto de un rayo al menos un par de veces al año, según el expiloto Tom Bunn. Sin embargo, estos episodios no suelen representar una amenaza significativa para la seguridad de las personas a bordo.

Los sistemas eléctricos de las aeronaves cuentan con múltiples respaldos y mecanismos de protección específicos para este tipo de fenómenos. Como explica Bunn, el efecto es similar a lo que ocurre cuando un rayo cae sobre un automóvil: “Simplemente sigue la piel” de la estructura y no afecta a quienes están dentro. Un impacto directo puede producir un destello y un estruendo, pero rara vez implica consecuencias para el vuelo o sus ocupantes.

Las tormentas eléctricas representan un
Las tormentas eléctricas representan un riesgo mayor por la turbulencia, el granizo y la cizalladura del viento, más que por la probabilidad de ser alcanzados por rayos (Imagen Ilustrativa Infobae)

El principal peligro de las tormentas eléctricas no reside en los rayos, sino en las condiciones meteorológicas asociadas: turbulencia severa, granizo, cambios bruscos de viento y cizalladura. Por ese motivo, los pilotos y las aerolíneas priorizan evitar estas zonas siempre que sea posible. “Nunca volarás intencionalmente en medio de una tormenta eléctrica, porque contienen el aire más áspero, así como otros peligros”, afirma Patrick Smith, capitán de aerolínea y autor del blog Ask the Pilot.

Para esquivar tormentas eléctricas, la aviación comercial cuenta con una red de información y tecnología que funciona antes y durante cada vuelo. Antes de despegar, los pilotos reciben informes y pronósticos meteorológicos elaborados por especialistas, junto con mapas satelitales detallados que muestran la ubicación y posible evolución de tormentas en la ruta prevista. Sin embargo, en vuelos largos, esta información inicial puede perder vigencia, ya que las tormentas evolucionan rápidamente.

Por eso, la herramienta central para la toma de decisiones en vuelo es el radar meteorológico a bordo. Este dispositivo emite señales que rebotan en las gotas de agua de las nubes, permitiendo identificar la intensidad y localización de una tormenta. “Cuanta más agua, más intensa es la tormenta”, detalla Bunn.

El radar meteorológico a bordo
El radar meteorológico a bordo y el Sistema de Prevención del Clima (WAS) permiten a los pilotos detectar y esquivar con precisión las tormentas en vuelo (Imagen Ilustrativa Infobae)

El radar ofrece una visualización por colores: verde para zonas menos peligrosas, amarillo para tormentas considerables y rojo para áreas a evitar por completo. Además, el Sistema de Prevención del Clima (WAS) ayuda a los pilotos a anticipar el desplazamiento de las tormentas, su altura y velocidad.

La colaboración entre pilotos, meteorólogos y controladores de tráfico aéreo es esencial en este proceso. Los controladores monitorean decenas de vuelos en un mismo sector y, al compartir todos la misma frecuencia, los propios pilotos informan de turbulencias o fenómenos detectados en tiempo real. Este intercambio de datos permite ajustar la altitud o modificar la ruta para mantenerse alejados de los focos más activos. Las aerolíneas suelen recomendar mantener una distancia de al menos 16 a 32 kilómetros respecto a las tormentas, dependiendo de su intensidad.

No siempre es posible evitar por completo las tormentas, en especial cuando están dispersas a lo largo de la ruta. En esos casos, los pilotos se ven obligados a “navegar” entre las zonas de mayor actividad eléctrica, procurando respetar la distancia de seguridad siempre que el espacio aéreo lo permita.

Puede cambiar muy rápidamente y uno puede estar en una zona donde una tormenta se mueve o se transforma de cierta manera, donde tal distancia es imposible”, reconoce Smith. Por ello, en ocasiones la aeronave puede rozar el borde de una tormenta, pero sin ingresar al centro de actividad más peligrosa.

Algunas tormentas superan los 12.000
Algunas tormentas superan los 12.000 metros de altura, por lo que las aerolíneas prefieren rodearlas en lugar de intentar volar por encima

Según la información de Popular Science, intentar sobrevolar una tormenta tampoco suele ser recomendable. Algunas tormentas eléctricas pueden alcanzar altitudes superiores a los 12.000 o incluso 15.000 metros, superando los límites operativos de muchos aviones comerciales. Además, la rapidez con la que se desarrollan las nubes convectivas hace más seguro rodearlas en lugar de intentar superarlas en altura.

Los efectos de atravesar una tormenta eléctrica suelen traducirse en turbulencia y, en casos menos frecuentes, en daño superficial por granizo. El granizo puede abollar el borde de ataque de un ala, afectando su eficiencia aerodinámica, o incluso dañar el parabrisas. No obstante, la gran mayoría de estos daños implica más un costo económico para la aerolínea que un riesgo real para los pasajeros. Durante episodios de turbulencia intensa, el protocolo indica activar el piloto automático en modo de velocidad óptima para atravesar el fenómeno con la máxima estabilidad posible.

El aterrizaje durante tormentas eléctricas representa uno de los escenarios más delicados para la seguridad. La cizalladura del viento —cambios repentinos e intensos en la dirección o velocidad del viento cerca del suelo— puede dificultar el control de la aeronave durante las maniobras de aproximación y aterrizaje. Por este motivo, tanto los aviones modernos como los aeropuertos cuentan con sistemas de alerta temprana para detectar este fenómeno. Si se detecta cizalladura sobre la pista, los pilotos pueden optar por demorar el aterrizaje, entrar en patrón de espera o desviarse a otro aeropuerto.

Las decisiones en estos casos se toman en conjunto con los despachadores en tierra, aunque la última palabra corresponde al capitán. Esta cadena de coordinación y tecnología, sumada al entrenamiento constante de las tripulaciones, es la que permite que los incidentes graves relacionados con tormentas eléctricas sigan siendo excepcionales en la aviación comercial.

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