
Es viernes por la tarde en São Paulo. Por la ventana del auto, la Avenida Paulista, punto neurálgico de una ciudad sincrética, frenética con doce millones de habitantes. Si bien creo tener un entendimiento elemental de arquitectura, la variedad de estilos me abruma. Poco tiempo atrás, Pablo Ramírez, el diseñador argentino que creó el vestuario para la puesta de la ópera Carmen del Theatro Municipal, la explicó como un territorio “inabarcable”.
Es cierto: todas las descripciones son obvias, se quedan cortas. A São Paulo no se la explica, no le calzan las palabras.
Llego a Soho House (Rua São Carlos do Pinhal 764), un club social y hotel en el barrio Bela Vista que funciona en un edificio de estilo neoclásico italiano del siglo XX –el antiguo pabellón de maternidad de un hospital histórico fundado por el empresario Francesco Antonio Maria Matarazzo–. Check-in rápido, parada técnica por la habitación, bajo al bar. Pido el Picante, un cocktail hecho con tequila, jugo de lima y chile. Pica lo justo, lo necesario. Y así, copa en mano, en una barra debajo de “Pernas, pra que te quero!”, un mural por el artista brasileño Marcelo Cipis, se inician estas 48 horas en São Paulo.
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Pedimos varios Ubers, somos un grupo grande: mucha logística. Son diez minutos hasta Dōmo, un bar y restaurante japonés de vinilos en Rua Major Sertório 452, Vila Buarque. El lugar es mínimo, neto, con pocas mesas y una barra angosta. Pedimos todo para compartir –yakitori, dumplings, korean spicy noodles– y tragos de autor (Zum-Zum, 14 Bis). Toca un DJ holandés, la energía es alta. Decidimos bajar las revoluciones: el sábado, nuestra única jornada entera allí, será largo.
Sábado
Café rápido en el jardín de Soho House. Salimos hacia el MASP, el Museo de Arte de São Paulo (Avenida Paulista 1578). En el camino, unos trescientos metros a pie, cruzamos un puesto callejero con música –samba– a todo volumen, calles repletas de peatones, parejas besándose en la calle.
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Empezamos por la colección permanente. Uno de los dueños de la galería Barrakesh de Buenos Aires nos acompaña en el viaje y oficia de guía.
Las obras están suspendidas sobre placas de vidrio templado ancladas en hormigón: dice que se trata de un sistema ideado por Lina Bo Bardi, la arquitecta-celebridad que proyectó el edificio en los ‘60, y retomado por Adriano Pedrosa, el director artístico del museo y curador de la última Bienal de Venecia, donde replicó este mismo sistema de montaje. Es radical: dialogan, flotantes, desjerarquizados, artistas brasileños contemporáneos como Leda Catunda, Denilson Baniwa y Dalton Paula con los grandes nombres del canon europeo.
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Recorremos las exposiciones temporales donde sobresalen una instalación de video en la que la propia Lina Bo Bardi habla del concepto detrás del proyecto arquitectónico del MASP y una muestra de pintura de Hulda Guzmán, una artista dominicana que representa escenarios tropicales del realismo mágico latinoamericano.
Otros diez, quince minutos en auto y llegamos a Maní, un restaurante con una estrella Michelin liderado por la chef Helena Rizzo que está ubicado en el barrio Jardim Paulistano (Rua Joaquim Antunes 210) y que combina ingredientes brasileños —en su mayoría orgánicos— con técnica contemporánea. Como en todo buen almuerzo, entre platos compartidos, algunas botellas de vino y postre acompañado de café, se pierde la noción del tiempo. Tenemos que correr.
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A la galería Mendes Wood (Rua Barra Funda 216) llegamos sobre la hora. Recorremos “1 metro de cabelo”, una muestra del brasileño Adriano Costa que reúne esculturas e instalaciones que dialogan con la cultura queer y la historia brasileña. Veinte minutos en auto y al hotel.
Dejamos las compras que hicimos en la boutique del MASP —libros— y nos preparamos para ir a KURO, el restaurante japonés “estrellado” del chef Gerard Barberan que se ubica en Rua Padre João Manuel 712 y ofrece un menú omakase para solo diez comensales por turno. La mayor comunidad japonesa fuera de Japón se encuentra en São Paulo en el Barrio Liberdade: no sorprende, a la luz de eso, la preeminencia de la gastronomía nipona en la ciudad.
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Caracol (Rua Boracéa 160) para terminar la noche, un espacio dedicado a la música con un restaurante y listening bar en el primer piso y un club que recibe DJs de música electrónica de todo el mundo en el segundo. Se hace tarde, una vez más nos obligamos a ir a dormir.

Domingo
Empezamos al mediodía: 20 minutos de auto. Nos bajamos en Hirá, un izakaya japonés en Rua Fradique Coutinho 1240 en Vila Madalena, para el almuerzo ya casi cuando está por cerrar. Pedimos un ramen, una limonada de sakura para recuperar la energía. Son las últimas horas en São Paulo.
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Viajamos hasta el Instituto Moreira Salles en Avenida Paulista 2424, a más o menos diez cuadras de nuestro hotel, y visitamos “Arquipélago imaginário”, una muestra que propone una lectura ensayística del archivo del fotógrafo paranaense Luiz Braga.
Volvemos caminando. En la calle todo es gris y es verde. Hay sol (antes de nuestra llegada dicen que llovía). Buscamos las valijas, programamos un par de autos con destino al aeropuerto y los esperamos en el jardín del hotel, en un presente suspendido como los personajes de Beckett, tomando café y comiendo brigadeiros.
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