
Nada reúne tanto a una familia ni desata tantas pasiones un domingo a la tarde como un juego de mesa. Pero, más allá de las risas y discusiones amistosas, pocas veces nos detenemos a pensar qué aprendemos realmente cada vez que tiramos los dados.
Los tableros, las cartas y las piezas no solo ocupan el tiempo libre: proponen desafíos, simulan sociedades posibles y nos obligan a tomar decisiones económicas bajo presión. ¿Es posible que una partida de Monopoly o de Catan revele más sobre la economía real y nuestra manera de lidiar con recursos, riesgos y rivales que un libro de texto tradicional?
El renacimiento de los juegos de mesa: de azar a estrategia compartida
En las últimas décadas, los juegos de mesa pasaron de ser simples entretenimientos familiares a convertirse en herramientas de aprendizaje social y económico, según se indica en The Conversation. Este giro no fue fruto del azar. Hacia finales del siglo XX, en Alemania, emergió una tendencia de diseño lúdico conocida como Eurogame. Su principal rasgo fue desplazar el protagonismo del azar y la eliminación temprana de jugadores para favorecer reglas que mantienen la participación de todos hasta el final.
En estos juegos, la victoria se basa sobre todo en la planificación, la negociación y la adaptación, relegando la suerte a un rol secundario. Catan, lanzado en 1995, marcó el camino con su énfasis en la interacción entre jugadores, estableciendo una nueva manera de aprender en el tablero, donde cooperar y negociar son tan determinantes como competir.

Monopoly y Catan: dos modelos, dos visiones de la economía
Esta evolución pone en el centro a dos títulos emblemáticos y sus lecciones económicas contrastantes. Según el análisis de The Conversation, tanto Monopoly como Catan ofrecen formas opuestas de entender la economía y el rol de las personas que juegan.
Monopoly, publicado por Parker Brothers en los años treinta, tiene un origen menos simple de lo que suele creerse. Nació como una crítica en The Landlord’s Game, ideado por Elizabeth Magie, quien buscaba denunciar los problemas derivados de la acumulación de tierras y la concentración de propiedad.
Su intención original era advertir sobre los efectos de un mercado sin regulaciones, mostrándolo como generador de desigualdad y exclusión. Sin embargo, la versión comercial terminó exaltando justamente lo contrario.

En cambio, Catan propone una simulación económica diferente. No se premia solo la agresividad o el golpe de suerte; destaca la negociación, la cooperación estratégica y la anticipación. La posición inicial define el acceso a recursos, el mercado cambia según las necesidades de todas las personas en juego, y casi nunca hay una única vía hacia el triunfo.
La interacción genera alianzas temporales e intercambios de beneficio mutuo, reflejando una economía dinámica y con múltiples actores donde nadie queda fuera hasta el final.
Ambos títulos, en su contexto y filosofía de diseño, funcionan como espejos de diferentes visiones sociales. Monopoly despliega la lógica de la competencia feroz y la concentración, propia de debates económicos del siglo XX. Catan responde a valores contemporáneos: promueve la cooperación, la adaptabilidad y un mayor equilibrio de oportunidades.
El potencial educativo y social de los nuevos juegos de mesa
El tablero contemporáneo se volvió un laboratorio para experimentar modelos económicos complejos e innovadores. En la actualidad, el catálogo global incluye juegos que abordan desde economía circular y gestión de recursos hasta dilemas ecológicos y problemáticas éticas.

La clave de su impacto educativo no reside solo en las reglas, sino en una actitud crítica durante la partida y en poder transferir esos aprendizajes a situaciones externas al juego. Las sociedades reales desafían con reglas menos claras y dinámicas impredecibles, pero en el espacio controlado del tablero resulta posible practicar negociación, competencia y cooperación.
Según The New York Times, la popularidad global de estos juegos responde también a la búsqueda de estrategias para comprender un mundo con desafíos económicos cada vez más complejos, incluidos temas como la desigualdad, el cambio climático y la cooperación internacional.
Expertos citados por The Washington Post destacan que las experiencias lúdicas alrededor de la mesa contribuyen a desarrollar pensamiento crítico y habilidades para la toma de decisiones en escenarios cambiantes.
Los juegos de mesa, entonces, no solo entretienen ni son un simple pasatiempo familiar: nos invitan a repensar cómo producimos, compartimos y competimos, revelando —con cada tirada de dados— las dinámicas económicas y sociales que nos atraviesan a diario. Esta capacidad de trasladar lecciones lúdicas al análisis de la realidad constituye su verdadero aporte educativo, y cierra el círculo de su relevancia en el hogar y en la sociedad.
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