
Durante muchos años la modalidad de crianza pasó de generación en generación sin que se discutiera. En los años 60 surgieron voces que invitaban a revisarla y, sin darnos cuenta de las consecuencias, viramos de un estilo autoritario a otro permisivo, que hoy vemos que tampoco es el ideal para nuestros hijos.
En estas décadas tomaron fuerza y nos ayudan en la crianza:
1) La teoría del apego que llegó a las familias desde el entorno profesional psicológico y destaca la importancia del vínculo seguro con los cuidadores primarios, quienes se convierten en una base segura para que los chicos salgan al mundo y a la vez en puerto seguro a donde puedan volver a refugiarse y a pedir ayuda cuando la vida se pone difícil. El saberse queridos incondicionalmente, y también comprendidos por sus padres, y saber que cuentan con ellos cuando los necesitan fortalece a los chicos y a su autoestima.
2) Los enormes avances en neurociencias que nos permitieron entender mejor a nuestros hijos y a nosotros mismos, y encontrar caminos más eficaces en la crianza, especialmente para que podamos educar a través del amor y la confianza mutua, en lugar del miedo al adulto o a perder su amor. Así los adultos aprendemos a responder desde nuestro cerebro integrado —integrando la corteza, la parte más “humana” de nuestro cerebro— y además nos convertimos en modelo de esa forma de actuar para nuestros hijos, en lugar de reaccionar impulsivamente desde nuestro cerebro primitivo.

3) La inteligencia emocional nos enseñó que no podemos regular las emociones, ¡y los chicos tampoco!, por lo que nuestra tarea es comprender primero lo que ellos sienten, piensan, desean, incluso piden mientras, sin enojarnos, regulamos sus palabras y acciones. Hoy podemos acompañar a nuestros hijos siendo a la vez firmes, protectores —sin ser rígidos ni autoritaristas— y empáticos —sin ser permisivos—.
Contra todo esto atenta el hecho que no educamos como queremos sino como podemos, a menudo repetimos nuestros patrones de crianza automáticamente o, hacemos exactamente lo contrario (lo que tampoco es una buena solución). Hay temas de nuestra crianza que sería bueno cambiar (falta de respeto, culpabilizaciones, amenazas, burlas, desautorizaciones, clima de miedo) pero otros tienen que permanecer: igual que nuestros padres tenemos que acompañar a nuestros hijos a salir de la posición de “su majestad el hijo” para que se conviertan en integrantes —y colaboradores respetuosos— de la comunidad humana, primero dentro de la familia y luego en el mundo externo.
Por otro lado, la sociedad de consumo, interesada en llevarnos a gastar, colaboró y colabora a reforzar las ideas del movimiento permisivo, ya que cuando intentamos que nuestros hijos no sufran, ni esperen, ni se frustren… gastamos, aunque no siempre sea dinero.

Estemos atentos también a que las redes sociales nos llenan de información no siempre válida o probada que —por una cuestión de algoritmos— nos muestran lo que nos gusta y lo que tiene afinidad con nosotros, y esto nos lleva a creer que esas ideas son la única verdad y a no dudar ni repensarlas ni revisarlas.
En relación con nuestros hijos hoy, como nunca antes, entran en casa a través de las pantallas ideas, modas, estilos que probablemente no sean las de nuestra familia, por lo que no podemos distraernos de compartir y enseñar a los chicos nuestra cosmovisión y ética de vida y de comportamiento en muchos temas. A diferencia de generaciones anteriores, no podemos apoyarnos en la sociedad para esa tarea.
¡Y qué importante es volver a incorporar el juego en nuestras rutinas y en la vida diaria de nuestros chicos! Tanto favorecerlo como tener nosotros una actitud más “juguetona” siempre que sea posible. Es tan amplia y atractiva —o seductora— la oferta de pantallas y tecnología que podemos olvidar lo indispensable que es el juego para el buen desarrollo de nuestros chicos y lo que nos ayuda a conectar y disfrutar con ellos al mismo tiempo.

No podemos solos. Armemos equipo con la familia grande, con otros padres, con escuelas, clubes, y parroquias para volver al juego que acompañó a tantas generaciones de niños, y para reconstruir ese pueblo que hace falta para educar a un niño, tal como dice el proverbio africano.
María Seitún de Chas (Maritchu): es licenciada en Psicología desde 1980. Especializada en orientación a padres. Integra y coordina los equipos de Psicología de Niñez y Adolescencia del Centro Médico Domingo Savio en San Isidro. Organiza talleres para padres y una diplomatura para profesionales. Da charlas en colegios y empresas. Colabora con distintos medios de prensa. Es autora de varios libros de crianza y coautora con su hija Sofía Chas de la serie “Cuentos para crecer”.
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