
Las relaciones sexoafectivas atraviesan una etapa de crisis que comienza en la conquista amorosa y finaliza a poco de empezar el compromiso (llámese noviazgo, pareja, unión o matrimonio). Los problemas se inician cuando las primeras líneas de atracción dan paso al conocimiento del otro en sus aspectos más profundos (entusiasmo, presencia, respeto, comunicación, fidelidad o no monogamia consensuada, economía vincular, vínculos sociales y familiares y autonomía personal).
Si en las generaciones pasadas existían acuerdos implícitos asociados al compromiso hoy en día hay que “poner sobre la mesa” las pautas que deben guiar la relación con tal de evitar sorpresas o, por lo menos, “quien avisa no traiciona”.
Y aunque pueda parecer poco romántico la comunicación se impone: hablar de respeto a los tiempos personales, de no tolerar reclamos innecesarios, de pautar días para estar juntos, de cómo administrar el presupuesto vincular, y, fundamentalmente definir el tipo de relación, o exclusiva o abierta. Vivimos una etapa en la no hay lugar para supuestos ni para reproducir modelos conocidos, hay que comunicar y consensuar.

Cuando una relación termina tiene tres caminos posibles: aceptar la pérdida (duelo), intentar recuperarla o hacer un nuevo contrato más abierto. Sin embargo, a la relación la conforman personas con sus creencias, punto de vista, seguridades e inseguridades personales.
La unión de pareja tiene a las personas que la integran y el vínculo que arman juntas. Si el modelo clásico era sostener la unión a costa de todo, por el miedo a la soledad, por los hijos, por la mirada ajena, hoy en día cumplir con las expectativas personales ocupan el primer lugar. Y esas mismas expectativas personales están sostenidas por rasgos de personalidad que fluctúan entre la independencia y la dependencia.
Personalidades independientes
Este tipo de personalidades defienden sus deseos y necesidades, están centrados en sí mismos, en sus requerimientos que el otro debe respetar y responder.
Son los rasgos narcisistas los que prevalecen en estos casos e intentan guiar la relación, casi siempre en forma exitosa por su capacidad para seducir y convencer a sus parejas. Estos sujetos gustan de la soledad o de realizar actividades con su grupo de amistades, y cuando rompen una relación se dan el tiempo hasta una nueva. Disfrutan de una nueva soltería después de un vínculo fallido.

Personalidad dependientes y relaciones liana
A diferencia de las anteriores, las personalidades dependientes necesitan del otro, están siempre disponibles, bien dispuestos a cumplir con las necesidades ajenas. Caen bien por la buena predisposición.
Aparentan ser buenos candidatos, sin embargo, así como ellos están para las buenas y las malas, también exigen igual trato de los demás: “Si yo estoy siempre para vos quiero que vos también lo estés”. Sufren ansiedad por separación, son inseguros y tienen miedo de que el otro los abandone, por este motivo, cuando ven que la crisis se acerca “abren el paraguas buscando a alguien nuevo que reemplace al anterior”.

Se denominan relaciones liana o Síndrome de Tarzán a la búsqueda de una nueva pareja antes o apenas finaliza la anterior.
Son los sujetos inseguros de sí mismos, ansiosos y con temor al vacío, los que no toleran estar solos ni pensar sobre lo sucedido. Pasan de un vínculo a otro, como lo haría Tarzán de liana en liana, pero sin la seguridad del exótico héroe. Los sujetos dependientes tienen baja estima, necesitan la valoración ajena, y no soportan la soledad ni la reflexión.
No pueden pasar por el duelo que provoca la ruptura ni se dan el tiempo para pensar, ellos cumplen con la frase “un clavo saca otro clavo”, siempre buscando un amor nuevo que llene su vacío, es una relación basada en la carencia, no en el amor como un deseo que inspira y afianza la seguridad personal y de pareja.
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