Mucho antes de que miles de personas corearan su nombre y de que sus canciones se convirtieran en parte de la memoria sentimental de varias generaciones, hubo una mujer que llevaba una vida muy diferente a la de aquella cantante que finalmente conquistaría los escenarios.
Se llamaba Miriam Alejandra Bianchi, había nacido el 11 de octubre de 1961 en Villa Devoto y era la hija mayor de Omar Eduardo Bianchi, un empleado público, y de Isabel Scioli, una profesora de piano. Durante sus primeros años vivió junto a sus padres y su hermano Omar, cinco años menor, en la casa de su abuela, una típica vivienda tipo chorizo con un gran patio que terminaría ocupando un lugar especial en sus recuerdos.
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En ese patio transcurrieron buena parte de sus juegos de infancia. La joven tenía una imaginación desbordante y encontraba en la ropa que su madre y su abuela ya no usaban el vestuario perfecto para convertirse, por un rato, en las cantantes que admiraba. Su padre acompañaba aquellas fantasías con la sencillez de quien entiende que para un chico no hace falta demasiado para construir un mundo: le había armado un micrófono con un palo y lo había pintado de dorado. Con aquel objeto improvisado, ella hacía fonomímica, actuaba y cantaba mientras imaginaba que estaba frente a un público.
La inclinación artística aparecía también en otros aspectos de su vida. Desde pequeña disfrutaba de la danza clásica y española y tenía una relación espontánea con la música. En la casa de una vecina solía ensayar la orquesta de Tito Alberti -sí, el padre de Charly, baterosta de Soda Stereo- y ella se acercaba con una pandereta para acompañar aquellas melodías. Sin embargo, en su familia aquella facilidad para la actuación y el canto no llegó a convertirse en una formación profesional. Con el paso de los años, aquella parte de su personalidad quedaría relegada frente a las obligaciones que la vida le impondría.
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Su infancia también estuvo marcada por los cambios. Cursó la primaria en un colegio de monjas hasta sexto grado, pero la situación laboral de su padre llevó a la familia a mudarse a Villa Lugano. Allí pasó a una escuela mixta, después de haber estudiado durante años en un ámbito exclusivamente femenino. Era una alumna particularmente adelantada y había logrado saltearse grados por su buen desempeño, por lo que durante parte de la primaria compartió las aulas con chicos mayores que ella.

Aquella educación religiosa había estado atravesada, además, por una estructura muy rígida y por una enseñanza que en su infancia estuvo cargada de referencias al pecado, al cielo y al infierno.
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De hecho, uno de los recuerdos que ella remarcaría de esa época es la ambientación de la iglesia, en la que había en el cielo pintados ángeles que ella veía feos, y en donde se le repartía el catecismo donde aclaraban que si las personas se portaban bien irían al cielo, y en caso de que no, e veía el dibujo del diablo, aclarándoles que irán con él.
En ese momento ella entendió que no quería ni ir para arriba ni ir para abajo, porque arriba lo que había no le gustaba y lo que le mostraban spbre el abajo, tampoco. Con el tiempo, aprendió a creer mucho en Dios y en Jesús, pero no atribuirle demasiada fuerza a las instituciones.
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Pero hubo un hecho que tendría un peso mucho mayor en la construcción de aquella adolescente: la enfermedad de su padre. Omar Bianchi sufrió dos accidentes cerebrovasculares y quedó con una hemiplejia siendo todavía joven. La situación modificó profundamente la dinámica familiar y obligó a todos a asumir responsabilidades que, en otras circunstancias, hubieran llegado mucho más tarde. Había que trabajar, sostener la casa y convivir con una enfermedad que condicionaba buena parte de la vida cotidiana.
A eso se sumaban los problemas de salud de su abuela y las dificultades económicas que atravesaba la familia. Miriam creció, entonces, entendiendo que había cosas que no podían postergarse. El trabajo y el estudio ocuparon un lugar central en su vida, incluso cuando la adolescencia le exigía otras cosas. Para ella, terminar sus estudios y conseguir una profesión representaba una forma concreta de construir un futuro propio.
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La música, mientras tanto, no desapareció, aunque tampoco parecía tener un lugar definido en ese futuro. Sus gustos estaban muy lejos de la música tropical que años más tarde la convertiría en una figura popular. Escuchaba Sui Generis, Bob Marley y artistas extranjeros, se sentía atraída por la música que llegaba desde Estados Unidos y también disfrutaba del folclore que aparecía en los fogones y las reuniones familiares. La música tropical todavía tenía una presencia limitada en Buenos Aires y no formaba parte del universo cotidiano en el que había crecido.
A los 18 años conoció al primer amor de su vida, Raúl Cagnin, y decidió casarse. De aquella relación nacieron dos hijos, Mariel y Fabricio, quienes ocuparían un lugar fundamental en su vida. La maternidad llegó mientras Miriam continuaba construyendo una existencia vinculada principalmente al trabajo y a la familia, sin imaginar todavía el giro que tendría su historia algunos años después.
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Eligió la docencia como profesión. Se formó como maestra jardinera y también como profesora de Educación Física. Incluso llegó a poner junto a su madre un jardín de infantes en la casa familiar. Durante años, su mundo estuvo compuesto por los chicos, las aulas, los actos escolares y las actividades que organizaba para cada celebración.
Y fue precisamente en ese ámbito donde comenzó a cantar frente a otras personas.
Miriam tenía una facilidad especial para organizar fiestas y festivales escolares. Preparaba obras de teatro, dirigía a los alumnos y encontraba la manera de convertir cada acto en una verdadera puesta en escena. La música formaba parte de aquellas celebraciones y su voz empezó a hacerse conocida entre los chicos, los padres y los docentes.
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La escuela se transformó así en un espacio donde podía desarrollar una faceta que había estado presente desde la infancia. Sin abandonar sus obligaciones familiares ni su trabajo, encontraba en aquellos espectáculos una manera de expresarse y de acercarse nuevamente a la música.
Por entonces, su vida parecía encaminada hacia la docencia. Había construido una familia, tenía una profesión y conocía perfectamente las responsabilidades que implicaba sostener una casa. Sin embargo, una oportunidad inesperada iba a modificar el rumbo.
En 1990 apareció un aviso en el diario en el que se buscaban vocalistas para formar un grupo musical. En una época en la que una convocatoria de ese tipo podía hacerse simplemente a través de los clasificados, Miriam decidió presentarse. El 20 de septiembre de aquel año llegó a la prueba y cantó frente a Juan Carlos “Toti” Giménez.
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El músico quedó sorprendido por aquella mujer que llegaba desde la docencia y que tenía una combinación particular de personalidad, dulzura y carisma. Su manera de cantar también tenía una identidad propia. Aquella prueba fue el primer paso concreto hacia una actividad que, hasta ese momento, había permanecido en un segundo plano.
En 1991, Giménez la recomendó para participar en algunos temas del séptimo disco de Las Primas, del que fue parte de los coros. Poco después comenzaron a trabajar juntos. La música comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante y Miriam tuvo que tomar una decisión que implicaba dejar atrás una parte importante de la vida que había construido.

