
Algunos la recordaron con su delantal blanco, su sonrisa, su mirada angelical rodeada de los niños del elenco de Jacinta Pichimahuida. Otros pensaron de inmediato en sus canciones, en sus memorables ciclos de televisión infantiles. A fines de 1996, muy cerca de la Navidad, nadie pudo salir de su asombro cuando se conoció una noticia que conmovió al país: la actriz y conductora Cristina Lemercier murió luego de agonizar en un sanatorio durante cinco días. Había llegado al lugar con un disparo en la sien.
"El fallecimiento de la paciente se produjo por un paro cardiorrespiratorio. La muerte cerebral ya se había producido hace días", fue el escueto parte que leyó a los periodistas el médico que estuvo a cargo de la atención de la actriz, el 27 de diciembre de 1996.
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La tragedia se había desatado unos días antes. Durante la noche del 22 de diciembre, la tranquilidad de Muñiz, en el partido de General Sarmiento, se vio alterada, primero, por gritos y, poco después, por el ruido seco de un disparo.
"¡Cristina, dejá ese revólver!", se oyó en el chalet familiar. De inmediato se multiplicaron los ruidos por una pelea conyugal que parecía no tener fin. La actriz y animadora estaba separada desde hacía algunos años de quien había sido su marido, Raúl Ortega (conocido artísticamente en los años 60 como Freddy Tadeo de El club del clan y hermano de Palito Ortega). La pareja, sin embargo, tenía sus idas y vueltas y seguía en contacto.
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Para aquel momento trágico, ya lejos de la música y de la actuación, Ortega se desempeñaba como embajador plenipotenciario del gobierno de Carlos Menem en Costa Rica y regresaba a la casa familiar para pasar las fiestas de fin de año.
Los medios de entonces aseguraron que la pareja empezó a discutir fuertemente cuando Ortega propuso que la familia, que vivía entonces en aquella casona del Gran Buenos Aires, se mudara a su Tucumán natal.
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Mientras la pelea continuaba, a pocos metros dormían dos de los tres hijos que había tenido el matrimonio. También estaba presente una amiga de la familia, Ana María, que quedó como testigo involuntario de la tragedia.
Entonces, se oyó un disparo. La propia Lemercier, según pudo reconstruir la investigación posterior, tomó un arma -una Smith and Wesson calibre .38 que, según afirmó Ortega, tenían en la casa por razones de seguridad- y la acercó a una de sus sienes. Poco después, una ambulancia se llevaba a la animadora en estado crítico al sanatorio General Sarmiento.
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Por la popularidad de la artista y el misterio alrededor de las circunstancias que rodeaban a aquel episodio, no faltaron teorías y especulaciones de todo tipo. Se habló de golpes, de moretones en el cuerpo de Lemercier, de una posición extraña para efectuar el disparo.
Las cámaras de los principales canales se apostaron frente al domicilio de Lemercier y también en la puerta del sanatorio donde estaba internada para seguir el minuto a minuto de su estado de salud.
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Aunque en principio los medios de la época afirmaron que la actriz había llegado al sanatorio con más de un disparo en la sien, los médicos detectaron que tenía alojada una sola bala en su cabeza, que, pese a los intentos de los expertos, no pudo ser extraída.
En paralelo a lo que ocurría en las pantallas de televisión y en los diarios de la época, la Justicia decidió investigar lo que había pasado. En las primeras horas, no se descartó ninguna línea de investigación: se llegó a indagar sobre un posible suicidio, un homicidio o una muerte accidental. Finalmente, la carátula de la causa, a cargo de la jueza María Teresa Lumbardini, señaló que se trataba de una presunta "tentativa de suicidio".
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Mientras la investigación judicial se encontraba en curso, la familia de Lemercier decidió, de inmediato, referirse a la muerte de Lemercier como un trágico accidente.
Por entonces el propio esposo de la artista fue citado a declarar y entre otras cosas aseguró que en la casa había un arma "por cuestiones de seguridad", y que eso era "algo habitual entre los vecinos de la zona".
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Horas después, fue el hijo mayor de Lemercier quien, mediante una carta enviada al diario Crónica y a su señal de TV, manifestó: "Fue un accidente trágico lo ocurrido; anoche en Navidad entregué y recibí los regalitos que había comprado mi madre para mí y para mis hijitos. Ella ama la vida como nos ama a nosotros y a sus nietitos. Esto es simplemente lo ocurrido. La única y verdadera historia".
Hasta que el 27 de diciembre, luego de una intervención quirúrgica fallida y varios intentos de reanimación, la actriz murió.

Cristina Lemercier era el nombre artístico de Cristina Noemí Perrone. Hija de una militante peronista que llegó a tener un cargo de asesora durante el menemismo y de Ceferino Perrone, un destacado campeón argentino de ciclismo que luego trabajó como comerciante, comenzó a los 16 años a trabajar en televisión.
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En su debut actoral encarnó a Fermina Piangetti, la maestra suplente de la célebre Jacinta Pichimahuida, en aquellos tiempos interpretada por Evangelina Salazar. Ocurrió cuando Salazar y Palito Ortega, cuñado de Cristina, se casaron y se fueron de luna de miel. Así fue que Lemercier, quien se hizo cargo de los alumnos y del reemplazo temporario en aquel popular ciclo televisivo, años después volvería para ser una de las protagonistas.

A comienzos de los años 80, primero con Señorita maestra por el canal público y luego con Señorita Jacinta, por Canal 9, la carrera de Lemercier se haría imparable.
La actriz, que siempre destacó su militancia peronista, señaló a los medios que hacia 1983, con la llegada del gobierno de Raúl Alfonsín, no tuvo trabajo porque fue censurada por el radicalismo.
"Juro por mis hijos que cuando ganó la UCR fui muy feliz, pensé que por fin íbamos a vivir en una democracia. Pero ellos dijeron que yo era del Proceso y no me dejaron trabajar. Fue algo terrible", aseguró Lemercier en una entrevista.

Durante los años 90, con Carlos Menem en la presidencia, Lemercier regresó a la pantalla del canal oficial con ciclos infantiles como Cristina y sus amigos, Dulce de leche y Boomerang.
En 1992, Lemercier tuvo un problema serio de salud que la llevó a perder más de 10 kilos y a ser intervenida quirúrgicamente en tres oportunidades. Pero luego de la convalecencia se volvió al canal estatal. Algunos señalaron entonces que la artista no había terminado de recuperarse y que estaba algo deprimida.
Además, un duro golpe la había afectado a mediados de 1996: uno de sus cuñados, Luis Ortega, que estaba casado con una de sus hermanas, había perdido la vida en un accidente de tránsito.

Según señaló la revista Caras ante la muerte de Lemercier, cuando por esos meses se le solicitaba una entrevista, ella respondía: "¿Y de qué te puedo hablar yo? Estamos viviendo un duelo que no sabemos cuándo terminará. Éramos dos familias muy unidas. Hay que entender que somos dos hermanas casadas con dos hermanos".
Luego de guardar el luto de rigor, regresó al trabajo. Pero, según quienes la conocían, ya no sería la misma.

En 1996, durante sus últimos meses de vida, llevó adelante un ciclo de entrevistas a grandes personalidades que se llamó A los que me quieren en el que se pudo ver a Lemercier en otra faceta. Fue el último trabajo de una artista a la que el público sigue recordando hasta hoy.
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