
Cerca de las 21 horas del miércoles y vestido con chupines, botas, camperita, remera lisa y lentes, Chris Cornell se hizo presente en el escenario del Colón para repasar durante casi 2 horas y media lo mejor de su carrera como solista, los exitosos períodos de Soundgarden y Audioslave, algún que otro cover y destellos de Temple of the Dog, ese proyecto formado con integrantes que luego serían parte de Pearl Jam. "Before we dissapear", de su último disco Higher Truth, fue la canción escogida para comenzar el show que siguió con "Can't change me", "'Til the sun comes back around" y un homenaje a Prince con "Nothing Compares 2 U".
El show no escatimó en condimentos, un feeling increíble del cantante con los espectadores que a cada momento interrumpían con declaraciones de amor tanto de hombres como de mujeres, pedidos de canciones como si Cornell fuese una emisora radial o con algún piropo subido de tono del público femenino. Él no vacilaba en interactuar, en contar anécdotas muy cómodo en ese contexto intimista. El artista se despachó de manera formidable con "Nearly forgot my broken heart", se calzó la armónica al estilo Neil Young para interpretar el cover de Bob Dylan "The times they are a-changin'", cautivó a todos con "Josephine", inspirada en una charla telefónica con su esposa, arrancó las primeras euforias con el hit de Soundgarden "Fell on Black Days" y reversionó a Led Zepellin al hacer "Thank You", mientras le regalaba un vinilo a una fan que desde el primer acorde, no había parado de saltar en la primera fila.
Con "Doesn't remind me" y "Like a stone" comenzó a repasar la época de Audioslave para luego irse aún más atrás en el tiempo y hacer "Wooden Jesus" y "Call me a dog" de Temple of the Dog y "Blow up the outside world", de Soundgarden. Tal vez por el caudal de su voz y todo lo que representa, a veces pasa inadvertida su habilidad con la guitarra, su sencillez pero, al mismo tiempo, la complejidad de deleitar con punzantes arpegios mientras llega a notas inalcanzables. Precisamente en "When I'm down" dejó las 6 cuerdas por un rato para volver a calzarse la guitarra con "Murderer of blue skies" y "Worried moon".
Párrafo aparte para su partenaire Bryan Gibson, un pelilargo multiorquesta que acompaña a Cornell interpretando a la perfección el piano, banjo y cello, ovacionado por el público en cada momento que se lucía. Un público en el que, por suerte, promediaron los sensatos: no fueron mayoría ni los idiotas que expresaban "Te amo" a cada instante para querer resaltar o los se arrancaban los pelos con cualquier movimiento del artista ni los susceptibles que soltaban un histérico "¡¡SHHHH!!" ante cualquier mascada de chicle.
El hombre de Soundgarden no sólo es sinónimo de rock, también es un símbolo sexual, cada paso, grito o suspiro es una bocanada de sensualidad de su parte, su manera de cantar, su caminata al estilo Pantera Rosa, su look desarreglado…sin quererlo, es el David Beckham que tiene el rock. Así fue como arremetió con "I'm the highway" y "Rusty cage", para continuar con "Black Hole Sun", acaso la única vez en la que el público tímido se animaba a corear el estribillo, entendiendo que en este prestigioso recinto se evidencia más que nunca que el protagonismo lo tiene el artista. Amagó a esfumarse con "A day in the life" de los Beatles pero regresó, bandera argentina en mano, al son de "Hunger strike", "Seasons", "Be Yourself" y cerrando con "Higher truth".
Seguramente no exista algún espectador que se haya retirado disconforme de uno de los teatros más destacados del planeta. Tampoco existe etapa de Cornell que no haya sido un éxito, junto a Eddie Vedder de Pearl Jam, son los únicos íconos del grunge que se mantienen de manera espléndida, a un nivel compositivo superlativo, mejorándose año a año. Ambos superaron épocas de excesos y se sobrepusieron a trágicas muertes como la de sus colegas Shannon Hoon, Layne Staley, Kurt Cobain, Andrew Wood y, recientemente, Scott Weiland. El Teatro Colón es el ambiente perfecto para este tipo de artistas, Chris Cornell pareció haber cantado en el living de casa, un sonido impecable, producto de su talento inigualable y la acústica del histórico lugar. Uno no puede dejar de soñar y emocionarse al pensar lo que hubiese sido disfrutar con Cerati allí parado o lo que sería un set desenchufado de Pearl Jam, Metallica, Divididos, Shinedown, Iron Maiden o Incubus…claro está, no cualquiera soporta más de 140 minutos cantando con tanta versatilidad y lo más importante, no cualquiera lleva su repertorio a versiones acústicas adecuadas como el bueno de Cornell.
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