En 1992 abandonó la docencia para dedicarse de lleno a la música. Ese mismo año apareció De corazón a corazón, su primer álbum de estudio, editado por Magenta. El público comenzó a conocer a Gilda, el nombre artístico detrás del cual Miriam Bianchi empezaría a construir una carrera que crecería rápidamente, inspirado en el nombre del personaje que consagró a Rita Hayworth.
Al año siguiente llegó La única, y en 1994 publicó Pasito a pasito con... Gilda. La cantante comenzó a recorrer el país y a presentarse ante públicos cada vez más numerosos. Aquella mujer que durante años había trabajado como docente empezó a convertirse en una de las figuras reconocibles de la música tropical argentina.
Entonces llegó “No me arrepiento de este amor”.
La canción, publicada en 1994, había sido compuesta por la propia Gilda a partir de una experiencia sentimental vinculada a la ruptura con su exesposo. Con el tiempo se transformaría en uno de los mayores éxitos de su carrera y en una pieza fundamental de la música popular argentina. Su historia personal había encontrado una forma de expresión que podía ser compartida por miles de personas.
En 1995 apareció Corazón valiente, su cuarto y último proyecto publicado en vida. El álbum se convirtió en un éxito rotundo y recibió un disco de oro y doble platino en Argentina.
Para entonces, la transformación era completa. La mujer que había pasado años entre escuelas, chicos y obligaciones familiares había dejado atrás aquella vida para convertirse en una cantante reconocida en todo el país. Pero el éxito no borró a Miriam.

Detrás del nombre artístico seguía existiendo la mujer que disfrutaba cocinar, leer, andar en bicicleta con sus hijos, salir a correr, recibir amigos y compartir tiempo con su familia. También permanecía aquella personalidad descontracturada y espontánea que no tenía demasiado apego por el reloj ni por una vida perfectamente organizada.
La diferencia estaba en lo que ocurría cuando subía a un escenario.
Allí aparecía una mujer capaz de transformarse frente al público sin dejar de ser quien era. La exposición exigía una energía diferente, una manera particular de sobreponerse a lo que pudiera ocurrir en su vida cotidiana y salir a cantar como si durante esos minutos todo lo demás quedara suspendido.
Pero esa fortaleza no había nacido con la fama. Se había construido mucho antes, durante una infancia atravesada por la enfermedad de su padre, las dificultades familiares y la necesidad de asumir responsabilidades; durante los años de estudio y trabajo; durante la maternidad y la docencia; y también en todas aquellas ocasiones en las que había tenido que elegir entre lo seguro y aquello que verdaderamente la movilizaba.
Por eso, para comprender quién fue Gilda, hay que mirar bastante más atrás de los escenarios.
Hay que volver a aquella casa de Villa Devoto donde una niña jugaba con la ropa de su madre y de su abuela, donde un micrófono hecho de madera y pintado de dorado podía convertirse en el centro de una función imaginaria y donde nadie podía saber todavía que aquella pequeña actriz terminaría teniendo un público de miles de personas.

Hay que mirar a la adolescente que creció demasiado rápido porque la enfermedad de su padre transformó la vida familiar. A la joven que estudió y trabajó mientras construía una familia. A la maestra jardinera que convirtió los actos escolares en verdaderos espectáculos. A la mujer que durante años encontró en la escuela un espacio para cantar sin imaginar que aquella actividad terminaría convirtiéndose en su profesión.
Primero estuvo Miriam Bianchi, con su vida cotidiana y sus responsabilidades. Después llegó Gilda, con una carrera que en apenas unos años alcanzó una enorme popularidad.
Y entre una y otra nunca hubo una ruptura definitiva. La cantante simplemente llevó consigo a la mujer que había sido durante toda su vida.
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